Cuando la “claridad doctrinal” se convierte en poder: una crítica necesaria al cardenal Müller
“No sea así entre vosotros” (Mt 20,26). Toda autoridad que se legitima a sí misma sin referencia al servicio contradice directamente al Nazareno.
Las recientes declaraciones del cardenal Gerhard Müller, ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, vuelven a evidenciar una concepción de Iglesia centrada en el control, la jerarquía sacralizada y el miedo a la participación, presentada retóricamente como defensa de la verdad y de la Tradición. Sin embargo, bajo esa apelación a la “claridad doctrinal” se percibe una deriva autoritaria que corre el riesgo de traicionar el Evangelio que quiere custodiar.
Müller insiste en que la Iglesia no es una democracia, afirmación que, en sentido estricto, es correcta: la Iglesia no nace de un contrato social ni se funda en la voluntad de las mayorías. Su origen es teológico, no político. Pero el problema no está ahí. El problema surge cuando esta verdad se utiliza como coartada ideológica para justificar una Iglesia vertical, clericalizada y poco evangélica, donde la autoridad se ejerce como dominio y no como servicio.
Que la Iglesia no sea una democracia liberal no significa que deba funcionar como una monarquía absolutista sacralizada. Esa identificación entre autoridad y poder vertical no procede del Evangelio, sino de una asimilación histórica de modelos imperiales que la Iglesia ha heredado y posteriormente teologizado. Jesús no fundó una estructura de poder, sino una comunidad fraterna, y fue explícito: “No sea así entre vosotros” (Mt 20,26). Toda autoridad que se legitima a sí misma sin referencia al servicio contradice directamente al Nazareno.
La sinodalidad, que Müller observa con recelo, no es un invento sociológico ni una amenaza al depósito de la fe. Es, en realidad, una recuperación tardía de una intuición evangélica y conciliar: que el Espíritu Santo no habla solo a través de una élite clerical, sino através todo el Pueblo de Dios. Reducir la sinodalidad a un riesgo de confusión es confundir unidad con uniformidad y comunión con obediencia ciega.
Aquí resulta decisivo el Vaticano II, sistemáticamente invocado y a la vez neutralizado. El Concilio definió a la Iglesia, antes que como jerarquía, como Pueblo de Dios (Lumen Gentium, cap. II). Esto no es una fórmula piadosa, sino un cambio estructural de sujeto eclesial. La Iglesia no es primero la jerarquía que enseña y luego los fieles que obedecen; es una comunidad de bautizados donde todos participan, de modo diverso, de la misión de Cristo.
Uno de los aspectos más revolucionarios —y más incómodos— de esta eclesiología es la recuperación del sacerdocio común de los fieles. El Concilio afirma con claridad que todos los bautizados participan del sacerdocio de Cristo, retomando directamente la Escritura: “Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real” (1 Pe 2,9). Esto significa algo muy concreto: no existe una casta sagrada que monopolice la mediación con Dios. Todo bautizado es sujeto activo de la fe, de la misión y del discernimiento eclesial.
Sin embargo, en la práctica, este sacerdocio bautismal ha sido vaciado de contenido real, mientras el poder efectivo sigue concentrado en el clero. Se proclama la igualdad fundamental, pero se mantiene una estructura profundamente desigual. Así, el sacerdocio ministerial —que debería estar al servicio del sacerdocio común— se convierte en un estamento superior, con prerrogativas que poco tienen que ver con el Evangelio.
Cuando Müller defiende con vehemencia la distinción jerárquica sin insistir con la misma fuerza en su carácter servicial, refuerza una eclesiología clerical que el propio Vaticano II quiso superar. El ministerio ordenado no existe para dominar, sino para animar, coordinar y acompañar. Cuando se absolutiza su diferencia ontológica y se silencia su finalidad pastoral, la Iglesia se aleja peligrosamente del estilo de Jesús.
Más preocupante aún es su diagnóstico de la crisis eclesial como un problema casi exclusivamente doctrinal. Esta lectura es profundamente reduccionista. La Iglesia no pierde credibilidad porque algunos cuestionen formulaciones dogmáticas, sino porque muchos creyentes experimentan una institución que no libera, sino que somete; que no escucha, sino que impone. La crisis no es solo de ideas, sino de prácticas, de poder y de humanidad.
