Antonio Martínez Aneiros, el cura de los obreros que vivió el Evangelio hasta el final

La muerte de Antonio Martínez Aneiros deja un silencio hondo en Galicia, el de quien ha hecho del amor al pueblo su forma de vida.

Se nos va un hombre bueno, pero queda su memoria encendida, recordándonos que el Evangelio solo vive cuando se entrega la vida.

Antonio Martinez Aneiros .
Antonio Martinez Aneiros .

La muerte de Antonio Martínez Aneiros (Val, Narón, 1933) nos sitúa ante una de esas vidas que no pueden ser reducidas a una biografía convencional. La suya fue, en sentido pleno, una existencia teologal, una vida donde Dios no fue una idea abstracta, sino una presencia descubierta en el rostro concreto de los pobres, de los obreros, de los perseguidos.

Porque Antonio fue, ante todo, un hombre que entendió —como subraya la teología de la liberación— que no hay conocimiento verdadero de Dios sin compromiso con la justicia. En él se hacía carne aquella afirmación decisiva: “he visto la opresión de mi pueblo… he escuchado su clamor” (Ex 3,7). Y no solo la escuchó: respondió.

Quienes lo conocimos sabemos que era un hombre culto, pero radicalmente sencillo, ajeno a toda forma de poder o prestigio. Su autoridad no nacía de los cargos, sino de la coherencia. Recuerdo especialmente cómo promovió la presencia en Galicia de Samuel Ruiz, el obispo de Chiapas, uno de los grandes pastores de la Iglesia latinoamericana comprometida con los pueblos indígenas y empobrecidos. No fue un gesto anecdótico, sino profundamente teológico: la convicción de que la Iglesia debía aprender de los pobres y caminar con ellos como sujeto histórico de liberación.

Samuel Ruiz
Samuel Ruiz
Su autoridad no nacía de los cargos, sino de la coherencia. Recuerdo especialmente cómo promovió la presencia en Galicia de Samuel Ruiz, el obispo de Chiapas, uno de los grandes pastores de la Iglesia latinoamericana comprometida con los pueblos indígenas y empobrecidos. No fue un gesto anecdótico, sino profundamente teológico: la convicción de que la Iglesia debía aprender de los pobres y caminar con ellos como sujeto histórico de liberación.

Su ministerio sacerdotal en los años 60 y 70 se inscribe en ese momento en que el Espíritu empujaba a la Iglesia —también en Galicia— a salir de sus seguridades. Influido por el Concilio Vaticano II y en sintonía con Medellín, Antonio formó parte de esa generación de sacerdotes que hicieron una opción práctica por los pobres, entendiendo que la neutralidad no es posible cuando hay víctimas.

Su propia experiencia le hizo ver que la injusticia no es solo cuestión de individuos, sino de estructuras que oprimen.

El punto de inflexión de su vida fue marzo de 1972, tras los asesinatos de los obreros Amador Rey y Daniel Niebla en Ferrol. En aquel contexto de represión franquista, Antonio no optó por la prudencia ni por el silencio. Optó por el Evangelio. Denunció la violencia, acompañó a las familias, sostuvo la esperanza de los trabajadores.

Y entonces se cumplió en él la lógica del Reino: “bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia” (Mt 5,10). Fue detenido, interrogado y encarcelado en A Coruña, compartiendo celda con los propios obreros. Más tarde, el confinamiento en Sobrado.

Aquella cárcel no fue un paréntesis, sino una revelación. Allí se hizo verdad la palabra de Jesús: “estuve en la cárcel y me visitasteis” (Mt 25,36). Pero en su caso, fue más aún: estuvo en la cárcel porque Cristo estaba en los encarcelados. Su experiencia conecta con esa intuición central de la teología de la liberación: Cristo se identifica históricamente con los crucificados de la tierra.

Marzo del  1972
Marzo del 1972

Antonio entendió que seguir a Jesús implicaba asumir conflicto. Que el Reino de Dios no es neutral. Que anunciar la buena noticia a los pobres (cf. Lc 4,18) supone inevitablemente enfrentarse a quienes producen pobreza.

