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El Mundial y las religiones: una cuestión de fe

"Nuestros hermanos migrantes": Carta pastoral del obispo de San Sebastián Fernando Prado

El obispo invita a la comunidad diocesana a mirar esta realidad con verdad, caridad y responsabilidad, reconociendo en cada persona migrante no una cifra o un problema, sino un rostro concreto, una historia y una dignidad que nos interpelan. Desde la fe cristiana, la carta es una llamada al discernimiento, a la fraternidad, a la acogida y a la construcción de una convivencia más humana, justa y esperanzada.

Migrantes

(Elizagipuzkoa).-

Queridas hermanas y hermanos:

Os escribo con afecto de padre y pastor a quienes formáis el pueblo de Dios que camina en Gipuzkoa. Me dirijo concretamente a los miembros de nuestras parroquias, comunidades, familias, colegios, movimientos, asociaciones y realidades eclesiales; a quienes compartís la fe y también a tantas personas de buena voluntad que deseáis construir una sociedad más humana, justa y fraterna.

La migración está muy presente entre nosotros y, desde hace años, nos toca muy de cerca: en nuestras ciudades y pueblos, en los barrios, en la escuela, en el trabajo y en la vida ordinaria de tantas comunidades cristianas de nuestro territorio. También en nuestras conversaciones familiares y de amigos. Además, la cuestión adquiere estos días una especial actualidad: a finales de este mes, el día 30 de junio, concluye el plazo previsto por el Gobierno para la regularización administrativa extraordinaria de personas migrantes, que afectará a muchos que viven entre nosotros. Por eso deseo compartiros una reflexión que nos ayude a situarnos desde la fe ante esta situación y, de manera particular, ante la vida de nuestros hermanos y hermanas migrantes en Gipuzkoa.

Os invito vivamente también a acoger la palabra del Papa León XIV en su reciente visita a España. Sus palabras nos pueden ayudar, sin duda, a profundizar en la mirada creyente con la que los cristianos estamos llamados a situarnos ante la migración. Sus palabras son, en este sentido, especialmente significativas e inspiradoras para todos: «Más allá del lugar de nuestra proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras y nos congrega a todos en la unidad», ha dicho en Tenerife. También, el día anterior, en el puerto de Arguineguín nos dijo contundentemente: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

Deseo que toda la comunidad diocesana reciba esta carta como una llamada al discernimiento cristiano. La migración no es, ante todo, un fenómeno social, político o administrativo. Es una realidad profundamente humana. Cuando hablamos de personas migrantes no hablamos de cifras, expedientes, porcentajes o flujos. Hablamos sobre todo de personas concretas: hombres y sobre todo mujeres, niños y mayores, jóvenes que buscan un mejor futuro, familias que han dejado atrás su tierra, madres que sostienen a los suyos desde la distancia, mujeres que cuidan nuestra vida cotidiana, personas heridas por la guerra, la pobreza, la persecución, la violencia, la falta de oportunidades o la desesperanza. Hablamos de rostros, de nombres, de historias, de heridas, de dignidad y de esperanza.

El Papa, en Arguineguín

Desde ahí quisiera invitaros a mirar la cuestión migratoria con verdad, caridad y responsabilidad, evitando tanto la ingenuidad como la fría distancia. Lo quisiera hacer desde la cercanía pastoral, desde el amor a nuestro pueblo y a nuestras comunidades, desde el respeto y el afecto a quienes llegaron a nuestra tierra, y siguen llegando, desde la convicción de que el Señor nos habla especialmente a través de este gran signo de nuestro tiempo.

Mucho de esto que comparto como pastor de esta Iglesia puede iluminar también la reflexión de otros conciudadanos que, aun no compartiendo nuestra fe, reconocen la dignidad de toda persona y desean una convivencia fundada en la justicia, el respeto y la humanidad. La tradición cristiana forma parte de nuestra memoria cultural y ha contribuido hondamente a modelar una sensibilidad ética que no quiere permitirse un acostumbramiento al descarte, al desprecio o a la indiferencia ante quien sufre.

Don, llamada y bendición

Permitidme que comience dirigiéndome directamente a nuestros queridos hermanos y hermanas migrantes. Desde que llegué a la diócesis, he tenido mucho contacto con vosotros, sobre todo con los cientos de personas que participáis en los grupos de la pastoral de personas migradas y en la vida de nuestras comunidades desde hace años. Os he encontrado en celebraciones, en las parroquias, en encuentros diocesanos y peregrinaciones, donde vuestra fe ha dado un tono nuevo, alegre y profundamente creyente a nuestra Iglesia guipuzcoana. Enseguida recibí de vuestra parte una acogida inmensa. Así me lo seguís haciendo sentir cada vez que nos encontramos. Me habéis abierto vuestras historias y, sobre todo, vuestro corazón. Siento vuestra especial cercanía, el afecto de vuestra oración, el cariño sincero y vuestra alegría creyente. Me conmueve vuestra fe a flor de piel, vuestra forma de rezar, vuestra firme confianza en Dios y esa esperanza contra toda esperanza que tantas veces me habéis contagiado y que tanto necesitamos todos. Por eso, antes de cualquier otra reflexión, quiero deciros algo muy sencillo y verdadero: os llevo en mi corazón de pastor de una forma verdaderamente especial. Doy gracias a Dios por vuestra presencia en nuestra Iglesia y en nuestra tierra.

