Última hora:
Aporofobia en Madrid

Almeida y Ayuso, comulgar y mirar hacia otro lado

En Madrid, mientras se endurecen políticas contra personas sin hogar y migrantes, más de treinta organizaciones cristianas denuncian una profunda contradicción con el Evangelio.

Entre comuniones y discursos de fe, surge una pregunta incómoda sobre qué significa realmente ser cristiano en el ejercicio del poder.

Almeida y Ayuso
Almeida y Ayuso

Hay una imagen que empieza a resultar insoportable por repetida: responsables políticos que se declaran católicos, que acuden a misa, que comulgan con aparente devoción, que se presentan incluso como defensores de los valores cristianos, y que, sin embargo, gobiernan como si el Evangelio no tuviera absolutamente nada que decir sobre los pobres. En Madrid, con Almeida y Ayuso al frente, esa fractura entre fe y vida no es un desliz ocasional, sino una forma de hacer política.

Más de treinta organizaciones cristianas de base lo han denunciado con una claridad que incomoda: hablan de políticas “excluyentes”, “segregacionistas” y “aporofóbicas”. No son palabras menores. Y no vienen de adversarios ideológicos, sino de comunidades que beben de la misma fuente evangélica que quienes hoy ocupan las instituciones. Cuando estas organizaciones denuncian que se están retirando enseres de personas que viven en la calle sin previo aviso, que se están desmantelando asentamientos sin ofrecer alternativas habitacionales, no están haciendo teoría política: están describiendo hechos. Hechos que incluyen algo tan grave como la destrucción de documentación personal imprescindible para procesos de regularización. Es decir, no solo se empuja a las personas fuera del espacio público, sino que se les dificulta aún más cualquier posibilidad de salir de la exclusión.

La tradición cristiana es inequívoca: el lugar privilegiado de Dios no está en los espacios de poder, ni siquiera en los ritos si estos se vacían de vida, sino en quien sufre. Por eso resulta tan certera —y tan incómoda— la afirmación de Santiago Agrelo: es un gravísimo error dar más importancia a la Eucaristía que a los pobres. No porque la Eucaristía no importe, sino porque pierde toda verdad si no desemboca en justicia.

Y, sin embargo, todo esto convive con la normalidad de quien, el domingo, se acerca al altar a comulgar.

Aquí es donde el Evangelio irrumpe con una violencia que desarma cualquier coartada. “Tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me acogisteis”. No es una metáfora, ni un consejo espiritual opcional. Es un criterio de juicio. Es la medida misma de lo que significa seguir a Jesús. Y la consecuencia es aún más incómoda: lo que se hace —o se deja de hacer— con los más pobres, se hace con Él.

No hay manera de suavizar esto sin vaciar el cristianismo de contenido. Porque aquí no hay un malentendido. La tradición cristiana es inequívoca: el lugar privilegiado de Dios no está en los espacios de poder, ni siquiera en los ritos si estos se vacían de vida, sino en quien sufre. Por eso resulta tan certera —y tan incómoda— la afirmación de Santiago Agrelo: es un gravísimo error dar más importancia a la Eucaristía que a los pobres. No porque la Eucaristía no importe, sino porque pierde toda verdad si no desemboca en justicia.

Comulgar no es un acto privado. No es un gesto devocional desconectado de la realidad. Es asumir el cuerpo de Cristo. Y ese cuerpo, hoy, está en quien duerme en la calle, en quien pierde sus pocas pertenencias, en quien ve cómo una norma administrativa le cierra el acceso a derechos básicos. Ahí está Cristo. No en abstracto, sino en la carne concreta de los descartados.

Ayuso y Almeida con el papa
Ayuso y Almeida con el papa
Mientras tanto, también duele el silencio de buena parte de la Iglesia institucional, incapaz —o reacia— a pronunciarse con claridad ante medidas que afectan directamente a los más vulnerables. Un silencio que contrasta con la fuerza del Evangelio y con la voz de tantas comunidades de base que sí han decidido hablar, precisamente porque creen que callar sería traicionar lo esencial.

Por eso la contradicción es tan brutal. Porque se puede ir a misa, se puede comulgar, se puede incluso hablar de valores cristianos… y al mismo tiempo gobernar contra el Evangelio. Y entonces la fe deja de ser una exigencia ética para convertirse en un decorado. En una identidad cómoda que no cuestiona nada.

Las propias organizaciones cristianas lo han dicho con claridad al mostrar su desconcierto ante la distancia entre los discursos y las políticas. Recuerdan palabras del Papa sobre la dignidad humana, sobre la gravedad de cualquier discriminación por origen, condición económica o cultural. Palabras que, escuchadas en un Parlamento o en una visita institucional, suenan bien, pero que exigen coherencia cuando se toman decisiones concretas.

Mientras tanto, también duele el silencio de buena parte de la Iglesia institucional, incapaz —o reacia— a pronunciarse con claridad ante medidas que afectan directamente a los más vulnerables. Un silencio que contrasta con la fuerza del Evangelio y con la voz de tantas comunidades de base que sí han decidido hablar, precisamente porque creen que callar sería traicionar lo esencial.

A esto se suma un contexto político que endurece el acceso a derechos fundamentales: restricciones al empadronamiento, limitaciones en el acceso al transporte público para personas no registradas, endurecimiento de requisitos de nacionalidad, asilo y reagrupación familiar. Todo ello configura una misma dirección: hacer más difícil la vida a quienes llegan con menos, a quienes ya viven en los márgenes, a quienes el Evangelio nombra una y otra vez como el centro de la preocupación cristiana.

Y en medio de todo esto, la foto con el Papa, la apelación constante a las raíces cristianas, la reivindicación de una identidad religiosa que, en la práctica, queda reducida a gesto cultural.

¿Y qué tipo de catolicismo es este que se emociona en la liturgia y el rito, pero endurece el corazón ante el pobre?

Ayuso y Almeida en la procesión
Ayuso y Almeida en la procesión
Y en medio de todo esto, la foto con el Papa, la apelación constante a las raíces cristianas, la reivindicación de una identidad religiosa que, en la práctica, queda reducida a gesto cultural. ¿Y qué tipo de catolicismo es este que se emociona en la liturgia y el rito, pero endurece el corazón ante el pobre?

Porque no se trata de un matiz. Se trata del núcleo mismo del cristianismo. Se trata de si la fe es un conjunto de ritos o una forma de mirar y de actuar en el mundo. Y hoy, en Madrid, la respuesta que ofrecen quienes gobiernan es inquietante: un cristianismo sin pobres, una Eucaristía sin consecuencias, una fe que no incomoda al poder porque ha dejado de escuchar al Evangelio.

Al final, todo se reduce a una pregunta que no admite rodeos: ¿de qué sirve comulgar si se desprecia a Cristo en los pobres?

Eso no es una contradicción menor. Es una enmienda a la totalidad del Evangelio.

También te puede interesar

Lo último

stats