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CONVIVIUM: los curas de Madrid toman la palabra

Luis Marín, a los sacerdotes de Madrid en el CONVIVIUM: "Quien causa división dentro de la Iglesia, no es de Dios"

Una «excelente iniciativa». Así definió el obispo agustino la iniciativa del cardenal José Cobo, «una hermosa oportunidad de revitalización, que ayudará a robustecer la identidad sacerdotal en el presbiterio de la Archidiócesis de Madrid»

Luis Marín, en CONVIVIUM | Javier Ramírez

(Archimadrid).- El obispo Luis Marín de San Martín, O.S.A., Subsecretario del Sínodo de los Obispos, ha intervenido este martes en CONVIVIUM, la Asamblea Presbiteral de la Iglesia en Madrid, con una reflexión centrada en el ministerio sacerdotal, «el reto de la misión en nuestros días». CONVIVIUM, una «excelente iniciativa» según el obispo agustino que ha agradecido al cardenal José Cobo por la invitación, «una hermosa oportunidad de revitalización, que ayudará a robustecer la identidad sacerdotal en el presbiterio de la Archidiócesis de Madrid y a potenciar la presencia evangelizadora en este tiempo de enorme esperanza».

Una reflexión «desde el corazón, con sencillez y confianza» la de Luis Marín de San Martín que ha recordado algunas preguntas del CONVIVIUM: «¿Cuáles son los desafíos que se plantean para la vivencia coherente y fecunda del ministerio sacerdotal? Es decir, ¿cuáles son los retos a la misión, más allá del activismo y el profesionalismo?». El obispo español ha querido así presentar algunas líneas, «intentar abrir puertas», con el deseo de que «puedan ser de ayuda para impulsar sólidos procesos de reforma, la perspectiva evangelizadora y la fecundidad en el servicio y la misión».

Se trata, según el agustino, de «caminar en caridad y en verdad». Caridad porque «el amor es más grande aún que la fe y nada de lo que hagamos, enseñemos u organicemos, ninguna acción personal o comunitaria tiene valor alguno si no es desde la caritas». «La Iglesia de Cristo es comunión porque es vivencia de amor. Tenemos la más alta referencia en la realidad divina. Dios en su esencia, es amor […] El amor une, crea lazos y, si es perfecto, la unidad es total y absoluta: un solo Dios», ha subrayado el obispo español.

La Iglesia, según Luis Marín de San Martín, «debe ser un espacio donde las relaciones pueden prosperar en el amor mutuo, fundado en la Trinidad, que constituye el mandamiento nuevo dejado por Jesús a sus discípulos (cf. Jn 13,34-35)». Cada uno así, «en la intimidad de la conciencia», intentamos responder a dos preguntas: «¿He conocido el amor? ¿Amo y me sé amado? La respuesta es crucial para entender la vida y la vocación, su calidad, su veracidad».

Verdad porque «debemos recordar en que la verdad no es algo, sino Alguien. No es un concepto, idea, norma o definición, sino una Persona viva: Jesucristo». Y acompañando la verdad, una virtud necesaria: la humildad. «Es la disposición básica. Solo el corazón humilde es capaz de abrirse a las maravillas de Dios, con las cuales nos sorprende y nos asombra. La humildad nos proporciona ojos para ver y oídos para escuchar; solo el humilde puede confiar, ponerse en camino y dejarse guiar».

El Concilio Vaticano II

En su reflexión, y refiriéndose al Concilio Vaticano II, ha recordado las palabras de cuatro papas: las de san juan Pablo II que escribió certeramente que con el Concilio «se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza».

Las de Benedicto XVI que expresaba la misma idea: «Los documentos del Concilio Vaticano II, a los que es necesario volver, son, también para nuestro tiempo, una brújula que permite a la barca de la Iglesia avanzar mar adentro, en medio de tempestades o de ondas serenas y tranquilas, para navegar segura y llegar a la meta». Y las del papa Francisco que pedía: «Redescubramos el Concilio para volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que él ama, a una Iglesia que sea rica de Jesús y pobre de medios, a una Iglesia que sea libre y liberadora».

Y a partir de este mes de enero, León XIV ha iniciado un ciclo de catequesis en las audiencias generales dedicado al Vaticano II y a la relectura de sus documentos: «Mientras sentimos la llamada a no apagar la profecía y seguir buscando caminos y formas para implementar las intuiciones, será importante conocerlo nuevamente de cerca». «Nosotros, sacerdotes, debemos releer, estudiar, profundizar los documentos del Concilio; desarrollar sus intuiciones. No debe ser “terra ignota” debido al desconocimiento producto de la apatía, la desinformación o la manipulación. Un católico, y más aún un pastor, no puede prescindir del legado que configura a la Iglesia hoy», ha remarcado Luis Marín de san Martín.

«Quien causa división dentro de la Iglesia, no es de Dios»

Tenemos, según el agustino, «el reto de cuidar la comunión que, ya digo, no es uniformidad sino opción de amor. Se trata de que exista Iglesia, es decir, verdadera comunidad que expresa y vive la comunión. Por tanto, de procurar el intercambio de dones, articulando la relación entre los grupos de la misma parroquia, de las parroquias entre sí; de potenciar el sentido diocesano y el robustecimiento de las provincias eclesiásticas; de unir esfuerzos en contextos comunes, tanto geográficos como culturales».