Sé que vuestra integración muchas veces es lenta y costosa; que hay papeles que tardan demasiado, trabajos precarios, injusticias, economías que no alcanzan, límites difíciles de rebasar; no faltan soledades hondas, dificultades dolorosas de reagrupar la familia

Gracias a la labor y a la cercanía, sobre todo con el grupo de pastoral con personas migradas de la diócesis, os conozco un poco más cada día. Conozco vuestras alegrías y también vuestros dolores; vuestras lágrimas y vuestras alegres canciones; la dureza de vuestros caminos y la fuerza con la que seguís mirando hacia delante. Sé que no ha sido fácil dejar vuestra tierra, la familia, vuestra cultura, los amigos, los paisajes de la infancia, los olores, los sabores de vuestros guisos y tantas otras cosas tan propias y queridas que formaron vuestra identidad y vuestra vida. Pienso de manera particular en tantas mujeres migrantes, amigas mías, que sostenéis hogares, trabajos discretos y vínculos familiares con una fortaleza silenciosa que quizá no se conoce suficientemente. Sé que vuestra integración muchas veces es lenta y costosa; que hay papeles que tardan demasiado, trabajos precarios, injusticias, economías que no alcanzan, límites difíciles de rebasar; no faltan soledades hondas, dificultades dolorosas de reagrupar la familia, nostalgias que solo vosotras veis y discretos esfuerzos generosos que casi nadie agradece. Pero también conozco bien vuestra gran fe, vuestra capacidad de lucha, vuestro amor a la familia y veneración por las personas mayores, vuestra solidaridad, vuestra dignidad y vuestra esperanza. Y quiero deciros, con toda claridad, que vuestra presencia es para nuestra comunidad cristiana de Gipuzkoa un don, una llamada y una bendición.

La movilidad humana, un gran signo de este tiempo

La movilidad humana es uno de los signos más visibles de nuestra época. «El drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones» (Papa León XIV en el Congreso de los Diputados). Nuestra tierra, como tantas otras, está experimentando esta transformación de manera creciente. Es una realidad compleja y delicada, que afecta a la convivencia, al trabajo, a la escuela, a la vivienda, a la cultura, a la vida de nuestras comunidades cristianas y al futuro de nuestra sociedad. No podemos cerrar los ojos ante la realidad. Estamos llamados más bien a mirarla de frente y con profundidad.

LeonXIV en el campamento de Las Raices, Tenerife

El Papa León XIV, en su carta encíclica Magnifica humanitas, nos ha recordado que «cada generación recibe la tarea de dar forma a su propio tiempo, protegiendo la dignidad de cada persona, promoviendo la justicia y haciendo posible la fraternidad» (MH, 1). Esta afirmación ilumina de lleno la cuestión migratoria. No se trata sólo de gestionar un problema, sino de preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir y qué rostro humano deseamos custodiar.

La movilidad humana no es una novedad. Los pueblos y las personas se han movido siempre. Las personas han buscado desde antiguo un lugar donde vivir, trabajar, criar a sus hijos, encontrar paz, seguridad y pan. Tal y como nos ha dicho el Papa: «Las migraciones pueden ser una ocasión de encuentro y reconocimiento mutuo entre los pueblos» (Tenerife). Por eso, la persona que migra no ha de ser considerada nunca como una amenaza. A veces unos salen de su tierra por libre decisión; otras veces, obligados por circunstancias insoportables. Con frecuencia, detrás de cada persona migrante hay una mezcla de necesidad, sufrimiento y esperanza.

A este sufrimiento se añade, demasiadas veces, la presión de mafias y redes de tráfico y explotación de personas. Muchas personas migrantes se ven obligadas a endeudarse gravemente para emprender el viaje, vendiendo sus bienes o los de sus familias, o contrayendo deudas que después condicionan todo su proceso migratorio. No pocas veces llegan marcadas por la angustia de tener que devolver lo prestado, por amenazas recibidas o por situaciones de dependencia que aumentan su vulnerabilidad. Ni qué decir de tantos que llegan arriesgando sus vidas en el mar o son víctimas de esos que, en palabras del Papa León, no son sino verdaderos «monstruos que acechan esos mares». También esta realidad debe ser mirada con verdad y compasión, porque detrás de esas deudas y de esos abusos hay vidas vulnerables y heridas, familias enteras comprometidas y personas que necesitan protección, justicia y caminos reales de liberación.

Derecho a emigrar y derecho a no tener que hacerlo

«Toda persona debería tener derecho a emigrar y también derecho a no tener que hacerlo» (Papa Francisco, Mensaje para la 109ª Jornada del Migrante y refugiado, 2023). Toda persona debería poder buscar una vida mejor en otro lugar, pero también vivir dignamente en la tierra donde nació, sin verse obligada a abandonarla por la guerra, el hambre, el expolio, la persecución o la desesperación.

Esta convicción ensancha el horizonte. Nos recuerda que la cuestión migratoria no se resuelve sólo en las fronteras o en los países de llegada. Se juega también en las causas profundas: desigualdades internacionales, conflictos armados, explotación de pueblos enteros, injusticia estructural, falta de desarrollo, crisis humanitarias y climáticas.

