Alejandro Soler Castellblanch, veinte años de vida entregada a una comunidad

Tras casi dos décadas de entrega pastoral en MolledaLas Vegas y villa, don Alejandro Soler Castellblanch inicia una nueva etapa en Tapia de Casariego, dejando tras de sí una huella profunda de cercanía, fe y vida compartida.

Su despedida, cargada de emoción y gratitud, refleja el vínculo humano y espiritual tejido con una comunidad que lo siente ya como parte de su propia historia.

Alejandro Soler
Alejandro Soler

Hay despedidas que no se pueden explicar con palabras medidas ni con discursos formales. Hay despedidas que nacen del alma, de la vida compartida, del cariño que se ha ido tejiendo día a día casi sin darse uno cuenta. La marcha de Alejandro Soler Castellblanch de las parroquias de Molleda, Las Vegas y VIlla es una de ellas: una despedida que duele porque ha sido verdadera.

Durante casi veinte años, Alejandro no ha sido simplemente un sacerdote destinado a una comunidad. Ha sido presencia constante, refugio cercano y compañero de camino. Su vida ha quedado entrelazada con la de tantas personas que hoy sienten que no se va solo un cura, sino alguien de casa.

Parroquia de la Sagrada familia
Parroquia de la Sagrada familia
Hay despedidas que no se pueden explicar con palabras medidas ni con discursos formales. Hay despedidas que nacen del alma, de la vida compartida, del cariño que se ha ido tejiendo día a día casi sin darse uno cuenta. La marcha de Alejandro Soler Castellblanch de las parroquias de Molleda, Las Vegas y VIlla es una de ellas: una despedida que duele porque ha sido verdadera.

Porque su manera de ejercer el ministerio nunca fue distante ni automática. Fue profundamente humana. Estuvo cuando hacía falta: en los momentos importantes y en los que no se ven, en las alegrías compartidas y en los problemas que pesan en silencio. Cuando alguien necesitó ayuda, allí estaba. Cuando alguien buscaba salir adelante, él animó, impulsó y acompañó procesos de formación, ayudando a muchas personas a crecer y a abrirse camino. Y cuando la vida apretaba más fuerte, su mirada siempre se dirigía hacia los más frágiles: los pobres, los necesitados, los que muchas veces quedan al margen.

Esa entrega no fue puntual, fue constante. Un trabajador incansable, de madrugar sin quejarse y de acostarse tarde cuando el día lo pedía. Pero no solo fue entrega exterior. Quienes lo han conocido de cerca saben que todo eso nacía de algo más profundo: un hombre de oración, de vida interior, de fe vivida en silencio. Un sacerdote bueno. Sencillamente bueno.

Por eso su despedida no ha sido una colección de elogios vacíos. Los catequistas de la parroquia de la Sagrada Familia han sabido expresar algo mucho más auténtico: un camino compartido en la verdad. Han hablado de alegrías, sí, pero también de dificultades. De aciertos y de errores, de los suyos y de los de él. Y en esa sinceridad hay una belleza inmensa, porque recuerda que la fe no se construye desde la perfección, sino desde la humildad de saberse en camino.

Como dice el Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7,16). Y los frutos de Alejandro están en las personas. En quienes crecieron a su lado. En quienes encontraron consuelo en sus palabras. En quienes, gracias a él, sintieron que la Iglesia podía ser hogar.

Alejandro
Alejandro
Esa entrega no fue puntual, fue constante. Un trabajador incansable, de madrugar sin quejarse y de acostarse tarde cuando el día lo pedía. Pero no solo fue entrega exterior. Quienes lo han conocido de cerca saben que todo eso nacía de algo más profundo: un hombre de oración, de vida interior, de fe vivida en silencio. Un sacerdote bueno. Sencillamente bueno.

Incluso más allá de lo visible.

Porque su voz no se quedó entre los muros de la parroquia. A través de las retransmisiones de la eucaristía en YouTube, su forma de celebrar y de predicar cruzó fronteras. Desde lugares lejanos como Perú o Colombia, algunas personas comenzaron a seguirle, a escucharle, a sentirse acompañadas. Y algunas le dijeron algo que resume todo su ministerio: que, sin conocerlo en persona, lo sentían parte de su familia.

Eso no se improvisa. Eso nace de hablar desde el corazón.

Hoy, con su marcha, ese canal se ha apagado. Pero lo que se sembró no desaparece. Permanece en quienes, incluso en la distancia, encontraron en él cercanía.

¡Porque marcharse también forma parte de la vocación!

Jesús lo dejó claro cuando dijo: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio” (Marcos 16,15). Y también: “El que deja casa, hermanos o tierras por mí, recibirá cien veces más” (Mateo 19,29). La vida del sacerdote tiene algo de ese desarraigo evangélico: amar profundamente… y, aun así, saber soltar.

Y ahí es donde aparece el dolor verdadero.

Porque no se trata solo de hacer una mudanza. Es guardar casi veinte años de vida en cajas. Es sostener recuerdos que pesan: rostros, nombres, historias. Es entrar en la iglesia en silencio y saber quién se sentaba en cada banco. Es despedirse una y otra vez mientras se intenta ser fuerte para los demás.

Porque el sacerdote, en esos momentos, vive una paradoja silenciosa: consuela mientras también necesita ser consolado.

Y, aun así, sigue.

Porque sabe que su camino no es solo suyo. Que su vocación le empuja a volver a empezar.

Ahora, Alejandro inicia una nueva etapa en Tapia de Casariego, al frente de la parroquia de San Esteban y otras cinco parroquias. Le esperan nuevas historias, nuevos rostros, nuevas responsabilidades. Y también ese vértigo inevitable de empezar de nuevo cuando el corazón todavía está lleno de lo vivido.

Pero no llega vacío.

de los catequistas para Alejandro
de los catequistas para Alejandro
Hoy Molleda Las Vegas y Villa no dicen solo adiós. Dicen gracias. Gracias por la entrega, por la cercanía, por la paciencia, por la fe compartida. Gracias por estar. Porque al final, solo duele tanto aquello que se ha amado profundamente. Y eso es, quizá, lo más hermoso que se puede decir de un sacerdote.

Llega con todo lo que ha sembrado dentro. Con cada persona, con cada gesto, con cada historia que ha formado parte de su vida.

Por eso, la imagen con la que su comunidad lo despide lo dice todo: él se lleva “el olor de estas ovejas”, y ellos se quedan con “una parte de su cayado”. Es el lenguaje sencillo de quienes han compartido vida de verdad.

Como recuerda el Evangelio: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20). Y de alguna manera, también las personas permanecen así: presentes incluso cuando ya no están físicamente.

Hoy Molleda Las Vegas y Villa no dicen solo adiós. Dicen gracias. Gracias por la entrega, por la cercanía, por la paciencia, por la fe compartida. Gracias por estar.

Porque al final, solo duele tanto aquello que se ha amado profundamente. Y eso es, quizá, lo más hermoso que se puede decir de un sacerdote.

Buen camino, Alejandro.

Detrás de tu traslado queda una trayectoria marcada por la entrega y la cercanía humana.

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