El fundamentalismo teológico que se esconde bajo el discurso de la seguridad doctrinal genera guetos eclesiales, búnkeres ideológicos desde los cuales se observa el mundo con desconfianza. Desde ahí, algunos se perciben como guardianes exclusivos de la verdad, convencidos de que deben salvar el honor de Dios incluso contra la historia y contra las personas. Pero un Dios que necesita ser defendido a costa de la libertad humana no es el Dios de Jesús.
Cuando la verdad se decreta en lugar de proponerse, cuando la fe exige la renuncia a la razón, cuando la obediencia suplanta al discernimiento, el Evangelio se convierte en anti-evangelio: mala noticia del miedo, de la culpa y del control. No se puede ordenar la verdad, tampoco la religiosa. La verdad cristiana solo puede ser acogida libremente, en diálogo con la razón y la experiencia vital.
La apelación constante de Müller a la Tradición corre, además, el riesgo de convertirla en un objeto estático. La Tradición no es repetición, sino transmisión viva. Negar su dimensión histórica es empobrecerla. Aferrarse a formulaciones pasadas como si fueran intocables no es fidelidad, sino miedo al Espíritu, que sigue actuando más allá de nuestros esquemas.
En este contexto, no se puede eludir una cuestión profundamente simbólica y reveladora: la sacralización de la apariencia clerical. Jesús advirtió explícitamente contra los fariseos y doctores de la ley que “gustaban de pasearse con largos mantos” y buscaban reconocimiento público a través de signos externos de prestigio religioso (Mc 12,38). No era una observación estética, sino una denuncia frontal del uso de lo sagrado como instrumento de vanidad y poder.
Desde esta perspectiva, el teólogo Eugen Drewermann plantea una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿qué relación real existe entre la cercanía radical de Jesús a la gente sencilla y la persistencia de una indumentaria clerical extravagante, convertida en signo visible de estatus, autoridad y separación frente al resto de los bautizados? ¿Qué imagen de Dios se transmite cuando el vestido religioso funciona como marca de superioridad simbólica y no como expresión de servicio?
El fundamentalismo teológico que se esconde bajo el discurso de la seguridad doctrinal genera guetos eclesiales, búnkeres ideológicos desde los cuales se observa el mundo con desconfianza.
La cuestión adquiere un cariz aún más crítico si se recuerda el gesto fundacional de san Francisco de Asís. Como subraya Drewermann, hace unos ochocientos años Francisco se despojó públicamente de las ropas elegantes que le había regalado su padre para vestirse como un campesino, rompiendo conscientemente con toda lógica de honor, prestigio y poder religioso. Aquel gesto no fue romanticismo espiritual, sino una acusación profética contra la vanidad sacralizada.
Por eso, advierte Drewermann, convertir hoy esa renuncia en su contrario, transformando el hábito o la vestimenta clerical en signo distintivo de dignidad superior, no es una simple incoherencia histórica, sino una tergiversación monstruosa del Evangelio. Lo que nació como signo de pobreza y cercanía se ha convertido en emblema de autoridad, presunción y separación, revelando hasta qué punto el ser humano es capaz de pervertir incluso las intuiciones más simples y evangélicas de los santos.
Este fenómeno no es anecdótico ni superficial. Es profundamente teológico. Cuando el hábito deja de ser signo de humildad y se transforma en insignia de poder, se produce una desacralización de lo sagrado: la fe ya no remite a Dios, sino al estatus del que la ostenta. La religión deja de humanizar y empieza a oprimir simbólicamente.
En definitiva, el discurso del cardenal Müller promete seguridad, pero al precio de la libertad; defiende la verdad, pero olvida el amor; protege la institución, pero desatiende a las personas. Y cuando la Iglesia olvida que el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado, deja de ser sacramento de salvación para convertirse en sistema de dominación religiosa.
Tal vez, como sugiere Drewermann, la crisis más profunda de la Iglesia no sea doctrinal ni organizativa, sino evangélica. Y la pregunta decisiva no sea cómo preservar la autoridad, sino esta: ¿qué queda hoy del Jesús que denunció a los religiosos amantes de los mantos largos y eligió el camino del despojo, la cercanía y la libertad?
Mientras esa pregunta no sea tomada en serio, toda apelación a la “claridad doctrinal” seguirá corriendo el riesgo de convertirse en justificación religiosa de aquello que el propio Jesús denunció con mayor severidad.