En este sentido, el Papa León XIV nos recuerda que «este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, llamadas a crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; y para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante» (Arguineguín).

Como Iglesia debemos mantener viva esta conciencia moral y presentar este planteamiento y preocupación a la comunidad política nacional e internacional. No basta con gestionar consecuencias. Hay que denunciar causas y promover un mundo más justo, más equilibrado y humano. Mientras no sea así, seguirán existiendo desplazamientos dolorosos y vidas arrancadas de su suelo. Es necesario preguntarse lo que nos ha dicho León XIV: «¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?».

La memoria creyente: Abrahán, el arameo errante

La Palabra de Dios ilumina esta realidad con una hondura especial. En el libro del Deuteronomio, Israel recuerda su origen y su identidad con una expresión estremecedora: «Mi padre fue un arameo errante» (Dt 26,5). La fe bíblica nace también de una memoria de camino, promesa, éxodo, desierto y salvación. Abrahán fue un hombre que salió de su tierra en busca de un mejor lugar: la tierra prometida por Dios.

Esta memoria creyente nos recuerda que, de algún modo, todos somos migrantes. Todos hemos conocido alguna forma de intemperie en alguna de nuestras generaciones anteriores. Todos hemos necesitado alguna vez que alguien nos acogiera, nos tendiera la mano o nos ofreciera una oportunidad. Los guipuzcoanos haríamos bien en no olvidar nuestra propia historia: emigraciones a América a trabajar como pastores o en la construcción, o también a otros países de Europa en diferentes momentos de la historia; exilios, desarraigos, despedidas, trabajos duros, integración en tierras ajenas. Lo mismo que sucede hoy a tantos que vienen a nuestra tierra.

Quien sabe que también sus mayores buscaron pan, trabajo, paz o futuro en otra tierra, no puede mirar con superioridad o volver la espalda a quienes hoy llaman a su puerta

Esa memoria no puede quedarse en un adorno sentimental: está llamada a convertirse en una «escuela moral». Quien recuerda su propia necesidad está mejor preparado para comprender la necesidad ajena. Quien sabe que también sus mayores buscaron pan, trabajo, paz o futuro en otra tierra, no puede mirar con superioridad o volver la espalda a quienes hoy llaman a su puerta. Una comunidad sin memoria corre el riesgo de volverse fría, defensiva e incapaz de reconocer la visita del Señor en quien llega cansado, en quien no conoce nuestra lengua, en quien busca un lugar donde recomenzar. Con qué fuerza resuenan en nuestras conciencias aquellas palabras de Jesús: «fui forastero y me acogisteis» (Mt 25, 35). El Papa León, comentando esta misma cita evangélica nos ha recordado: «Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar» (Arguineguín). Así, la memoria, cuando está iluminada por la fe, ensancha el corazón.

Más que solidaridad: fraternidad

En el lenguaje común utilizamos una palabra noble y necesaria: solidaridad. Pero para los cristianos, esta palabra se nos queda corta. No se trata de un mero «hoy por ti, mañana por mí». El Evangelio nos invita a ir más lejos: nos invita a la verdadera fraternidad. «Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8). No es una frase piadosa ni una fórmula retórica. Es una verdad fundamental de nuestra fe que debería transformar por completo nuestra mirada, nuestro lenguaje y, sobre todo, nuestras decisiones.

El Papa, en Las Raíces | Vatican Media

Ser hermanos es más que coexistir. Es más que tolerarnos o soportarnos pacíficamente. La palabra fraternidad, que es la nuestra, tiene un sabor especial que nos habla de afecto, cercanía, ternura, responsabilidad mutua y reconocimiento. Nace de saber que todos procedemos de las manos de Dios y por ello, todos llevamos impresa una dignidad infinita que nadie puede borrar.

Por eso el migrante no es sólo alguien a quien «atender». Es alguien a quien reconocer, escuchar, amar e incorporar a nuestra vida. No es un mero destinatario de ayuda, sino un hermano o una hermana con quien estamos llamados a construir un «nosotros» más grande. En continuidad con el magisterio reciente, podemos decir que «en cada migrante rechazado Cristo mismo llama a la puerta de la comunidad». La carta Dilexi te, publicada al comienzo del pontificado de nuestro Papa León, lo expresa con palabras así de contundentes: «Donde el mundo ve una amenaza, ella (la Iglesia) ve hijos; donde se levantan muros, ella construye puentes». La Iglesia no puede mirar a las personas migrantes como una masa anónima ni mucho menos como una amenaza indiferenciada. Ha de mirarlas como Cristo las mira.

Una historia

Permitidme contaros una historia.

Un hombre atravesaba solo el desierto, perdido. El sol caía lentamente y la arena comenzaba a enfriarse. Todo era silencio. Sólo se oía el roce de sus pasos y el leve rumor del viento. De pronto, a lo lejos, vio algo que se movía.

Se detuvo. Al principio no pudo distinguir qué era. Apenas una sombra que temblaba en el horizonte. Y, al no saber de qué se trataba, tuvo miedo.

—¿Será una fiera? —pensó.

