Cuando el báculo se convierte en látigo
La Iglesia habla de misericordia, pero practica el descarte elegante.
Sin ruido, sin escándalo… y sin Evangelio.
En la Iglesia que proclama el Evangelio de la misericordia, se ha perfeccionado un arte tan antiguo como persistente: apartarse de los sacerdotes incómodos sin ruido, sin debate y sin verdadera rendición de cuentas. Se presenta como “discernimiento”, pero en demasiadas ocasiones funciona como otra cosa mucho más simple y más dura: el ejercicio del poder revestido de lenguaje espiritual.
Porque conviene decirlo sin rodeos: hay formas de gobierno eclesial donde ya no se acompaña, se administra; no se escucha, se ejecuta; no se pastorea, se controla. Y todo ello sin levantar la voz, sin escándalo visible, sin conflicto externo. Precisamente ahí reside su eficacia.
Especialmente inquietante es el caso de quienes provienen de órdenes religiosas o trayectorias comunitarias intensas, supuestamente formados en la vida fraterna, en la corrección mutua y en la escucha del Espíritu. Pero algo se rompe en la transición al poder episcopal o a la gestión institucional de la diócesis: la fraternidad se convierte en jerarquía vertical, el discernimiento compartido en decisión unilateral, y la humildad en lenguaje administrativo.
El resultado es un modelo de gobierno que se parece cada vez menos al Evangelio y cada vez más a una estructura cerrada de gestión del control religioso.
En ese contexto aparecen los casos —nombrados o evocados en distintos debates eclesiales— de sacerdotes con pensamiento propio, con sensibilidad crítica, con capacidad de cuestionar inercias. El caso del sacerdote Rafael Palomino ha sido citado en este sentido como ejemplo de cómo un perfil teológico o pastoral con voz propia puede llegar a ser percibido como problema más que como riqueza, no por ruptura ni por escándalo, sino simplemente por no encajar en el margen estrecho de lo tolerable institucionalmente.
En la Iglesia que proclama el Evangelio de la misericordia, se ha perfeccionado un arte tan antiguo como persistente: apartarse de los sacerdotes incómodos sin ruido, sin debate y sin verdadera rendición de cuentas. Se presenta como “discernimiento”, pero en demasiadas ocasiones funciona como otra cosa mucho más simple y más dura: el ejercicio del poder revestido de lenguaje espiritual.
En paralelo, en diversas diócesis se repiten dinámicas que muchos describen como expresión del mismo modo de proceder: decisiones tomadas de forma vertical, procesos poco transparentes y silencios prolongados ante situaciones internas complejas, donde la sensación de falta de diálogo real se impone sobre cualquier intento de escucha efectiva.
Porque el sistema, cuando se enfrenta a la diferencia, no dialoga: reacciona. No debate: reordena. No acompaña: reubica o aparta.
Y aquí es donde el contraste con el Evangelio se vuelve insoportable.
Porque en el Evangelio, cuando una oveja se pierde, el pastor deja las noventa y nueve y va tras ella (cf. Mateo 18,12).
Aquí, en cambio: si una oveja incomoda, no se la busca, se la aparta; y después se redacta un texto impecable que justifica la decisión ya tomada.
En el Evangelio, Jesús se sienta a la mesa con los que incomodan, los escucha, los integra en la conversación, rompe las fronteras sociales y religiosas (cf. Lucas 5,30-32).
Aquí no: al que incomoda se le reduce el espacio, se le limita la palabra y, finalmente, se le desplaza hasta hacerlo irrelevante.
En el Evangelio, el primero es el que sirve, el último, el que se abaja, el que no se impone (cf. Marcos 9,35).
Aquí no: el que tiene el cargo decide; el resto acata, aunque no entienda, aunque no comparta, aunque calle.
No estamos ante simples fallos de gestión. Estamos ante una lógica estructural.
Una lógica donde el sacerdote que piensa críticamente es percibido como “problema”, mientras el que obedece sin discernimiento es considerado “seguro”.
Una lógica donde la comunión se confunde con uniformidad.
Una lógica donde la sinodalidad se proclama en documentos, pero se suspende en la práctica cuando aparece la disidencia real.
La iluminación del pueblo ya no brota exclusivamente desde dentro de la institución, sino que llega desde fuera, a menudo a través de los medios de comunicación, como si la verdad necesitara permiso externo para abrirse paso en la propia casa.
Y todo esto se reviste con un lenguaje cuidadosamente elaborado: “acompañamiento”, “discernimiento pastoral”, “bien de la Iglesia”, “cuidado del presbítero”. Expresiones que, en teoría, apuntan a la atención y al cuidado, pero que en la práctica pueden convertirse en otra cosa muy distinta: aislamiento progresivo, silenciamiento funcional y expulsión blanda.
El problema no es únicamente organizativo, sino profundamente teológico. Porque cuando el lenguaje del Evangelio se utiliza para justificar prácticas que lo contradicen, se produce una fractura difícil de ignorar: se mantiene la forma religiosa, pero se vacía el contenido evangélico. Se conserva la estructura, pero se debilita el mensaje. Se invoca a Cristo, pero se opera con lógicas que no siempre se dejan interpelar por Él.
Y aquí conviene decir algo aún más incómodo: no todo lo eclesiástico es cristiano. Existen capas históricas, culturales, administrativas y disciplinarias dentro de la Iglesia que, con el tiempo, han adquirido apariencia de necesidad absoluta, pero que no siempre resisten una lectura directa del Evangelio sin tensiones profundas.
Se ha llegado a una situación en la que muchas veces la institución se protege a sí misma más que a las personas. Y eso genera una deriva peligrosa: la estructura deja de ser medio y se convierte, en fin.
Mientras tanto, el pueblo creyente observa. Percibe desapariciones discretas, cambios no explicados, silencios prolongados. Percibe también que hay voces que se apagan no por falta de fidelidad al Evangelio, sino por incomodidad institucional. Y aunque no siempre tenga todas las claves, intuye una distancia creciente entre el discurso y la práctica.
Porque la realidad es que la Iglesia no solo se transmite desde dentro. También se interpreta desde fuera. Y cada vez más, esa interpretación externa cobra peso, no por oposición ideológica, sino por simple necesidad de comprensión.
La iluminación del pueblo ya no brota exclusivamente desde dentro de la institución, sino que llega desde fuera, a menudo a través de los medios de comunicación, como si la verdad necesitara permiso externo para abrirse paso en la propia casa.