Pepe Reyero, un testigo del sacerdocio para CONVIVIUM: "Para él era muy importante estar en la parroquia"
El obispo emérito de Getafe le escribe esta carta a Pepe Reyero, uno de los sacerdotes que, en el camino de preparación a CONVIVIUM, se proponen como testigos del ministerio
(Archimadrid).- «Querido amigo Pepe Reyero: tú has significado mucho para mí. Has sido un maestro en los primeros años de mi sacerdocio. De ti he aprendido la sencillez, la prudencia, el amor a Dios y el amor a las personas que el Señor iba poniendo en tu camino. Has sido el hombre fuerte en los momentos difíciles, el hombre amable en el trato diario».
Joaquín López de Andújar, obispo emérito de Getafe (imagen inferior), le escribe esta carta a Pepe Reyero, uno de los sacerdotes que, en el camino de preparación a CONVIVIUM, se proponen como testigos del ministerio. Junto a José Antonio Sánchez Rueda, sacerdote diocesano, compartieron con Reyero proyecto pastoral en la parroquia Santa María la Mayor, con Pepe como párroco.
Sánchez Rueda se sigue «maravillando» de dos rasgos de su personalidad: «No hablaba mal de nadie, y su cara de bondad, que nunca perdió». Trataba con extremo respeto a cada uno, «valoraba lo que hacíamos». Y además, añade López Andújar, tenía un «carisma especial de conocimiento de las personas». Su trato era «cordial, agradable, era muy paternal». Servicial, sencillo, «sin ningún afán de destacar por nada».
Era «muy humano, y al mismo tiempo con una gran profundidad religiosa: era un hombre de mucha fe, de mucha vida interior». En este sentido, apunta Sánchez Rueda, «tenía una espiritualidad de José María García Lahiguera, profunda, de vida de oración, de pobreza, de austeridad, de servicio». Fue asimismo un «gran director de ejercicios», comenta el obispo emérito. «Me encantaba oírle hablar». Tanto, que si coincidía que estaba en el confesionario cuando Pepe Reyero predicaba la homilía, tenía que hacer un gran esfuerzo para no irse a la predicación y escuchar al penitente, ríe.
Que siempre hubiera un sacerdote
«Para él era muy importante estar en la parroquia; que hubiera una permanencia, que la gente si acudía a la parroquia, pudiera encontrar un sacerdote», destaca el obispo emérito. Fue un cura animante, cuidadoso, pulcro, serio, recto, y a la vez descomplicado: cuando dejó de llevar sotana, se la ponía en casa para cocinar y así protegía su ropa.
Siendo vicario episcopal de la Vicaría V, Reyero asistió a la bendición de las primeras piedras de nuevos templos de Madrid por parte de san Juan Pablo II en su viaje apostólico a España de 1982. Joaquín le preguntó qué le pareció el Papa: «Me dijo que es un hombre de una pieza; y yo creo que reflejaba lo que él era».
Vivió los cambios de su época, «pero siempre dentro de una profunda espiritualidad, que era de una fidelidad total a Dios». Y a su vez, tenía un sentido de fraternidad sacerdotal. «Y esto sigue siendo muy importante», sostiene Sánchez Rueda (imagen superior).
«Doy gracias a Dios por haber tenido ese primer párroco», expresa López de Andújar. «El primer párroco es muy importante en la vida de un sacerdote, que te acoge, te acompaña, que te ayuda y que te corrige». «Yo le debo mucho a Pepe y me encomiendo a él», concluye Sánchez Rueda.