Siguió caminando, pero con el corazón alerta. La figura se acercaba lentamente. Entonces volvió a mirar y le pareció distinguir una forma humana.

—No es una fiera —se dijo—. Sin duda es un hombre. Pero quizá sea un enemigo, alguien que viene hacia mí con malas intenciones.

La inquietud creció dentro de él. Apretó el paso, miró alrededor, buscó con los ojos una piedra, un refugio, algo con lo que defenderse. El desconocido seguía avanzando, acercándose. Poco a poco, la distancia se hizo menor. El rostro de aquel hombre empezó a dibujarse entre la escasa luz y el polvo. Ya no parecía amenazante. Su andar era cansado, como el de quien también había recorrido un largo camino.

El caminante aflojó la tensión.

—Tal vez no sea un enemigo —pensó—. Tal vez sea simplemente un viajero.

Cuando estuvieron ya muy cerca, los dos se miraron. Y entonces el caminante reconoció sus ojos, su rostro, su historia. No era una fiera. No era un enemigo. No era un extraño. Era su hermano, que había salido a buscarlo.

Y así, aquel hombre que atravesaba solo el desierto comprendió que muchas veces el miedo nace de la distancia; que lo desconocido se vuelve amenaza cuando no lo miramos de cerca; y que, al acercarnos de verdad al otro, descubrimos que aquel a quien temíamos era, en realidad, nuestro hermano: alguien que también caminaba cansado, tal vez herido y necesitado de acogida.

Así nos sucede tantas veces: a veces, cuando el otro está lejos, nos parece una sombra; cuando se acerca, nos aparece una amenaza; cuando lo miramos a los ojos descubrimos que es nuestro hermano. Sí, los migrantes son nuestros hermanos. Acojámoslos, ayudémoslos, integrémoslos, querámoslos, mirémoslos a los ojos. ¿Habrán venido a nosotros para rescatarnos? Esto nos acaba de decir el Papa León: «El modo en el cual una sociedad trata a los migrantes muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad» (MH, 81).

Una realidad compleja que pide verdad y humanidad

Debemos decirlo con claridad: la cuestión migratoria es extremadamente compleja. No se resuelve con frases fáciles ni con meros buenos sentimientos. Tampoco puede afrontarse desde el rechazo instintivo, la generalización injusta o el miedo convertido en criterio político y social.

En torno a esta realidad existen preocupaciones reales: presión sobre algunos servicios, dificultades de acceso a la vivienda, precariedad y explotación laboral, lentitud administrativa, menores y jóvenes vulnerables, problemas de convivencia en determinados entornos

Hemos hablado antes de que no nos podemos contentar con gestionar consecuencias, pero, por responsabilidad, también tenemos que gestionarlas. En torno a esta realidad existen preocupaciones reales: presión sobre algunos servicios, dificultades de acceso a la vivienda, precariedad y explotación laboral, lentitud administrativa, menores y jóvenes vulnerables, problemas de convivencia en determinados entornos, inseguridad y desconcierto provocados por episodios concretos. En Gipuzkoa vemos cómo algunas dificultades se concentran especialmente en determinados barrios, municipios y entornos urbanos. La Iglesia no debe ignorar estas preocupaciones. Sería irresponsable hacerlo.

Preocupaciones reales, mirada humana

Debemos mirar con especial atención y caridad las diferentes realidades de la migración. No presenta los mismos desafíos la integración y el arraigo de personas y familias que cuentan con redes de apoyo, que la dolorosa realidad de esos jóvenes —muchos de ellos menores— que llegan completamente solos, perteneciendo a otras tradiciones culturales y religiosas y, además, sin referentes o apoyos familiares. El riesgo para la convivencia no nace de su origen geográfico, religioso o cultural, sino de las profundas heridas de la exclusión, de la falta de horizontes legales y del desamparo institucional que muchos de ellos padecen al llegar, sobre todo cuando, por ser mayores de edad, quedan fuera de los recursos de protección y se ven abandonados a su suerte.

Migrantes en el centro de acogida de Las Raíces, Tenerife | 5

Por eso es tan importante una intervención temprana, integral y sostenida desde el primer momento. Cuando un joven llega solo, sin familia, sin vivienda estable, sin acompañamiento educativo, sin aprendizaje de la lengua, sin orientación jurídica, sin formación laboral y sin vínculos positivos, el tiempo juega en su contra. La experiencia nos muestra que, si durante los primeros meses queda atrapado en la calle, en la soledad y en la falta de expectativas, se agravan las heridas personales y aumentan los riesgos de adicciones, conductas desordenadas, delitos y problemas de convivencia. No se trata de criminalizar la pobreza ni de etiquetar a nadie, sino de reconocer que la calle y el abandono prolongado rompe a las personas y termina dañando también el bien común.

Por nuestra parte, hemos de insistir en que la Iglesia no etiqueta colectivos; la Iglesia identifica los focos de vulnerabilidad para ofrecer allí, en la medida de sus posibilidades, sus humildes recursos. También para pedir a las instituciones que hagan su tarea y busquen soluciones posibles. Proteger a estos jóvenes desde el principio —con acogida, acompañamiento, educación, vivienda, salud, formación y cauces reales de integración— es una exigencia de humanidad, una inversión en convivencia y un deber moral de una sociedad que no quiere llegar tarde.

