Alejandro Soler: 29 años de un “sí” que se hace vida

Veintinueve años después, aquel “sí” pronunciado ante Dios sigue escribiéndose en lo cotidiano: en la entrega silenciosa, en la cercanía fiel y en una vida que sigue siendo don.

Alejandro Soler
Alejandro Soler

Alejandro Soler, sacerdote de la comunidad de Asturias, actualmente al frente de las parroquias de Molleda y Las Vegas, cumple hoy 29 años de un “sí” que se hace vida.

Hay aniversarios que no se miden por el calendario, sino por la huella que dejan en las personas. Hoy el Padre Alejandro Soler celebra veintinueve años de sacerdocio, casi tres décadas desde aquel día en que, postrado en el suelo de una catedral, entregó su vida a Dios con un “sí” que no ha dejado de renovarse. Un “sí” que no fue un instante, sino un camino; no un gesto aislado, sino una forma de existir: vivir para Cristo y para los demás.

Desde entonces, su vida ha sido una entrega constante, silenciosa y fecunda. No una vida de protagonismos, sino de presencia; no de discursos vacíos, sino de cercanía real. En él se reconoce algo esencial: el sacerdocio no como función, sino como testimonio de vida, como una existencia que apunta más allá de sí misma y se convierte en reflejo de Cristo.

parroquia Sagrada Familia. Las Vegas. Asturias
parroquia Sagrada Familia. Las Vegas. Asturias
Alejandro Soler, sacerdote de la comunidad de Asturias, actualmente al frente de las parroquias de Molleda y Las Vegas, cumple hoy 29 años de un “sí” que se hace vida. Hay aniversarios que no se miden por el calendario, sino por la huella que dejan en las personas. Hoy el Padre Alejandro Soler celebra veintinueve años de sacerdocio, casi tres décadas desde aquel día en que, postrado en el suelo de una catedral, entregó su vida a Dios con un “sí” que no ha dejado de renovarse.

En Alejandro se percibe con claridad que el sacerdote no se pertenece. Su vida está marcada por una disponibilidad que no se improvisa: el tiempo no es suyo, porque ha aprendido a entregarlo. Y en ese gesto sencillo y exigente se revela una verdad profunda: el amor se mide en la capacidad de estar disponible. Por eso su jornada no está encerrada en horarios, sino abierta a lo imprevisto; a la llamada que llega sin aviso, a la conversación que se alarga, al encuentro que interrumpe planes, pero construye vida.

Quien lo conoce sabe que su modo de estar con los demás está marcado por algo que no se aprende en teoría: la escucha auténtica. Alejandro escucha de verdad. No escucha para responder, ni para resolver, ni para cerrar una conversación. Escucha para acoger. Hay en él una humildad serena que lo sitúa no por encima, sino al lado de cada persona. Y en ese gesto hay algo profundamente evangélico: reconocer que el otro no es un problema que resolver, sino una vida que recibir.

Esa escucha, además, no lo empobrece; lo enriquece. Cada historia que acoge deja huella en él, lo transforma, lo ensancha. No es un sacerdote que se aísla en certezas, sino uno que se deja interpelar por la realidad concreta de quienes encuentra. En esa apertura hay una sensibilidad especial por la vida tal como es: con sus heridas, sus búsquedas, sus contradicciones. Y desde ahí, su palabra no cae desde arriba, sino que nace de lo compartido.

En su trato cotidiano se descubre también algo que lo define con claridad: es un hombre de gran sentido común, cercano, sin distancias innecesarias, alguien con quien el encuentro resulta sencillo y auténtico. No hay en él barreras artificiales ni formalismos fríos, sino una forma de estar que transmite paz y claridad. Quien se acerca a él percibe no solo cercanía humana, sino también una presencia serena que ayuda a ver las cosas con más calma, con más verdad, con más profundidad.

