Alejandro Soler y el Evangelio hecho vida en Pascua: mujeres, martirio y testimonio cristiano

Una mirada profunda a la Pascua que hace visible la vida del Evangelio: mujeres, martirio y testimonio cristiano.

Alejandro Soler nos recuerda que creer en Cristo resucitado significa vivir la fe con entrega, esperanza y amor a los demás.

Alejandro
Alejandro

Hay homilías que se olvidan con facilidad y otras que permanecen porque nacen de una fe vivida, orada y trabajada interiormente. Se reconoce en ellas una autenticidad que no procede solo del estudio, sino de la experiencia creyente. Cuando un sacerdote habla desde lo que vive, sus palabras tienen un peso distinto, llegan más hondo y dejan huella en quien escucha. No son discursos, sino testimonio.

En esta línea se sitúa la homilía del padre Alejandro Soler, que ofrece una reflexión profunda y serena sobre el sentido de la Pascua, integrando con naturalidad aspectos esenciales del Evangelio como la dignidad de las mujeres, la realidad del martirio y la llamada al testimonio en la vida cotidiana.

Uno de los elementos más significativos es cómo presenta la actitud de Jesús en relación con las mujeres. En una sociedad patriarcal, donde los rabinos consideraban a las mujeres incapaces de comprender y explicar la Ley, Jesús rompe con esa mentalidad según el Evangelio. No crea un grupo cerrado de varones estudiosos, sino que abre un camino donde hombres y mujeres participan por igual en el seguimiento.

Jesús y las mujeres
Jesús y las mujeres

Según el Evangelio, algunas mujeres acompañaban a Jesús y le servían con sus bienes (cf. Lc 8, 1-3). Entre ellas, el padre Soler subraya de manera especial a María Magdalena. Ella es quien permanece junto a Jesús y será la primera en anunciar la gran noticia de su resurrección: “He visto al Señor” (Jn 20, 18). Así, la homilía refleja cómo el Evangelio pone en primer plano a quien da testimonio del Señor resucitado, mostrando que la fidelidad lleva a la misión y que una mujer ocupa un papel central en la proclamación de la Resurrección.

No se trata de una escuela de expertos, sino de una comunidad abierta en la que todos pueden escuchar, entender y acoger el mensaje del Reino anunciado en el Evangelio. Las mujeres aparecen, así como miembros de pleno derecho dentro del grupo de Jesús, compartiendo la misma dignidad ante el don de Dios y su gracia. Esta igualdad no es una teoría, sino una realidad vivida en el entorno de Jesús que nos transmite el Evangelio, donde “el que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mc 3, 35).

La homilía pone también el acento en un dato evangélico muy concreto: son las mujeres las que permanecen junto a Cristo en el momento de la cruz, cuando muchos otros han desaparecido, tal como recoge el Evangelio: “estaban allí mirando desde lejos muchas mujeres… que habían seguido a Jesús” (Mt 27, 55). Esta fidelidad tiene su reconocimiento en el acontecimiento central de la fe cristiana proclamado por el Evangelio.

De manera especial, el padre Soler destaca la figura de María Magdalena, de la que se recuerda su historia. Ella es la primera persona que se encuentra con Cristo resucitado, y recibe la misión de anunciarlo, tal como recoge el Evangelio: “Jesús le dijo: ve a mis hermanos y diles…” (Jn 20, 17). Se convierte así en evangelizadora, en portadora de la buena noticia para aquellos que después serán enviados a predicar.

Este hecho tiene un valor enorme: la primera proclamación de la resurrección pasa por una mujer, como cuando María Magdalena anuncia: “He visto al Señor” (Jn 20, 18), lo que subraya de manera clara el papel que tienen dentro del plan de Dios según el Evangelio. En esta misma línea, se recuerda el gesto del Papa Francisco al elevar la celebración litúrgica de María Magdalena, reconociendo así la importancia de su misión en la Iglesia.

Papa Francisco
Papa Francisco
En esta misma línea, se recuerda el gesto del Papa Francisco al elevar la celebración litúrgica de María Magdalena, reconociendo así la importancia de su misión en la Iglesia.