El Papa León nos ha recordado: «La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche» (Discurso en el puerto de Arguineguín).

Dignidad por encima de todo prejuicio

Lo problemático, en el fondo, no son las personas, sino las heridas de exclusión, desarraigo y abandono que pesan sobre ellas y que después repercuten en todos. Una sociedad que quiera ser humana no puede apartar la mirada; no podemos acostumbrarnos a que haya jóvenes viviendo entre nosotros en situación de calle, sin nombre, sin vínculos, sin esperanza y sin futuro. Y mucho menos aún permitir que esas dificultades se conviertan en coartada para el desprecio. La preocupación es legítima; el prejuicio no lo es. La necesidad de orden es legítima; la deshumanización no lo es. El deseo de convivencia es legítimo; señalar indiscriminadamente a todo un colectivo no lo es.

Una sociedad puede gestionar expedientes y, sin embargo, olvidar rostros. Puede hablar de orden y perder humanidad. Puede querer defender derechos y no reconocer al hermano concreto que tiene delante

A los creyentes, el Evangelio nos pide unir verdad y caridad. Verdad, para reconocer los problemas reales, reclamar políticas responsables, organizar bien la acogida, exigir integración y respeto a las normas justas. Caridad, para no olvidar jamás que estamos hablando de personas y que ninguna solución será justa si humilla, descarta o condena a alguien a la invisibilidad. El papa León XIV en Magnifica humanitas advierte del riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto, un mundo donde la humanidad pierda su rostro (cf. Magnífica humanitas, 1). También aquí está la cuestión. Una sociedad puede gestionar expedientes y, sin embargo, olvidar rostros. Puede hablar de orden y perder humanidad. Puede querer defender derechos y no reconocer al hermano concreto que tiene delante. Por eso resuenan con tanta fuerza aquellas palabras que el Papa León XIV pronunció, emocionado, en el puerto de Arguineguín: «Porque hoy, aquí, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros».

Alianza de reciprocidad

No podemos dejar de proclamar que la dignidad de cada persona es infinita y no depende de su estatus legal. Por ello, la acogida es un imperativo primero. Ahora bien, la verdadera fraternidad no es pasiva, sino que ha de fundamentarse en una alianza de reciprocidad. Sin duda, la integración pide un esfuerzo compartido. Del mismo modo que la sociedad de acogida tiene el deber moral de proteger y promover al que llega, quien llega a una nueva tierra, en virtud de su propia dignidad y corresponsabilidad hacia el bien común, ha de asumir el deber de respetar las leyes y la convivencia del pueblo que lo recibe, valorar el patrimonio humano y cultural del lugar y recorrer con paciencia su camino de integración. No exigimos para excluir; llamamos a la responsabilidad mutua para edificar juntos una comunidad justa en la que convivir en paz y en la que todos encontremos prosperidad.

Lo que pedimos a la sociedad y a las instituciones

Esta cuestión no puede recaer sólo sobre la buena voluntad de algunos, ni sobre la acción caritativa de la Iglesia. Hace falta una respuesta pública generosa, consensuada, comprometida, coordinada y sostenida a largo plazo. Las instituciones han de buscar respuestas creativas a la altura del desafío. Se necesitan políticas responsables, cauces legales claros, procedimientos ágiles, recursos suficientes, vivienda, educación, formación, inserción laboral, atención a menores y jóvenes vulnerables, y, por encima de todo, la imprescindible coordinación entre administraciones.

Un reflejo claro de una necesidad de mayor coordinación se hace ver cuando contemplamos que la presencia de estos jóvenes en situación de calle o de extrema vulnerabilidad se distribuye de manera muy desigual en nuestro territorio de Gipuzkoa. Por razones comprensibles de supervivencia, tienden a concentrarse en la capital y en las poblaciones más grandes, donde hay más servicios y más posibilidades de «buscarse la vida» y encontrar ayuda ocasional. Esto genera un desequilibrio real entre distintos municipios y exige respuestas compartidas, proporcionadas y solidarias, sin dejar solas a las comunidades que soportan una mayor presión.

He podido constatar que las instituciones locales desean encontrar caminos de respuesta para estas personas en mayor exclusión, pero no siempre les resulta fácil. Muchas de las soluciones necesarias no dependen sólo del ámbito municipal o foral, sino de marcos legales, decisiones administrativas y políticas de alcance más amplio. Por eso es imprescindible exigir soluciones nacionales e internacionales y buscar una coordinación leal y eficaz entre los niveles institucionales autonómicos, forales y locales, junto con la colaboración de las entidades sociales y eclesiales que conocen de cerca esta realidad (Cáritas Gipuzkoa, congregaciones religiosas, asociaciones de personas migrantes…). Comprometerse con recursos concretos destinados a proyectos de integración real a nivel municipal, en todos los municipios del territorio, puede ser de gran ayuda de cara a la integración de estas personas.