Alejandro
Alejandro
En su trato cotidiano se descubre también algo que lo define con claridad: es un hombre de gran sentido común, cercano, sin distancias innecesarias, alguien con quien el encuentro resulta sencillo y auténtico. No hay en él barreras artificiales ni formalismos fríos, sino una forma de estar que transmite paz y claridad. Quien se acerca a él percibe no solo cercanía humana, sino también una presencia serena que ayuda a ver las cosas con más calma, con más verdad, con más profundidad.

Es también un hombre de coherencia serena, donde lo que cree, lo que dice y lo que vive caminan en la misma dirección. Y en esa coherencia se percibe otra de sus cualidades más valiosas: la sinceridad. Una sinceridad firme, pero nunca hiriente; clara, pero siempre respetuosa. Sabe decir lo necesario sin romper, sabe señalar lo importante sin herir, sabe corregir sin perder la caridad. Esa forma de verdad hace que su palabra no solo oriente, sino que también acompañe y sostenga.

En él, el trato no es distante, sino el de alguien que se hace cercano de verdad. Muchos encuentran en él un amigo en el sentido más profundo de la palabra; personalmente, puedo decir que lo ha sido y lo sigue siendo también para mí… en el sentido más profundo de la palabra: alguien que escucha, que acompaña, que ilumina, que no abandona. Un amigo que no solo está en los buenos momentos, sino también cuando la vida se complica, cuando surgen dudas o cuando hace falta claridad para seguir adelante.

En su forma de vivir el sacerdocio se percibe también algo más profundo: una vida arraigada en el encuentro con el Señor. No como idea abstracta, sino como experiencia que lo sostiene. Ese encuentro le da identidad y le permite, sin forzar nada, transparentar a Cristo más que a sí mismo. Por eso su vida no remite a él, sino a Otro. Y en eso se reconoce la verdad más honda del ministerio sacerdotal: Cristo como protagonista real de la vida del sacerdote.

Alejandro.
Alejandro.
En su forma de vivir el sacerdocio se percibe también algo más profundo: una vida arraigada en el encuentro con el Señor. No como idea abstracta, sino como experiencia que lo sostiene. Ese encuentro le da identidad y le permite, sin forzar nada, transparentar a Cristo más que a sí mismo. Por eso su vida no remite a él, sino a Otro. Y en eso se reconoce la verdad más honda del ministerio sacerdotal: Cristo como protagonista real de la vida del sacerdote.

Esa raíz profunda se alimenta en una dimensión esencial de su vida: la oración. Alejandro es, ante todo, un hombre de oración. No como algo añadido o puntual, sino como el lugar desde donde nace y se sostiene todo lo demás. Es en ese diálogo silencioso y constante con el Señor donde encuentra la fuerza, la luz y el sentido de su entrega cotidiana.

Pero esa centralidad de Cristo no lo aleja del mundo, sino que lo envía a él. En Alejandro hay un deseo constante, silencioso pero real, de llevar el Evangelio a la vida cotidiana, a las calles, a los lugares donde la fe se mezcla con la fragilidad humana. No desde la imposición, sino desde la cercanía; no desde la distancia, sino desde la presencia.

Su vida espiritual, alimentada por la Palabra de Dios, se traduce en una atención constante a la realidad. No vive desconectado, sino atento. Sabe leer lo que ocurre a su alrededor como un lugar donde Dios sigue hablando. Por eso su sacerdocio no es cerrado ni rígido, sino abierto, dialogante, capaz de acoger la diversidad sin perder lo esencial.

En él se reconoce también una forma de ser profundamente evangélica: la misericordia. Lejos de toda dureza, su modo de acompañar no levanta muros ni exige lo imposible. Hay en su manera de estar una comprensión que no debilita la verdad, pero la hace habitable. Y esa actitud evita el peligro de convertir la fe en carga, recordando que el corazón humano necesita ser acompañado antes que corregido.

