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Benito Méndez, entre fe y razón: la necesidad de una teología humilde y en diálogo

En una época dominada por las respuestas apresuradas y la polarización, la voz de Benito Méndez emerge como un oasis de serenidad: una invitación luminosa a conciliar el rigor de la razón con la belleza de la fe a través de una teología humilde, inculturada y profundamente humana.

Benito Méndez | ROBERTO MARIN

Recientemente, la página de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol ha sacado a la luz una extensa y pausada entrevista con el profesor y sacerdote Benito Méndez Fernández. El texto constituye un testimonio de indudable hondura intelectual y compromiso pastoral.

A lo largo de la conversación se transparenta con nitidez no solo la trayectoria académica de un pensador riguroso —a las puertas de su jubilación tras décadas de docencia en el Instituto Teológico Compostelano—, sino la semblanza de un teólogo que ha sabido escuchar las complejas transformaciones de la sociedad actual sin renunciar a las raíces del Evangelio. Su figura se alza como un referente silencioso pero firme, de esos que no buscan el protagonismo mediático y, sin embargo, dejan una huella profunda en el entramado eclesial y cultural en el que se insertan.

Desde el inicio de su reflexión, se percibe con absoluta claridad cuál ha sido el eje vertebrador de su vida académica y ministerial: dar a conocer y explicar el profundo cambio mental que supuso el Concilio Vaticano II en la forma de pensar la Iglesia a la luz de la Palabra de Dios. Para Benito Méndez, el acontecimiento conciliar no se reduce a una simple reforma organizativa. Se trata de una auténtica conversión de la mirada, una renovación interior constante.

El teólogo Benito Méndez
Desde el inicio de su reflexión, se percibe con absoluta claridad cuál ha sido el eje vertebrador de su vida académica y ministerial: dar a conocer y explicar el profundo cambio mental que supuso el Concilio Vaticano II en la forma de pensar la Iglesia a la luz de la Palabra de Dios. Para Benito Méndez, el acontecimiento conciliar no se reduce a una simple reforma organizativa. Se trata de una auténtica conversión de la mirada, una renovación interior constante.

En este horizonte, su labor docente se revela como una auténtica vocación: formar personas capaces de pensar la fe con rigor metodológico, libertad interior y sentido eclesial, alejándose por igual del dogmatismo estéril y del relativismo cultural.

Uno de los aspectos centrales de la entrevista radica en su insistencia en que la teología contemporánea ha de caracterizarse por la humildad y el diálogo. Lejos de la época medieval donde se la consideraba la ciencia suprema, reconoce que hoy la teología está llamada a hacerse creíble mediante el encuentro transparente con las demás ciencias, aportando las razones de la fe sin pretender imponerse.

Inspirado en la Fides et Ratio y en la concordia entre fe y razón, recuerda que no puede haber dos verdades contrapuestas. Debe aportar la riqueza de la revelación cristiana sin avasallar, buscando una comprensión global del ser humano. Esta actitud remite a la lógica misma del Evangelio: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

En su planteamiento resuena la convicción de que la fe debe estar encarnada en la realidad concreta, defendiendo una armonía lúcida entre fe, razón y cultura. Advierte de que la ruptura entre el Evangelio y la cultura moderna es el gran drama de nuestra época, haciendo peligrar el lenguaje de la fe al volverlo anacrónico. Por ello, defiende la urgencia de reconstruir puentes mediante el diálogo —al estilo del «Atrio de los Gentiles» que proponía Benedicto XVI—.

En el fondo, se reconoce que Cristo ilumina la totalidad del enigma humano: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12).

Asimismo, la aportación de Benito Méndez no se agota en las aulas; su preocupación por la vida concreta de las comunidades eclesiales es constante. Advierte con lucidez que, sin una sólida formación teológica, la acción pastoral corre el riesgo inminente de empobrecerse y quedar desorientada.

Ecumenismo
Especial relevancia adquiere su dedicación a la eclesiología, al ecumenismo y a la divulgación cultural. Su concepción de la Iglesia como una comunión de Iglesias locales abiertas a la universalidad proyecta una visión profundamente católica y dinámica. En un entorno marcado por la fragmentación, su apuesta por la unidad de los cristianos surge como una urgencia espiritual y pastoral: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).

La misión de la Iglesia no puede verse reducida a una encomiable labor asistencial, por más valor que esta posea. Su identidad radica en anunciar la salvación y acompañar a la persona en la búsqueda de sentido: «Id y haced discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19).

Especial relevancia adquiere su dedicación a la eclesiología, al ecumenismo y a la divulgación cultural. Su concepción de la Iglesia como una comunión de Iglesias locales abiertas a la universalidad proyecta una visión profundamente católica y dinámica. En un entorno marcado por la fragmentación, su apuesta por la unidad de los cristianos surge como una urgencia espiritual y pastoral: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).

En el plano personal, Benito define la labor sacerdotal con una expresión de hondo calado: ser «cuidador de almas». La frase sintetiza el ministerio como una entrega amorosa, cercana y misericordiosa hacia quienes buscan respuesta a sus vidas: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6,36).

Por último, su apego a la Iglesia local y su impulso a la investigación histórica a través del anuario Estudios Mindonienses reafirman una intuición fundamental: la universalidad de la fe se encarna en lo concreto, en la memoria y la cultura de cada pueblo.

Benito Méndez
En su planteamiento resuena la convicción de que la fe debe estar encarnada en la realidad concreta, defendiendo una armonía lúcida entre fe, razón y cultura. Advierte de que la ruptura entre el Evangelio y la cultura moderna es el gran drama de nuestra época, haciendo peligrar el lenguaje de la fe al volverlo anacrónico. Por ello, defiende la urgencia de reconstruir puentes mediante el diálogo —al estilo del «Atrio de los Gentiles» que proponía Benedicto XVI

En este horizonte, la trayectoria de Benito Méndez emerge como un faro de coherencia, entrega incondicional y rectitud espiritual, de esos que dignifican el sacerdocio y elevan el nivel del pensamiento eclesial. Su magisterio no se limita a la lección académica, sino que se transforma en testimonio vivo, en un constante ejemplo de abnegación donde la brillantez intelectual jamás eclipsa la ternura del pastor.

Posee esa rara cualidad de los sabios genuinos: la capacidad de hacer comprensibles las verdades más profundas con una naturalidad desarmante y una paciencia infinita. Su vida entera habla de un amor apasionado por la Iglesia y de un respeto reverente hacia la libertad de cada ser humano, convirtiéndolo en un maestro insustituible y en un regalo impagable para la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol.

Su voz transmite una paz que reconforta y una luz que guía en tiempos de incertidumbre, recordando a todos que la verdadera teología es aquella que, nacida del estudio y de la oración, culmina en el servicio humilde a los demás.

En definitiva, su testimonio ofrece una brillante síntesis entre sabiduría, humildad y caridad que enseña que pensar a Dios es, ante todo, aprender a vivir en Él: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32) y «Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,23).

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