La cruz de Arguineguín

No podemos dejar de reconocer la legítima y necesaria competencia de las instituciones públicas para regular y ordenar los flujos migratorios en favor del bien común. El Estado ha de gestionar los marcos legales, y ha de hacerlo con responsabilidad y eficacia. Es su competencia. A nosotros como Iglesia nos corresponde una tarea más de tipo moral: custodiar el «alma» de la sociedad, por así decirlo, para que toda regulación nunca pierda su rostro humano. Las instituciones civiles y eclesiales no compiten ni se traspasan la carga: colaboran de forma subsidiaria. Es nuestro deber, por tanto, insistir en que las políticas públicas sean eficaces y solucionen los problemas. Al mismo tiempo, renovamos nuestro compromiso como comunidad cristiana y nos seguimos ofreciendo para colaborar con ellas, en la medida de nuestras escasas posibilidades.

Regularizar para integrar

Más allá de los casos más vulnerables descritos, quisiera señalar nuevamente que abrir caminos de regularización justa para muchas personas que ya están entre nosotros desde hace incluso muchos años, es una medida de responsabilidad ética, social y política. Es una cuestión de justicia social y una respuesta constructiva. No se trata de eludir la ley, sino de evitar que la ley termine cronificando situaciones inhumanas, favoreciendo la explotación o condenando a muchos a la invisibilidad. Una sociedad como la nuestra no debería tolerar que miles de personas vivan en una especie de limbo administrativo incierto, lento y tortuoso, en el que los permisos parecen no llegar nunca, a merced del miedo, del abuso o de la arbitrariedad. La regularización extraordinaria puesta en marcha ayudará a que sus derechos sean más reconocidos. Regular, ordenar, integrar y reconocer derechos y deberes forma parte también del bien común.

La aportación de quienes llegan

Quiero expresar mi gratitud sincera a tantas personas migrantes que viven entre nosotros y sostienen con su trabajo aspectos muy importantes de nuestra vida social. Muchas familias guipuzcoanas saben lo que deben al cuidado abnegado de personas venidas de otros países, en su mayoría mujeres, que acompañan con amor y delicadeza a nuestros mayores, atienden a enfermos, sostienen hogares y hacen posible, muchas veces desde la discreción, la vida cotidiana de tantas de nuestras casas y negocios.

No aportan sólo mano de obra. Aportan valores familiares, resiliencia, sentido de sacrificio, riqueza cultural, vivencias de fe y de Iglesia, capacidad de lucha y una experiencia humana que ensancha nuestra mirada

También muchas empresas y servicios de nuestros barrios y pueblos se sostienen gracias a su trabajo silencioso. No aportan sólo mano de obra. Aportan valores familiares, resiliencia, sentido de sacrificio, riqueza cultural, vivencias de fe y de Iglesia, capacidad de lucha y una experiencia humana que ensancha nuestra mirada. Hace tiempo que dejaron de ser una presencia ajena. Forman ya parte de nuestra vida y también de la vida de nuestras comunidades cristianas. Esa pertenencia debe encontrar cauces cada vez más estables, más justos y participativos.

Acoger, proteger, promover e integrar

La Iglesia ha resumido su enseñanza sobre las personas migrantes en cuatro verbos luminosos: acoger, proteger, promover e integrar. No son palabras decorativas. Son un programa moral, pastoral y social. El Papa Francisco los propuso con claridad en su magisterio y Dilexi te, del Papa León, los recoge de nuevo como expresión de la misión de la Iglesia con quienes viven en las periferias.

Acoger significa abrir la puerta y abrir el corazón. Es ofrecer una primera palabra amable, una escucha sincera, un gesto de humanidad, una primera ayuda, quizá. Es crear un espacio donde alguien pueda comenzar a sentirse persona y no sólo un expediente.

Proteger significa cuidar a quien se encuentra en situación de mayor vulnerabilidad. Muchas personas migrantes están expuestas a la explotación laboral, a la precariedad habitacional, a la soledad extrema, al abuso, a la desinformación y a la incertidumbre jurídica. Esta vulnerabilidad pesa de modo particular sobre muchas mujeres migrantes que trabajan en el ámbito de los cuidados y del hogar. Proteger es defender derechos, acompañar procesos y sostener con humanidad.

Promover significa ayudar a crecer. No basta aliviar una necesidad inmediata. La verdadera caridad desea que la persona se ponga en pie, despliegue sus capacidades, se forme, trabaje, participe, encuentre estabilidad y pueda mirar al futuro con esperanza.

Integrar significa construir convivencia real. No se trata de yuxtaponer grupos humanos que viven unos junto a otros sin encontrarse. Como nos ha dicho el Papa León, hay que tener también en cuenta que «integrar es un camino recíproco: quien llega aprende a habitar una tierra nueva, y quien recibe aprende a ensanchar su propia casa, sin diluir su identidad ni cerrar el corazón al encuentro».

Integración cultural

En ese camino hemos de tener en cuenta la importancia también de la integración cultural. Integrarse no consiste solo en ir haciendo real una regularización legal o solo en acceder a un trabajo, una vivienda o unos servicios. Supone también entrar poco a poco en la vida social y cultural de nuestra tierra. Así se ha expresado el Papa León en Tenerife: «A ustedes, queridos hermanos migrantes, les corresponde una parte noble y necesaria de este camino: abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer sus dones». En Gipuzkoa, el euskera no es solo una lengua, es memoria, pertenencia, hogar, oración, canto, familia y pueblo. Es alma y vida cotidiana de muchos de los habitantes de nuestro territorio y, por ende, de la comunidad cristiana diocesana. Es una riqueza compartida, un patrimonio de todos, una expresión viva y querida de su identidad y un camino concreto para participar en la vida social y eclesial.