Alejandro Soler. (2)
Alejandro Soler. (2)
Su vida, en definitiva, no se entiende sin esta coherencia profunda entre lo que cree, lo que vive y lo que transmite. No hay separación entre palabra y vida. Y eso, sin necesidad de grandes gestos, se convierte en un testimonio silencioso pero elocuente.

De ese mismo espíritu nace su capacidad de ser puente. En un mundo donde tantas veces se fragmenta la convivencia, Alejandro intenta unir, acercar, reconciliar. No desde la teoría, sino desde lo concreto. Es, en el sentido más profundo, un tejedor de comunión: alguien que no rompe lo que encuentra, sino que intenta recomponerlo. Y lo hace con paciencia, con constancia, con la convicción de que la unidad se construye hilo a hilo, encuentro a encuentro.

Todo ello lo sitúa también muy cerca del sufrimiento humano. No desde fuera, sino desde dentro. No como espectador, sino como acompañante. Está presente donde duele, donde cuesta, donde la vida se hace más frágil. Y en esa presencia discreta, pero real, se manifiesta una de las formas más puras del sacerdocio: estar sin condiciones junto al que sufre.

Su vida, en definitiva, no se entiende sin esta coherencia profunda entre lo que cree, lo que vive y lo que transmite. No hay separación entre palabra y vida. Y eso, sin necesidad de grandes gestos, se convierte en un testimonio silencioso pero elocuente.

Junto a todo ello, hay una actitud que lo sostiene: la gratitud. Una gratitud que no es circunstancial, sino existencial. Agradecer la vocación, agradecer el camino, agradecer incluso la dificultad. Porque en esa mirada agradecida, la vida se ensancha y se vuelve más capaz de amar.

Misa y oración Por Venezuela en la Parroquia de Las vegas. Asturias
Misa y oración Por Venezuela en la Parroquia de Las vegas. Asturias
sus homilías no son discursos improvisados, sino palabras meditadas que invitan a la reflexión y a la conversión. En muchas ocasiones ayudan a replantearse la vida cristiana con mayor hondura, a revisar actitudes y a renovar el deseo de seguir a Cristo con más coherencia. Son, en ese sentido, una ayuda real para la vida espiritual, porque no se quedan en lo teórico, sino que empujan a una respuesta concreta. Personalmente, puedo decir que las sigo con frecuencia cada domingo y que dejan una huella de llamada a vivir la fe de un modo más auténtico y comprometido.

Personalmente quiero añadir que sigo habitualmente sus homilías a través del canal de la parroquia en YouTube. Son homilías que se perciben muy preparadas, cuidadas, con profundidad bíblica y con una claridad que ayuda a entrar en la fe de un modo serio y vivo. No son discursos improvisados, sino palabras meditadas que invitan a la reflexión y a la conversión. En muchas ocasiones ayudan a replantearse la vida cristiana con mayor hondura, a revisar actitudes y a renovar el deseo de seguir a Cristo con más coherencia. Son, en ese sentido, una ayuda real para la vida espiritual, porque no se quedan en lo teórico, sino que empujan a una respuesta concreta. Personalmente, puedo decir que las sigo con frecuencia cada domingo y que dejan una huella de llamada a vivir la fe de un modo más auténtico y comprometido.

Hoy no se celebra solo un aniversario. Se celebra una fidelidad sostenida durante veintinueve años, una vida que ha ido madurando en la entrega, una vocación vivida con verdad. Se celebra a un sacerdote que ha hecho de su existencia un servicio, de su tiempo un don y de su vida un signo.

Gracias, Padre Alejandro, por tu sí perseverante. Gracias por tu cercanía, por tu escucha, por tu humildad y por tu forma de estar en el mundo. Gracias por recordarnos, sin estridencias, que la vida se hace plena cuando se entrega.

Que el Señor siga sosteniendo tu camino y que continúes siendo, con la misma sencillez y profundidad, un testigo vivo de la presencia de Dios en medio de los hombres.

¡Feliz aniversario sacerdotal, Alejandro!

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