Cristo murió por todos: una verdad que no admite recortes

El cambio de “por todos” a “por muchos” en la liturgia sigue sembrando desconcierto entre los fieles. Y, sin embargo, el núcleo del Evangelio permanece intacto: Cristo murió por todos, sin excepción.

Crucificado
Crucificado

En el corazón de la fe cristiana hay una afirmación tan sencilla como decisiva: Cristo murió por todos. No por unos pocos, no por un grupo selecto, no por una élite espiritual, sino por la totalidad de la humanidad. Esta convicción, profundamente arraigada en la Sagrada Escritura y sostenida por la tradición de la Iglesia, constituye uno de los pilares del mensaje evangélico. Sin embargo, el uso del “por muchos” en la consagración del vino dentro del Misal sigue generando, años después de su introducción, perplejidad y debate entre numerosos sacerdotes y fieles.

No se trata de una reacción superficial. En el lenguaje cotidiano, decir que algo es “por muchos” parece implicar que no es “por todos”. Y esa percepción, legítima desde el punto de vista lingüístico, provoca una pregunta directa: ¿acaso Cristo no murió por toda la humanidad? La respuesta que ofrece el Nuevo Testamento es clara, insistente y sin matices restrictivos: Cristo murió por todos.

Cristo Murió por todos
Cristo Murió por todos
Entonces, ¿por qué la liturgia conserva la expresión “por muchos”? La explicación habitual remite al trasfondo semítico del lenguaje bíblico. En ese contexto, el término “muchos” (polloi) no se opone necesariamente a “todos”, sino que puede incluirlo. Es una manera de subrayar la multitud sin establecer límites numéricos. También en el Antiguo Testamento encontramos este uso: los “muchos pueblos” que acuden a Jerusalén representan, en realidad, a todas las naciones; los “muchos” que resucitan en el libro de Daniel aluden al conjunto de la humanidad.

San Pablo lo expresa con una contundencia difícil de relativizar. Al comparar la obra de Adán con la de Cristo, utiliza en un primer momento el término “muchos”, pero inmediatamente aclara el sentido universal de lo que está diciendo: “como en Adán todos mueren, así en Cristo todos serán vivificados” (1 Cor 15,22). La misma lógica aparece en la carta a los Romanos, donde el pecado de uno alcanza a todos, y la gracia de Cristo se derrama también sobre todos (cf. Rom 5,18). Y aún más explícitamente: “Cristo murió por todos” (2 Cor 5,14-15). La carta a los hebreos, por su parte, afirma que Jesús “gustó la muerte por todos” (cf. Heb 2,9). No hay margen para interpretaciones excluyentes.

El alcance universal de la redención forma parte del núcleo de la fe cristiana. Cristo, como nuevo Adán, asume la condición humana en su totalidad para redimirla en su totalidad. No hay ser humano fuera del horizonte de su entrega. No hay vida que quede al margen de su amor.

Entonces, ¿por qué la liturgia conserva la expresión “por muchos”? La explicación habitual remite al trasfondo semítico del lenguaje bíblico. En ese contexto, el término “muchos” (polloi) no se opone necesariamente a “todos”, sino que puede incluirlo. Es una manera de subrayar la multitud sin establecer límites numéricos. También en el Antiguo Testamento encontramos este uso: los “muchos pueblos” que acuden a Jerusalén representan, en realidad, a todas las naciones; los “muchos” que resucitan en el libro de Daniel aluden al conjunto de la humanidad.

Desde el punto de vista exegético, por tanto, la expresión tiene pleno sentido. Pero la cuestión no es solo filológica, sino también pastoral. El lenguaje no se recibe hoy como se recibía hace siglos, y eso afecta directamente a la comprensión de la liturgia. Para un creyente contemporáneo, “muchos” no suena como sinónimo de “todos”, sino como una limitación. Y ahí es donde surge la dificultad.

Cristo resucitó para la salvación de todos.
Cristo resucitó para la salvación de todos.
San Pablo lo expresa con una contundencia difícil de relativizar. Al comparar la obra de Adán con la de Cristo, utiliza en un primer momento el término “muchos”, pero inmediatamente aclara el sentido universal de lo que está diciendo: “como en Adán todos mueren, así en Cristo todos serán vivificados”

La liturgia no es un tratado de especialistas, sino la celebración viva de la fe de un pueblo. Su lenguaje debe ser fiel a la tradición, pero también inteligible, capaz de comunicar sin equívocos el contenido que expresa. Cuando una fórmula, aun siendo correcta en su origen, deja de transmitir con claridad su significado, se abre una tensión que no puede ignorarse.

Porque lo que se juega en esta cuestión es la percepción del alcance de la salvación cristiana. Si el creyente percibe —aunque sea de forma implícita— que la entrega de Cristo no es universal, el mensaje pierde fuerza, amplitud y belleza. La buena noticia deja de sonar verdaderamente universal.

En un contexto cultural en el que muchos hombres y mujeres se sienten ya de por sí fuera o lejos de la Iglesia, cualquier elemento que pueda interpretarse como excluyente merece una reflexión seria. No se trata de rebajar el contenido de la fe, sino de expresarlo de modo que pueda ser comprendido en toda su riqueza.

Además, afirmar que Cristo murió por todos no es solo una cuestión doctrinal. Tiene consecuencias muy concretas para la vida cristiana. Si Cristo murió por todos, entonces todos poseen una dignidad inviolable. Nadie puede ser considerado irrelevante, descartable o ajeno. Esta convicción está en la base de la ética cristiana, del compromiso con los más débiles, de la defensa de la vida en todas sus formas.

en la cruz hay esperanza
en la cruz hay esperanza
Además, afirmar que Cristo murió por todos no es solo una cuestión doctrinal. Tiene consecuencias muy concretas para la vida cristiana. Si Cristo murió por todos, entonces todos poseen una dignidad inviolable. Nadie puede ser considerado irrelevante, descartable o ajeno.

La universalidad de la redención es también el fundamento de la misión. La Iglesia anuncia el Evangelio a todos porque Cristo ha entregado su vida por todos. No hay destinatarios privilegiados ni excluidos. El mensaje es para todos, sin excepción.

Por eso, más allá de los argumentos técnicos que explican el origen de la expresión “por muchos”, resulta legítimo cuestionar si hoy sigue siendo la forma más adecuada de expresar litúrgicamente esta verdad central. La fidelidad a la tradición no consiste solo en repetir fórmulas, sino también en asegurar que transmiten con claridad aquello que la Iglesia cree.

En definitiva, Cristo murió por todos. Esta es la verdad que sostiene la esperanza cristiana, que impulsa la misión y que da sentido a la fe. Una verdad que merece ser proclamada con toda su fuerza, también en el lenguaje de la liturgia, para que nadie pueda sentirse fuera del abrazo de Dios.

Porque en esa universalidad se revela el rostro más auténtico del Evangelio: un Dios que no excluye, que no selecciona, que no limita su amor, sino que lo ofrece y lo abre sin medida a toda la humanidad.

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