Concentración en el Congreso por la ILP | Juan Carlos Hidalgo/Efe

La integración real es un proceso de enriquecimiento mutuo, no de uniformidad. Así, la lengua es una riqueza que se desea compartir y poner a disposición de quienes llegan como un don de hospitalidad. No un requisito exigido al migrante para ser aceptado, sino una puerta abierta al encuentro y a la igualdad de oportunidades, sobre todo, para sus hijos. Acercarse a la lengua y a la cultura de esta tierra, sin duda, abre puertas preciosas de confianza y amistad.

Integrarse significa aprender a amar y respetar la realidad del lugar en que uno vive: su historia, su cultura, sus costumbres, su sensibilidad y su modo de convivir. Y la cultura vasca, con hondas raíces y viva creatividad en Gipuzkoa, no pide a quien llega que pierda lo propio, sino que lo comparta y se deje enriquecer por lo que aquí encuentra y se sienta parte viva de la comunidad.

Nadie es «de segunda»

Quiero repetir algo esencial: nadie debería sentirse «de segunda» entre nosotros: ni en la sociedad, ni en una parroquia, catequesis, colegio, celebración, grupo cristiano, servicio social o espacio de convivencia. No podemos anunciar a un Dios Padre de todos y convivir tranquilamente con categorías humanas que dejan a algunos en la periferia permanente. No podemos comulgar el Cuerpo de Cristo y luego levantar barreras invisibles que impiden a ciertos hermanos sentirse parte de la comunidad.

Cuando una persona migrante vive años entre nosotros, trabaja, paga los impuestos de lo que consume, forma una familia, educa a sus hijos, y, sin embargo, sigue atrapada en la irregularidad, la fragilidad o la sensación de no contar, algo de nuestra justicia y de nuestra humanidad está fallando.

Esa situación no hiere sólo a quien la padece. Nos empobrece a todos. Una sociedad que se acostumbra a la invisibilidad de algunos termina debilitando su propia alma.

Una Iglesia con las puertas abiertas

Me gustaría que cada parroquia, colegio, comunidad, movimiento y realidad eclesial de Gipuzkoa se preguntara con sinceridad qué lugar real ocupan en su vida las personas migrantes y si nuestras puertas están realmente abiertas. No sólo en teoría, sino de verdad. A veces decimos que todos son bienvenidos, pero nuestras dinámicas internas, lenguajes, grupos cerrados o costumbres hacen difícil que alguien nuevo se sienta no solo «como en casa», sino que se sienta «de casa».

Nuestras comunidades son cada vez más multiculturales. Eso ha de llevar a preguntarnos: ¿Tienen voz las personas migrantes en nuestras comunidades? ¿Tienen voz también las mujeres migrantes, tantas veces columna silenciosa de la fe, la familia, la catequesis, la oración y el servicio?

Nuestras comunidades son cada vez más multiculturales. Eso ha de llevar a preguntarnos: ¿Tienen voz las personas migrantes en nuestras comunidades? ¿Tienen voz también las mujeres migrantes, tantas veces columna silenciosa de la fe, la familia, la catequesis, la oración y el servicio? ¿Participan en los grupos? ¿Se les consulta? ¿Aparecen en la vida ordinaria de la parroquia más allá de ser destinatarios de ayuda? ¿Encuentran espacios donde compartir su fe, sus dones, sus inquietudes y sus responsabilidades? ¿Nos dejamos evangelizar por su presencia?

La Iglesia está llamada a ser siempre una familia que acoge e incorpora. La catolicidad de la Iglesia se expresa también en la riqueza de pueblos, rostros, lenguas y sensibilidades que el Señor reúne en una misma mesa.

Esta llamada a acoger e incorporar no nace de una moda ni de una simple sensibilidad social, sino de la misma vida de la Iglesia. En nuestra diócesis existen distintas sensibilidades, caminos espirituales, carismas y prácticas devocionales que son una verdadera riqueza cuando se viven en comunión eclesial y en fidelidad al Evangelio. También los hermanos y hermanas migrantes traen consigo modos de rezar, cantar, celebrar, confiar y servir que pueden enriquecer a nuestras comunidades. No se trata de yuxtaponer grupos aislados, sino de aprender a reconocernos como miembros de un mismo cuerpo, dejando que cada carisma aporte lo mejor de sí al conjunto de la Iglesia diocesana.

Familias, jóvenes y escuela

Pido a las familias cristianas que vivan la hospitalidad con renovado espíritu evangélico. No todos podréis hacer lo mismo, pero todos podéis hacer algo: una ayuda concreta, una conversación, una invitación, una orientación, una escucha, una amistad sencilla. A veces una persona comienza a sentirse acogida no por un gran programa, sino porque alguien la trata con normalidad, cordialidad y afecto verdadero.

