Daniel Sánchez Merino, el sacerdote más longevo en CONVIVIUM, compromiso férreo: "La convocatoria es ideal y necesaria cien por cien"

Con sus casi 96 años de vida y y bordeando los 71 de sacerdocio será el presbítero más mayor que participe en CONVIVIUM: "Cuando uno va en caída [por la edad], te quedas en no perder lo que verdaderamente eres; cristiano"

Daniel Sánchez Merino
Daniel Sánchez Merino
05 feb 2026 - 17:52

(Archimadrid).- En la puerta de la habitación de Daniel Sánchez Merino, sacerdote, hay una imagen en papel de la Sagrada Familia, aún con adornos de Navidad. Dentro, sobresaliendo en lugar destacado de sus estanterías llenas de libros, la figura de Jesús Buen Pastor. Fue regalo de los hijos de unos primos a los que casó, traída de su viaje de novios a Tierra Santa.

Estamos en la residencia para sacerdotes adyacente a la parroquia Sagrada Familia, en la que Daniel ha sido párroco durante más de 30 años. Ahora, a sus 95 años para 96, es adscrito. Sigue confesando, «¡claro!», asistiendo en las Misas y visitando enfermos. «Lo que necesiten», porque puede estar uno limitado físicamente —que no tanto, porque sube y baja las escaleras con una soltura asombrosa—, pero no por eso deja de ser cura. «A uno le da vida poder disponer cosas que no es para uno solo, sino para los demás».

El sacerdocio imprime carácter y esto lo lleva Daniel inscrito casi en su ADN. «En la imposición de las manos yo adquirí un compromiso» y ha sido fiel toda su vida a ello. Fue fiel desde los 12 años, cuando en su Perales de Tajuña natal era ya monaguillo y el cura lo encaminó hacia el seminario. El cura, que «sacaba partido de aquellos chiquillos que éramos más destacados». Algo tenía el pequeño Daniel en el corazón en aquella época de la posguerra, con hambre rondando por las casas. «¿Por qué quieres ser sacerdote?», le preguntó su madre. «Porque nos dicen en la catequesis que cuando uno salva muchas almas va al cielo, y yo quiero eso». «Una forma inocente» de responder, se dice a sí mismo 80 y pico de años después.

Fue al seminario de Alcalá de Henares primero, con los «latinos», es decir, los pequeños que empezaban con el Latín, y cinco años después se juntaban en el de Madrid «en la Filosofía». Daniel fue ordenado por el obispo Leopoldo Eijo y Garay el 4 de junio de 1955. Su primera parroquia fueron dos, Cervera de Buitrago y El Atazar. «Ahí no había ni luz ni nada». Entonces, a los seminaristas se les preparaba para ser «cura de pueblo», y esto es lo que realmente le hizo sacerdote a Daniel. El contacto con las gentes, con las familias. El compartir. «Eran los años del hambre; había necesidad de todo».

En aquella época, «el cura lo era todo». Una vez le pidieron que arreglara una bicicleta. «No sé». «¡Pero si usted ha estudiado!». Vivían con mucha intensidad la fraternidad sacerdotal, algo que 70 años después se ha revelado como imprescindible en el camino de preparación a CONVIVIUM, la Asamblea Presbiteral de los próximos 9 y 10 de febrero. «Los sacerdotes de los pueblos de la zona estábamos muy unidos unos a otros; la casa del compañero era como si fuera la nuestra».

Tres etapas en el ministerio

En su vida de sacerdocio, Daniel diferencia tres grandes etapas. Una primera, hasta el Concilio Vaticano II, esa en que la catequesis era «aprenderse el Catecismo de Ripalda de memoria» y en la que la eficacia estaba en cumplir «la finalidad de llenar las iglesias». Y en ello se ponía toda el «alma y corazón, con todos los sentimientos del propio sacerdote que se sentía comprometido». Era la de su niñez una «Iglesia perseguida» con gentes muy religiosas, «de cumplir los mandamientos y vivir la caridad».

Llegó el Concilio Vaticano II. «Hubo grandes diferencias entre el antes y el después: cambio de mentalidad, de criterios de eficacia, de trabajos»… No fue un tiempo fácil; coincidió además con los grandes cambios políticos y sociales en España. «Fue un despertar a que ahora hay de todo y uno tiene que afianzarse más en lo eclesial, en lo sacerdotal, en la fe». El concilio abrió la puerta a pensar una Iglesia, afirma Sánchez Merino, que «tiene en cuenta a la persona».

Entre los mismos sacerdotes empezaron a surgir «formas diferentes de vivir» y de entender el ministerio. «Nosotros mismos tuvimos que aprender y dejarnos conducir por otros». Y en el camino, «algunos compañeros dejaron de ejercer». En general, no se estaba habituado a escuchar que «Dios es Padre de todos y a todos nos quiere, y que la Iglesia es algo más que para celebrar Misa; era ayudar a vivir como creyente, y que la fe se tiene que fundamentar en la verdad del Evangelio».

El Concilio Vaticano II trajo consigo, en opinión de Sánchez Meirno, un «momento de desconcierto, de preguntarse dónde estaba la verdad, de nuevas formas…».

Y la tercera etapa es la de «ser Iglesia de Cristo», empezando por «el sentido del cristiano: lo primero es el sacramento del Bautismo». Y esto se aplica a los propios sacerdotes: «Después de estar bautizado, estás consagrado, tú, sacerdote, que es una gracia que recibes por la imposición de las manos». Pero la «primera idea principal es la del compromiso por el Bautismo».

Y junto a esto, «la realidad de la Iglesia universal», en la que no están por separado sacerdotes y laicos, sino «que viene ahora la sinodalidad» con una «mayor responsabilidad, cada uno desde su lugar». «El seglar, casado o soltero, es miembro de la Iglesia». Y todo ello, «fundamentado en lo que dice el Señor: “sois la luz del mundo, sois la sal de la tierra”, siendo sacerdotes, religiosos o seglares, pero sois discípulos, y por el hecho del Bautismo estáis comprometidos».

Esto lo tiene muy en cuenta Daniel, porque «cuando uno va en caída [por la edad], te quedas en no perder lo que verdaderamente eres: cristiano». Así, «doy muchas gracias al Señor por los sacerdotes y obispos que nos ayudan a ir descubriendo nuestra realidad de personas y miembros comprometidos de la Iglesia; no somos sino comprometidos con el Señor». En este sentido, «la única cosa que nos puede separar es vivir o no nuestro compromiso de creyentes, de cristianos, de bautizados».

Participación en CONVIVIUM

Daniel Sánchez Merino, con sus 95 para 96 años de vida y 70 para 71 de sacerdocio será el presbítero más mayor que participe en CONVIVIUM. Ya acudió a la preasamblea destinada a los curas que se habían ordenado hace 50 años o más (imagen inferior).

La convocatoria, apunta, es «ideal y necesaria cien por cien», no solo por reflexionar sobre el sacerdocio, «sino como sentido de Iglesia». «El sacerdocio no es solo un ministerio, es una responsabilidad, y es una gracia que te da el Señor para poder tener la capacidad de seguir siendo sacerdote para siempre». «Sigues siendo cura», reafirma, en continuidad con «la línea de una imposición de manos». Y concluye: «Los viejos hemos sido muy sacrificados, y no lo digo por vanagloria, sino que era cumplir con un compromiso que hoy en día se entiende menos».

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