Abascal contra los obispos y el Evangelio que desarma su discurso del odio

Mientras se criminaliza al migrante pobre, se blanquean privilegios para quienes aportan fama y dinero. El choque entre Abascal y los obispos revela una verdad incómoda: el Evangelio no entiende de fronteras… pero la política del miedo sí.

Abascal contra los obispos
Abascal contra los obispos

Hay discursos que no buscan explicar la realidad, sino simplificarla hasta convertirla en un arma arrojadiza. Las recientes declaraciones de Santiago Abascal contra la Iglesia católica —acusando a los obispos de “hacer negocio con la inmigración”— no solo encajan en ese patrón, sino que revelan algo más profundo: la instrumentalización del sufrimiento humano para obtener rédito político. Porque hablar de “invasión” no describe, sino que deshumaniza; no analiza, sino que señala culpables fáciles.

Frente a ese marco, la respuesta de la Conferencia Episcopal Española no fue política en el sentido partidista, sino ética en el sentido más elemental: recordar que la dignidad humana no se negocia. Que el prójimo no depende del pasaporte. Que el Evangelio —les guste o no a algunos— no entiende de fronteras emocionales ni de eslóganes electorales. Y ahí es donde aparece el verdadero conflicto: cuando la política del miedo choca con la ética de la compasión.

Pero conviene detenerse un momento en la acusación estrella: ese supuesto “negocio” de la Iglesia con la inmigración. Resulta curioso que quienes ven negocio en la acogida rara vez miren hacia otros lugares donde sí hay decisiones discrecionales, rápidas y, digamos, sorprendentemente generosas. Porque en España existe una figura legal llamada carta de naturaleza, una vía exprés para conceder la nacionalidad cuando concurren “circunstancias excepcionales”. Y, ¡qué casualidad!, esas circunstancias parecen tener un olfato muy fino para detectar fama, influencia o relevancia social y mediática.

El Evangelio no habla de “prioridad nacional”. Habla de acoger al extranjero, de cuidar al débil, de reconocer en el otro a un hermano. El famoso pasaje de Mateo 25 no distingue entre ciudadanos y no ciudadanos. No pregunta por papeles. Pregunta por gestos: dar de comer, vestir, visitar, acoger. Y en ese examen, los eslóganes no puntúan.

Así, mientras se construye un relato de sospecha sobre quien llega en patera, ha habido toreros —sí, toreros— que han recibido la nacionalidad española por esa vía extraordinaria. No por necesidad, no por huida, no por supervivencia, sino por su aportación a esa peculiar idea de “cultura” que algunos elevan a categoría casi sagrada. Y ante esto cabe preguntarse, con cierta ironía: ¿esa es la inmigración que no molesta? ¿La que viste de luces y llena plazas… y en algunos casos ingresa cifras que rondan los 600.000 euros cada vez que pisa el ruedo?

La contradicción es tan evidente que resulta casi escandalosa. Para unos, muros condena y sospecha; para otros, puertas abiertas y reconocimiento institucional. Para el pobre que llega sin nada, años de espera, precariedad y discursos que lo convierten en problema. Para el personaje reconocido, rapidez administrativa, prestigio… y ganancias desorbitadas. No es una cuestión de legalidad, es una cuestión de prioridades.

Resulta aún más revelador que algunas de esas “circunstancias excepcionales” hayan beneficiado a figuras del mundo del toro, un ámbito que ciertos líderes políticos defienden con fervor como esencia cultural. Toreros encumbrados, jeques rodeados de sequitos y grandes empresarios convertidos en símbolo nacional, han accedido a privilegios administrativos con una rapidez que contrasta con el viacrucis burocrático del migrante anónimo. Y todo ello en nombre de una cultura que, curiosamente, no suele someterse al mismo escrutinio ético que se exige a quienes llegan sin nada, aunque consista —no sin una fuerte polémica moral— en la muerte ritualizada de un animal convertida en espectáculo.

Resulta aún más revelador que algunas de esas “circunstancias excepcionales” hayan beneficiado a figuras del mundo del toro, un ámbito que ciertos líderes políticos defienden con fervor como esencia cultural. Toreros encumbrados, jeques rodeados de sequitos y grandes empresarios convertidos en símbolo nacional, han accedido a privilegios administrativos con una rapidez que contrasta con el viacrucis burocrático del migrante anónimo.

Y entonces, la pregunta incómoda: ¿de verdad el problema es la inmigración o es quién emigra? Porque cuando el criterio cambia según el estatus, el discurso deja de ser coherente para convertirse en selectivo. Y lo selectivo, en política, suele tener menos que ver con la justicia que con el interés.

Mientras tanto, se acusa a la Iglesia de lucrarse. A una Iglesia que, con todas sus contradicciones históricas, mantiene hoy una red de acogida, atención y acompañamiento que llega donde muchas veces no llegan las instituciones. No es perfecto, pero difícilmente encaja en la caricatura del negocio. Más bien al contrario: es un recordatorio incómodo de que alguien sigue poniendo rostro humano a cifras que otros prefieren manejar como amenaza abstracta.

Desde una perspectiva cristiana —que algunos invocan solo cuando conviene— la cuestión es aún más clara. El Evangelio no habla de “prioridad nacional”. Habla de acoger al extranjero, de cuidar al débil, de reconocer en el otro a un hermano. El famoso pasaje de Mateo 25 no distingue entre ciudadanos y no ciudadanos. No pregunta por papeles. Pregunta por gestos: dar de comer, vestir, visitar, acoger. Y en ese examen, los eslóganes no puntúan.

Por eso molesta tanto. Porque el Evangelio desmonta el relato del miedo. Porque obliga a mirar al otro no como amenaza, sino como espejo. Y porque introduce una variable que la política simplificada no sabe manejar: la compasión.

No se trata de negar los desafíos que plantea la inmigración. Se trata de no convertir esos desafíos en coartada para la exclusión sistemática. De no construir una identidad nacional basada en el rechazo del otro. De no caer en la tentación —tan antigua como eficaz— de buscar culpables entre los más débiles.

La ironía final es que, mientras se acusa a los obispos de tener “prioridades equivocadas”, lo que realmente incomoda no es su supuesta gestión, sino su mensaje. Un mensaje que recuerda que la dignidad no se mide en función del origen, ni del dinero, ni de la utilidad social. Un mensaje que cuestiona una política que necesita enemigos para sostenerse.

Porque al final, todo se reduce a una elección. O una sociedad que abre puertas según convenga y cierra fronteras según convenga más, o una sociedad que intenta ser coherente con los valores que dice defender. Y en esa elección, el ruido puede ser muy fuerte, pero la pregunta sigue siendo sencilla: ¿quién es hoy el prójimo?

Quizá la respuesta no esté en los discursos encendidos ni en las acusaciones cruzadas, sino en algo mucho más incómodo: en reconocer que no todos estamos siendo medidos con la misma vara. Y que, mientras unos son convertidos en problema, otros —mucho más cómodos, mucho menos cuestionados— pasan directamente a formar parte de la solución.

Sin cayucos, claro. Con honores. Y sin que nadie hable de “invasión”.

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