Chelo Carballal Balsa: una vida gastada en la caridad que hace visible a Dios
Desde una mirada creyente, la vida de Chelo Carballal Balsa confirma que Dios sigue actuando hoy. No a través de grandes estrategias, sino mediante personas buenas, disponibles, capaces de asumir la fatiga histórica sin perder la ternura. Dios se deja ver en vidas así.
En un tiempo saturado de mensajes y propaganda, se echan en falta testigos. Personas cuya vida hable por sí sola. Hombres y mujeres que no se limiten a proclamar valores cristianos, sino que los encarnen con naturalidad, aceptando la fatiga que eso implica. Chelo Carballal Balsa es uno de esos testimonios silenciosos que demuestra que el cristianismo sigue vivo cuando se ejerce como servicio.
Hay trayectorias que no se comprenden desde la ambición ni el éxito, sino desde la vocación. La de Chelo es una de ellas. Su apellido, Carballal —lugar de robles— describe su manera de estar en el mundo: raíces profundas, resistencia serena y capacidad de ofrecer sombra. Nunca buscó destacar; eligió permanecer. ¡Nunca quiso brillar; prefirió acompañar!
Enfermera desde 1981, psicóloga desde 1988, con formación avanzada en salud mental, drogodependencias, psicodrama, gestión clínica y docencia universitaria, Chelo podría definirse por su currículum. Pero eso sería quedarse en la superficie. Lo decisivo es que todo lo que sabe, lo pone al servicio de los demás. Su conocimiento siempre ha tenido un fin: aliviar, sostener y dignificar a las personas más frágiles.
Desde sus primeros años en urgencias y servicios ambulatorios hasta su dedicación plena a la salud mental, Chelo comprendió que trabajar por Dios y por los demás no es cómodo. Trae complicaciones, incomprensiones y cansancio, a menudo silencioso. Pero también produce una alegría profunda que no depende del reconocimiento. En las adversidades, las intenciones se purifican y se aprende a trabajar no por uno mismo, sino por amor.
Quien la ha visto en unidades de psiquiatría sabe que nunca trató diagnósticos, sino personas. Personas heridas, desorientadas, muchas veces olvidadas. Como el buen samaritano del Evangelio, Chelo se detuvo una y otra vez ante el dolor ajeno. Porque el prójimo no se elige: se encuentra, y entonces ya no se puede mirar hacia otro lado.
Ese modo de vivir no se limita al ámbito profesional. Hace poco, la madrugada del día de Navidad, a las cuatro de la mañana, Chelo se ofreció para llevar al aeropuerto a una mujer migrante procedente de América Latina, sola, sin familia, a cientos de kilómetros de Galicia. Chelo sabe —y lo repite— que muchas de estas personas no son solo migrantes, sino auténticas sobrevivientes. No era un gesto urgente ni visible. Nadie lo iba a contar. Simplemente hacía falta. Y ella estuvo. Lo hizo, además, conviviendo con sus propios problemas de salud, sin convertirlos en excusa. Ese gesto resume lo que significa vivir el Evangelio: “Tuve necesidad, y estuviste allí”.
Su paso por la gestión sanitaria —culminando como primera enfermera en coordinar la Enfermería del Programa de Salud Mental del Servicio Gallego de Salud— no fue una excepción, sino su prolongación natural. Ejercer responsabilidad sin perder el alma, liderar sin dejar de servir. Introdujo mejoras técnicas y organizativas, pero, sobre todo, humanizó estructuras, demostrando que la excelencia profesional solo tiene sentido cuando se sostiene sobre principios y respeto a la dignidad humana.
Chelo nunca entendió su trabajo como algo propio. En sintonía con san Pablo, sabía que “no es que seamos capaces de pensar algo como propio nuestro; nuestra capacidad viene de Dios” (2 Cor 3,5). Jamás se atribuyó logros. Siempre supo que lo importante no era ella, sino la tarea. Esa conciencia libera: permite trabajar con humildad, aceptar el fracaso y seguir adelante sin endurecer el corazón.
Desde una mirada creyente, la vida de Chelo Carballal Balsa confirma que Dios sigue actuando hoy.
Su vida demuestra que nada hay tan valioso como gastar la propia vida en servicio de Dios y de los demás. Gastarla, no administrarla. Dar tiempo, escucha y presencia. Acompañar procesos largos, estar cuando nadie más está, sostener sin exigir. Nunca pedir nada a cambio. Esa es la caridad auténtica, la que no busca aplauso ni rentabilidad.
Su compromiso comunitario —en asociaciones de salud mental, escuelas de familias, proyectos culturales y de radio comunitaria— nace de la misma raíz. Chelo cree que la fe no puede vivirse al margen de la realidad concreta. Cristianizar la vida diaria no significa imponer, sino servir mejor; no dominar, sino cuidar. Crear espacios de palabra, memoria y encuentro es también una forma de Evangelio vivo.
Especialmente significativa es su atención a la memoria. En las horas discretas del sosiego, cuando no hay resultados inmediatos ni aplausos, Chelo ha vuelto una y otra vez a mirar el mundo como propiedad de Dios, incluso cuando duele. De esas horas surgen las decisiones más auténticas. Ahí se juega el futuro del cristianismo: en la fidelidad silenciosa, no en la propaganda.
Su vida interpela también a quienes hoy deciden sobre su futuro, su trabajo y su vocación. Porque ser cristiano implica preguntarse si el Señor no pide una dedicación más fuerte, más servicial, más valiente. No necesariamente dejando la profesión, sino viviéndola como misión. Escuchar, como en el Evangelio, el lamento de Jesús ante la multitud desorientada: “Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies” (Mt 9,38).
Desde una mirada creyente, la vida de Chelo Carballal Balsa confirma que Dios sigue actuando hoy. No a través de grandes estrategias, sino mediante personas buenas, disponibles, capaces de asumir la fatiga histórica sin perder la ternura. Dios se deja ver en vidas así.
Quienes la conocen destacan su serenidad, coherencia y fidelidad en los momentos difíciles. Nunca estuvo ausente cuando hizo falta. Nunca dejó sola a una persona en su noche. Y eso, hoy, es un signo poderoso.
Hablar de Chelo es hablar de la buena gente, de quienes sostienen el mundo desde abajo. Es recordar que la caridad no es una idea piadosa, sino una práctica exigente; que la fe no se proclama, se vive; y que todavía hay esperanza porque existen testigos.
Gracias, Chelo Carballal Balsa, por tu vida gastada en el servicio, por tu fidelidad silenciosa y por tu entrega sin condiciones. Gracias por mostrarnos que trabajar por Dios y por los demás, aun con dificultades, es fuente de una alegría honda y verdadera. Ojalá tu testimonio anime a muchos a escuchar la llamada y a recorrer ese mismo camino de caridad, servicio y fe hecha vida.