«Quien causa división dentro de la Iglesia, no es de Dios, está actuando contra su voluntad. No me refiero a las diferencias de opinión, sensibilidad, formación o personalidad. Me refiero a la división, a la ruptura del vínculo del amor; a ver un enemigo en el otro cristiano, que no piensa como yo; a despersonalizar, a considerar números a los hijos e hijas de Dios», ha subrayado Luis Marín de San Martín.

La Iglesia es así «todo el Pueblo de Dios, pastores y fieles […] no se aíslen de su gente y de los presbiterios o comunidades. Menos aún se enclaustren en grupos cerrados y elitistas. Esto, en el fondo, asfixia y envenena el alma».

La sinodalidad

A continuación, reflexionando sobre la sinodalidad, Luis Marín de San Martín ha remarcado que «se nos presenta hoy como un hermoso reto»: «No comprender bien la sinodalidad tiene consecuencias decisivas: en lugar de ser cauce de la gracia de Dios, podemos ser muro que la bloquea para uno mismo y para los demás. Algunos problemas vienen de una deficiente comprensión de lo que es la sinodalidad; otros problemas vienen del miedo y de la comodidad, cuando no estamos dispuestos a asumir lo que implica el reto sinodal». 

Por tanto, la sinodalidad «es una dimensión constitutiva de la Iglesia, que nos remite a lo que la Iglesia es en sí misma, no termina, se concreta y expresa en diferentes eventos y estructuras y el desarrollo de la sinodalidad debe tener lugar prioritariamente en la Iglesia local, dentro siempre de la Iglesia toda». Ante los próximos retos de los sacerdotes, el de la santidad es el más urgente según el obispo español, «una santidad, entendida como plenitud de la vida cristiana y perfección de la caridad […] necesitamos un presbiterio santo. Y los sacerdotes se santifican en el ejercicio del propio ministerio, desempeñado con entusiasmo, humildad y fortaleza».

Los tres retos

Teniendo en cuenta esto, el obispo se ha referido a tres retos principales: el reto cristocéntrico, el eclesiológico y el evangélico. El primero se refiere a que «toda reforma de la Iglesia deberá tener entonces como objetivo, teológicamente, el hacer mejor, más creíble y efectivo, el anuncio de Jesús como Señor».

El segundo reto, el eclesiológico, se refiere a que «los presbíteros, en la Iglesia local, están unidos entre sí y constituyen, un ordo consultivo del obispo, con el que forman un único presbiterio»: «Bienvenidas sean todas las iniciativas que contribuyan a fortalecer y expresar la realidad del presbiterio diocesano como verdadera familia». Se trata así de «de crecer, de ayudarnos, de avanzar, de afrontar juntos la misión». El último reto, el evangelizador, se refiere a la misión que «pertenece también a la dimensión constitutiva de la Iglesia» y ha recordado las palabras del Papa Francisco en Evangelii Gaudium: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades».

Y esta dinámica evangelizadora requiere «saber leer e interpretar los signos de los tiempos. De estos tiempos […] Es decir, debemos hacerlo entre todos; nos necesitamos todos». Es importante «considerar los contextos temporales, geográficos y culturales, evitando permanecer anclados en épocas que ya no existen, o ceder a la tentación de ofrecer “recetas” prefabricadas, rutinarias y, por tanto, poco eficaces. Por otra, es preciso conocer los lugares, los medios, los lenguajes sin olvidar nunca la centralidad de Cristo».

La alegría

Y en estos tiempos «debemos prestar especial atención a niños y jóvenes y a la promoción de la mujer. Un reto de particular importancia es el de la formación, no solo en lo que se refiere a la catequesis, escuela, formación profesional, universidad y seminario, sino también para el compromiso en el campo social, político, cultural y artístico. Esta formación, implica una profunda conciencia vocacional y misionera, un estilo renovado en las relaciones eclesiales, nuevas dinámicas participativas y de discernimiento eclesial y una cultura de la evaluación. También es necesario implicarnos en la justicia social, la inclusión de los grupos marginados y el cuidado de la casa común», ha subrayado Luis Marín de San Martín.

Concluyendo su ponencia, el obispo agustino ha querido hacer una referencia a la alegría: «Nuestra sociedad, principalmente la del primer mundo europeo, parece marcada por la tristeza y, sobre todo, por el pesimismo resignado, que tal vez puede filtrarse en el alma del sacerdote, abocándole al individualismo, el egoísmo y la soledad». Pero el sacerdote, recordando las palabras de Walter Kasper y Joseph Ratzinger, al ser «hombre de Dios, servidor de Jesucristo y mediador del Espíritu», es también «servidor de la alegría, que brota de la amistad con Cristo y de la identificación con Él». In persona Christi: resucitado, vivo, unido a su Iglesia. Donde está Cristo brota el entusiasmo. Etimológicamente “entusiasmo” significa “inspiración o posesión divina, tener a Dios dentro”.

Fotos: Javier Ramírez

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