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Cavar fosas y pedir el voto: el método Tellado con bendición de Feijóo

Cuando la dirección de campaña se confía a quien propuso «cavar la fosa», la moderación deja de ser un proyecto político para convertirse en una impostura insostenible.

Miguel Tellado y Feijóo
Miguel Tellado y Feijóo

Hay decisiones políticas que dicen mucho más de lo que sus protagonistas imaginan. Alberto Núñez Feijóo ha confiado a Miguel Tellado la dirección de la campaña electoral del Partido Popular, una elección que invita a reflexionar sobre el lenguaje político, la responsabilidad pública y la idea de democracia que representa un partido que aspira a gobernar España.

Tellado es el dirigente que habló de «cavar la fosa de este Gobierno». Algunos podrán presentar la expresión como una metáfora electoral; otros entendemos que determinadas palabras merecen algo más que una justificación apresurada. La política democrática consiste en derrotar las ideas del adversario, no en convertir su desaparición en una imagen de victoria.

En España, donde todavía hay miles de familias que buscan a sus seres queridos desaparecidos durante la represión franquista, las referencias a fosas y enterramientos no son expresiones completamente inocentes. Tienen una carga histórica y humana que cualquier responsable público debería comprender. No se trata de impedir la crítica ni de exigir discursos edulcorados, sino de recordar que la contundencia no consiste en humillar, ni la valentía en provocar, ni la oposición en tratar al adversario como un enemigo.

Tellado
Tellado
Cuando un dirigente queda asociado a un lenguaje que alimenta la confrontación y después recibe una responsabilidad de primer orden, resulta difícil interpretar el nombramiento como una apuesta inequívoca por la no moderación.

Por eso, cabe preguntarse si Miguel Tellado no debería asumir responsabilidades por unas declaraciones que han suscitado una profunda polémica. A mi juicio, si no está dispuesto a reconocer su desafortunado alcance, rectificar y ofrecer disculpas, debería plantearse seriamente la dimisión. La responsabilidad política no consiste únicamente en responder por los resultados electorales, sino también por las palabras que se pronuncian desde una posición de poder.

Feijóo, sin embargo, ha decidido confiarle la dirección de la campaña. La elección es legítima, por supuesto, pero también permite preguntarse qué mensaje transmite. Cuando un dirigente queda asociado a un lenguaje que alimenta la confrontación y después recibe una responsabilidad de primer orden, resulta difícil interpretar el nombramiento como una apuesta inequívoca por la no moderación.

A esta escena se añade otra paradoja relacionada con Correos. Feijóo ha expresado confianza en los carteros y en el personal de la empresa, mientras que sus palabras sobre los directivos han suscitado interrogantes. Si los trabajadores merecen confianza, pero quienes los dirigen quedan bajo sospecha, ¿qué conclusión debe extraer el ciudadano? ¿Son los empleados quienes sostienen la organización a pesar de sus responsables?

No sería justo atribuirle una confesión que no ha hecho. Sin embargo, cuando se elogia al personal y se cuestiona a la dirección, surge inevitablemente la pregunta sobre la calidad de la gestión directiva. Y cuando quien establece esa distinción ha ocupado responsabilidades de dirección, la ironía está servida: sus palabras invitan a examinar también su propia trayectoria.

¡Qué extraordinario descubrimiento para la teoría de la organización! Los trabajadores son excelentes, los responsables directivos parecen sospechosos y, entretanto, Feijóo confía la dirección de su campaña electoral a Miguel Tellado, pese a la polémica provocada por sus declaraciones sobre «cavar la fosa de este Gobierno».

Miguel Tellado.
Miguel Tellado.
El adversario democrático no es alguien a quien enterrar, sino un ciudadano al que hay que convencer con argumentos y, llegado el momento, derrotar en las urnas.

Una lección de coherencia digna de estudio: se cuestiona a los directivos cuando conviene, se confía en ellos cuando interesa y se premia la confrontación cuando llega la hora de hacer campaña. La paradoja es evidente: cuando se habla de la responsabilidad de los demás, la exigencia parece máxima; cuando se trata de elegir a los propios colaboradores, el criterio parece ser otro.

La buena política, desde Aristóteles hasta los grandes pensadores de la democracia contemporánea, ha defendido que el poder y la oposición deben orientarse al bien común, no a la destrucción del adversario. La tradición democrática y la doctrina social de la Iglesia coinciden en una exigencia fundamental: la política debe estar al servicio de la dignidad humana y del bien común. Desde la encíclica Fratelli tutti, del papa Francisco, hasta la reflexión clásica sobre la responsabilidad moral, se nos recuerda que el adversario no deja de ser una persona cuya dignidad merece respeto por el hecho de pensar de manera diferente. La discrepancia es consustancial a la democracia; el desprecio, en cambio, la empobrece. Quien ejerce una responsabilidad pública tiene, por tanto, una obligación que va más allá de ganar elecciones: debe cuidar sus palabras, favorecer la convivencia y recordar que ninguna victoria política justifica sacrificar la fraternidad ni convertir al prójimo en enemigo.

Bien común
Bien común
La tradición democrática y la doctrina social de la Iglesia coinciden en una exigencia fundamental: la política debe estar al servicio de la dignidad humana y del bien común. Desde la encíclica Fratelli tutti, del papa Francisco, hasta la reflexión clásica sobre la responsabilidad moral, se nos recuerda que el adversario no deja de ser una persona cuya dignidad merece respeto por el hecho de pensar de manera diferente.

España necesita dirigentes que hablen de vivienda, sanidad, educación, salarios y oportunidades, y que ofrezcan soluciones concretas. Necesita una oposición firme, pero también responsable; capaz de denunciar errores sin degradar el debate público. El adversario democrático no es alguien a quien enterrar, sino un ciudadano al que hay que convencer con argumentos y, llegado el momento, derrotar en las urnas.

Feijóo tiene derecho a elegir a sus colaboradores, y los ciudadanos tenemos derecho a valorar lo que esas decisiones significan. Tellado puede defender sus posiciones, pero también debe responder por sus declaraciones. La dimisión, la rectificación y la disculpa no deberían entenderse como signos de debilidad, sino como expresiones de responsabilidad democrática.

Al final, la cuestión no es solamente quién dirige una campaña, sino qué modelo de política se pretende representar. Una democracia madura necesita dirigentes capaces de construir argumentos, no de cavar fosas metafóricas; de tender puentes, no de levantar trincheras. Porque la política no consiste en enterrar al adversario, sino en convencer a los ciudadanos. Y confundir ambas cosas revela un problema que va mucho más allá de una frase desafortunada: afecta a la calidad de nuestra convivencia democrática.

Joaquim Bosch
Joaquim Bosch

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