Junto a esta dimensión, la homilía aborda con profundidad el tema del martirio. El padre Soler lo define con claridad: el martirio es el supremo testimonio de la fe en la resurrección. Es la situación de aquellos que, como dice el libro del Apocalipsis en sintonía con el mensaje del Evangelio, no amaron tanto la vida como para temer la muerte.

Estas palabras no eluden la realidad humana. La muerte produce temor, especialmente por ese tránsito desconocido que se percibe como oscuro. Sin embargo, la fe, iluminada por el Evangelio, ofrece una luz: al final de ese camino está la vida eterna, como recuerda Jesús: “el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25). La muerte no es el final, sino un paso hacia la plenitud.

Desde esta perspectiva, surge una petición profundamente humana y cristiana: la gracia de una buena muerte. Una muerte que llegue tras una vida larga y fecunda, vivida en el amor, acompañada por los seres queridos y sostenida por los sacramentos. No como una fórmula vacía, sino como una realidad vivida en plenitud de fe según el Evangelio.

El padre Soler recuerda también que, aunque no todos están llamados al martirio en su forma más extrema, todos los cristianos están llamados a dar testimonio del Evangelio. No necesariamente con la sangre, pero sí con la vida. En lo cotidiano, en la fidelidad de cada día, en la manera de vivir la fe, porque “el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25).

Aquí resuenan las palabras de san Pablo: aspirar a los bienes de arriba. Sin negar la realidad material de la vida, el cristiano está llamado a no quedarse en ella. Nada de lo material permanece, y lo único que verdaderamente acompaña al ser humano es el bien que ha hecho y la responsabilidad de sus actos.

Esta llamada al testimonio conecta con la experiencia concreta de quienes han conocido de cerca a verdaderos testigos de la fe. Haber tenido la fortuna de encontrarse con un mártir como Ignacio Ellacuría, a quien pude conocer personalmente en Santiago hacia el año 1989 en el foro de la Revista Encrucillada, permite comprender que estas palabras no son abstractas. Aún permanece viva en la memoria su mirada tierna, su mirada profundamente humana y llena de amor, una mirada que evocaba, de algún modo, lo que pudo haber sido la mirada de Jesús. El martirio es una realidad viva en la historia, una entrega total que nace de la fe en Cristo resucitado anunciado en el Evangelio.

Ignacio Ellacuría
Ignacio Ellacuría
Haber tenido la fortuna de encontrarse con un mártir como Ignacio Ellacuría, a quien pude conocer personalmente en Santiago hacia el año 1989 en el foro de la Revista Encrucillada, permite comprender que estas palabras no son abstractas. Aún permanece viva en la memoria su mirada tierna, su mirada profundamente humana y llena de amor, una mirada que evocaba, de algún modo, lo que pudo haber sido la mirada de Jesús.

Pero incluso sin llegar a ese extremo, la vida cristiana está llamada a ser una entrega a los demás, especialmente a los más necesitados, porque “cada vez que lo hicisteis con uno de estos… conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). En ese sentido, cada existencia puede convertirse en un testimonio auténtico, en una forma concreta de vivir el Evangelio.

La homilía del padre Alejandro Soler destaca precisamente por esa capacidad de unir el mensaje central de la Pascua con la vida real desde el Evangelio. Habla de la resurrección no como una idea lejana, sino como una verdad que transforma la manera de vivir, de afrontar la muerte y de relacionarse con los demás.

Por eso sus palabras tienen fuerza. Porque no se quedan en conceptos, sino que invitan a vivir desde la esperanza del Evangelio, a reconocer la dignidad de todos, a valorar el papel de las mujeres y a asumir que la fe se demuestra en la vida concreta.

En definitiva, se trata de una homilía que no solo explica la Pascua, sino que la hace presente: Cristo está vivo, como proclama el Evangelio, y esa certeza se traduce en una vida entregada, en un testimonio constante y en una esperanza que no defrauda.

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