Su paso a la política durante la Transición no fue una traición a su vocación sacerdotal, sino su desarrollo histórico. Como alcalde de Narón (1979-1985) y posteriormente como diputado en el Parlamento de Galicia, vivió la política como praxis transformadora. En su vida se hizo verdad aquello de que la caridad cristiana no puede limitarse a la asistencia, sino que debe convertirse en transformación de las estructuras injustas.

Junto a Camilo Nogueira en el seno del Partido Socialista de Galicia–Esquerda Galega (PSG-EG), encarnó un proyecto político donde Galicia, justicia social y dignidad humana caminaban unidas. Pero incluso en ese ámbito, nunca perdió su identidad profunda: seguía siendo pastor, seguía siendo hermano, seguía siendo un hombre que escuchaba.

Porque Antonio nunca absolutizó la política. Sabía que toda mediación histórica es limitada. Pero también sabía que no comprometerse en la historia es traicionar el Evangelio.

Su estilo de vida fue, en sí mismo, una crítica al sistema. Nunca fue ostentoso, nunca buscó privilegios. Vivió con sobriedad, con cercanía, con esa libertad evangélica de quien ha entendido que “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,21). Su tesoro estaba en la gente, especialmente en los últimos.

Antonio Martinez Aneiros
Antonio Martinez Aneiros
Su estilo de vida fue, en sí mismo, una crítica al sistema. Nunca fue ostentoso, nunca buscó privilegios. Vivió con sobriedad, con cercanía, con esa libertad evangélica de quien ha entendido que “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,21). Su tesoro estaba en la gente, especialmente en los últimos.

En Narón dejó una huella que va mucho más allá de la política institucional. Fue constructor de comunidad, referente moral, defensor de la cultura y de la dignidad de su pueblo. Creyentes y no creyentes encontraban en él algo profundamente humano: una vida entregada sin cálculo.

Antonio Martínez Aneiros pertenece a esa estirpe de creyentes que la historia recordará como Iglesia de los pobres. Aquellos que, en tiempos de dictadura y de transición, entendieron que la fe no podía ser cómplice del poder, sino conciencia crítica y esperanza activa.

Dialogó con el marxismo, con el pensamiento laico, con los movimientos sociales. No desde la desconfianza, sino desde la convicción de que la verdad se construye en la historia y en la lucha por la justicia. Supo reconocer, como tantos teólogos de la liberación, que el Reino de Dios desborda las fronteras visibles de la Iglesia.

Hoy, cuando la tentación del repliegue vuelve a aparecer, su figura se levanta como memoria peligrosa, en el sentido más profundo del término: una memoria que incomoda, que cuestiona, que llama a la conversión. Porque su vida nos recuerda que no basta con creer; hay que seguir a Jesús en su praxis liberadora.

El juicio de la historia —y el juicio de Dios— no se hará sobre nuestras declaraciones, sino sobre nuestra respuesta al sufrimiento: “tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25,35). Antonio lo entendió y lo vivió.

Hoy Galicia llora, pero también agradece. Porque su vida no se pierde: queda como semilla de Reino, como testimonio de que otra Iglesia es posible y necesaria. Una Iglesia que no teme ensuciarse en la historia, porque sabe que ahí se juega la fidelidad al Dios de Jesús.

Antonio Martinez Aneiros  a la derecha , homenajeado
Antonio Martinez Aneiros a la derecha , homenajeado
Hoy Galicia llora, pero también agradece. Porque su vida no se pierde: queda como semilla de Reino, como testimonio de que otra Iglesia es posible y necesaria. Una Iglesia que no teme ensuciarse en la historia, porque sabe que ahí se juega la fidelidad al Dios de Jesús.

Descansa en paz Antonio, cura de los obreros, preso por la justicia, creyente de la liberación. Y que su memoria siga empujándonos a hacer verdad aquello que él vivió: que el Evangelio solo es buena noticia cuando lo es, de verdad, para los pobres (cf. Lc 4,18).

Un abrazo lleno de cariño a su esposa Marisa y a sus hijas, Judith, Ruth y Sabela, en este momento de dolor.

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