A los jóvenes de la diócesis os digo con especial insistencia: no os dejéis arrastrar por la cultura del desprecio ni por discursos que convierten al otro en amenaza permanente. Sed generación de encuentro. Sed valientes para construir la amistad social. No os conforméis con caricaturas, etiquetas, palabras o adjetivos que desprecian, rumores o mensajes de resentimiento. La fe cristiana os llama a una fraternidad audaz, lúcida y concreta.

A quienes trabajáis en la escuela, especialmente en la escuela católica, os doy las gracias por vuestra apuesta por la integración. En nuestras escuelas de Gipuzkoa se está jugando silenciosamente una parte muy importante del futuro de nuestra convivencia. Donde un niño aprende a compartir aula, amistad, cultura, lengua y horizontes con otros niños de procedencias diversas, se está sembrando mucho más que tolerancia: se educa el corazón para la fraternidad y se construye ciudadanía. Se construye, en definitiva, la «civilización del amor».

Cuidar el lenguaje, cuidar el corazón

Hay una tarea sencilla y muy importante: cuidar el lenguaje. El modo de hablar sobre la migración no es indiferente. Las palabras pueden abrir caminos o levantar muros. Pueden humanizar o deshumanizar. Pueden ayudar a comprender o a alimentar el miedo.

Migrantes y voluntarios esperan al Papa

No difundamos rumores. No compartamos mensajes que siembran miedo u odio. No generalicemos a partir de casos concretos. No reduzcamos a nadie a una etiqueta. No alimentemos conversaciones que humillan. También en esto se juega nuestra fidelidad al Evangelio.

Pero no basta cuidar lo que se dice. Hay que cuidar el corazón desde el que se habla. Porque las palabras brotan de dentro. Si dentro anidan miedo, dureza o resentimiento sin purificar, eso termina saliendo de una forma u otra. Necesitamos conversión. Necesitamos pedir al Señor una mirada nueva, un corazón más ancho y una libertad interior mayor frente a los prejuicios.

María, imagen de la Iglesia

En todo esto no estamos solos. La fe nos sostiene y María camina con nosotros. La Virgen conoció la incertidumbre del camino, la búsqueda de posada, la pobreza de Belén y la huida a Egipto con José y el Niño. También ella supo lo que significa salir, buscar refugio, proteger la vida amenazada y guardar en el corazón preguntas que no siempre encuentran respuestas inmediatas. Por eso podemos mirarla como Madre cercana a quienes viven el desarraigo, el miedo, la nostalgia y la esperanza.

El Papa en su encíclica Magnifica humanitas nos invita a mirar con María los puntos de fractura de la humanidad: allí donde sufren los pobres, los pequeños, los extranjeros, los exiliados y los fugitivos. María nos enseña a mirar la historia desde abajo, con los ojos de una madre que no abandona al hijo que sufre. Su Corazón Inmaculado, tan lleno de ternura y fortaleza, no es un refugio cerrado, sino una escuela de compasión. En él aprendemos a custodiar la vida frágil, a escuchar el dolor escondido y a descubrir la obra silenciosa de Dios incluso en medio de la oscuridad.

La Iglesia, que contempla en María su imagen más pura, está llamada a tener también un corazón de madre: un corazón que acoge protege, consuela y acompaña; un corazón que no se endurece ante el sufrimiento ni se acostumbra a la indiferencia. Firmo esta carta en la memoria litúrgica del Inmaculado Corazón de María, pidiéndole especialmente al Señor que modele nuestro corazón diocesano según el de ella: firme en la fe, ancho en la misericordia y delicado en la ternura.

Una palabra final

Queridos hermanos y hermanas: os invito vivamente a no dejar que el miedo o el prejuicio marque el rumbo de nuestra vida cristiana ni de nuestra convivencia social. Os invito a no endurecer el corazón, a mirar la realidad con verdad,sí, pero también con compasión. Os invito, en definitiva, a no olvidar que somos hijos de un mismo Padre y, por ello, hermanos.

A la comunidad diocesana le pido pasos concretos, quizá pequeños, pero reales: escucha, acogida, participación en nuestras comunidades, justicia, amistad social, oración, conversión

A vosotros, hermanos y hermanas migrantes, quiero deciros con afecto especial: esta Iglesia de Gipuzkoa, junto con su pastor, quiere caminar más con vosotros. Quiere que encontréis entre nosotros respeto, justicia, cercanía y esperanza. Quiere que os sintáis parte de la comunidad. Quiere aprender también de vuestra fe, de vuestra fortaleza y de vuestra capacidad de lucha.

A la comunidad diocesana le pido pasos concretos, quizá pequeños, pero reales: escucha, acogida, participación en nuestras comunidades, justicia, amistad social, oración, conversión.

Pidamos al Señor que sepamos reconocer de verdad a estos hermanos y hermanas que migran, especialmente a quienes atraviesan mayores dificultades. Que nuestra Iglesia diocesana de San Sebastián, extendida por los vallles, pueblos, barrios y comunidades de Gipuzkoa sea siempre casa abierta, comunidad fraterna y signo humilde, pero verdadero, del Reino de Dios.

Que el Señor os bendiga siempre.

En San Sebastián, 13 de junio de 2026

Fiesta del Inmaculado Corazón de María.

In Corde Matris.

Vuestro hermano,

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