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Entre el César y el Evangelio: la obscenidad del poder frente a la verdad cristiana

Llamar “débil” a quien defiende la paz no es valentía: es una peligrosa inversión del Evangelio.

Y el silencio de muchos creyentes ante este abuso del poder empieza a ser parte del problema.

Donald Trump ataca al Papa

En tiempos de polarización extrema, hay episodios que dejan de ser simples controversias para convertirse en escándalos morales de primer orden. El enfrentamiento entre Donald Trump y el Vaticano, con ataques directos al Papa León XIV, no es una anécdota política: es la expresión descarnada de un poder que se cree con derecho a despreciar cualquier voz que le recuerde sus límites.

Y esos límites existen. No los marca una ideología, sino el propio Evangelio.

Para un sector creciente del mundo evangélico, lo ocurrido no es tolerable. Porque aquí no se discute estrategia ni diplomacia, sino algo esencial: si la fe está al servicio del poder o si el poder debe rendir cuentas ante la fe. Cuando un líder político ridiculiza a quien predica la paz, no está mostrando fortaleza: está exhibiendo una peligrosa forma de soberbia.

El Papa León XIV ha respondido con una firmeza que incomoda precisamente porque no entra en el juego de la provocación. Ha recordado lo que debería ser obvio para cualquier cristiano: la paz no es debilidad, es mandato. “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5,9). No hay reinterpretación posible que convierta esa frase en un aval para la amenaza, la destrucción o la escalada bélica.

Papa León XIV implora paz para el mundo. Captura de pantalla
El Papa León XIV ha respondido con una firmeza que incomoda precisamente porque no entra en el juego de la provocación. Ha recordado lo que debería ser obvio para cualquier cristiano: la paz no es debilidad, es mandato.

Sin embargo, el discurso político que hoy se impone en determinados sectores va en dirección contraria. Se habla con ligereza de guerras, de castigos ejemplares, de arrasar países enteros. Y mientras tanto, las consecuencias reales —subida del precio del petróleo, encarecimiento de los alimentos, inestabilidad global— las pagan siempre los mismos: los más vulnerables. Es decir, aquellos a quienes el Evangelio sitúa en el centro.

Aquí es donde la contradicción se vuelve insoportable. Se pide a los creyentes que apoyen a estos liderazgos en nombre de los “valores cristianos”, mientras esos mismos liderazgos desprecian abiertamente a quienes encarnan una ética de la paz. No es solo incoherencia: es instrumentalización de la fe.

En España, esta lógica no solo se observa: se reproduce con preocupante normalidad. Santiago Abascal no ha ocultado su sintonía con Trump, pero el problema no es la simpatía personal, sino el modelo que representa: una política basada en la confrontación permanente, en la simplificación del enemigo y en la utilización del cristianismo como bandera identitaria vacía. No hay nada evangélico en convertir la fe en arma arrojadiza.

Donald Trump y Ayuso
Incluso Alberto Núñez Feijóo ha llegado a criticar abiertamente a Pedro Sánchez por no facilitar el uso de bases estadounidenses en España, alineándose de facto con una lógica de subordinación estratégica que coloca los intereses geopolíticos por encima de cualquier consideración ética o humanitaria. No es una matización menor: es asumir que la prioridad no es evitar la escalada, sino no incomodar al poder militar. Y, sin embargo, el Evangelio es claro y no deja margen a la ambigüedad: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Marcos 8,36).

A esto se suma el papel de Isabel Díaz Ayuso, cuyo gesto de conceder la Medalla Internacional de la Comunidad de Madrid a Estados Unidos —agradecido oficialmente por el propio Gobierno estadounidense como un “amable gesto”— no puede interpretarse como mera cortesía institucional. En un contexto de tensión global, este tipo de reconocimientos contribuyen a blanquear y normalizar una forma de poder que desprecia las advertencias morales cuando resultan incómodas.

Pero esta deriva tiene raíces más profundas. Conviene no olvidar que José María Aznar implicó a España en la guerra de Irak sobre la base de unas supuestas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Aquella decisión no solo fue políticamente cuestionable: fue moralmente devastadora. Y lo más grave es que jamás hubo una petición de perdón. Ni por la mentira, ni por el daño causado, ni por haber subordinado la verdad a intereses geopolíticos.

Aznar
Conviene no olvidar que José María Aznar implicó a España en la guerra de Irak sobre la base de unas supuestas armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Aquella decisión no solo fue políticamente cuestionable: fue moralmente devastadora. Y lo más grave es que jamás hubo una petición de perdón. Ni por la mentira, ni por el daño causado, ni por haber subordinado la verdad a intereses geopolíticos.

Incluso Alberto Núñez Feijóo ha llegado a criticar abiertamente a Pedro Sánchez por no facilitar el uso de bases estadounidenses en España, alineándose de facto con una lógica de subordinación estratégica que coloca los intereses geopolíticos por encima de cualquier consideración ética o humanitaria. No es una matización menor: es asumir que la prioridad no es evitar la escalada, sino no incomodar al poder militar. Y, sin embargo, el Evangelio es claro y no deja margen a la ambigüedad: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Marcos 8,36).

Ese es el núcleo del problema.

Porque cuando la Iglesia —también la evangélica— guarda silencio ante estos excesos, no está siendo prudente: está renunciando a su misión. El cristianismo no nació para legitimar imperios, sino para cuestionarlos cuando se apartan de la justicia. Cada vez que se calla ante la arrogancia del poder, se pierde un poco más de autoridad moral.

El Papa León XIV ha sido claro: la Iglesia no puede ser leída en clave partidista. Su función no es agradar, sino recordar. Recordar que la dignidad humana no es negociable. Que la paz no es opcional. Que la verdad no puede sacrificarse en el altar de la conveniencia.

Este conflicto no obliga a elegir entre derecha o izquierda. Obliga a elegir entre Evangelio o poder. Entre una fe que incomoda o una fe que se arrodilla.

Y aquí no caben medias tintas.

Porque mientras algunos juegan a la geopolítica y al enfrentamiento, el mundo real sufre sus consecuencias: familias que no llegan a fin de mes, países empobrecidos por conflictos ajenos, sociedades cada vez más fracturadas.Ese es el precio de una política sin conciencia.

En definitiva, lo que está en juego no es la reputación de un Papa ni la retórica de un líder. Es algo mucho más grave: la posibilidad de que el cristianismo deje de ser una voz profética para convertirse en un instrumento del poder.

Y si eso ocurre, no será culpa del César.

¡Será culpa de quienes, pudiendo hablar, decidieron callar!

Donald Trump rodeado de pastores evangélicos orando por él

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