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Cuba en vilo: el precio del poder, el hambre y el miedo en nombre de la libertad

Cuba no es geopolítica: es gente viviendo al límite mientras otros deciden por ellos.

Detrás de cada sanción y cada discurso hay miedo, hambre y familias que no saben qué pasará mañana.

Pobreza en Cuba
Pobreza en Cuba

Hay discursos que se repiten tanto que acaban disfrazándose de verdad. Pero cuando uno mira de cerca, cuando escucha el temblor en la voz de quien tiene a su familia lejos, cuando siente el peso de la incertidumbre que no deja dormir, entiende que detrás de ciertas políticas no hay abstracciones económicas, sino vidas concretas sostenidas al borde del abismo.

Cuba no es una cifra, ni un tablero geopolítico. Es un país donde los ancianos necesitan medicamentos que normalmente no llegan, donde los hospitales funcionan bajo presión constante, y donde cada carencia tiene rostro. Reducir esa realidad únicamente al “bloqueo” o únicamente a la gestión interna sería simplificar un problema complejo, pero negar el impacto de décadas de sanciones tampoco es honesto. Las restricciones financieras, comerciales y tecnológicas dificultan el acceso a suministros esenciales, encarecen operaciones básicas y limitan la capacidad de respuesta ante la crisis.

Mientras tanto, en el exterior, hay cubanos que viven en una tensión silenciosa. No aparecen en titulares, pero existen. Personas que miran las noticias con miedo, que llaman a sus familias con ansiedad, que imaginan escenarios que ojalá nunca ocurran. No duermen bien. No descansan. El temor a una escalada, a una intervención, a un empeoramiento repentino, es real, aunque a veces se minimice desde la distancia cómoda de los análisis políticos. Pero quedarse ahí sería no entender la magnitud real de lo que sienten.

Familias cubanas separadas
Familias cubanas separadas
Hay quienes llaman todos los días, incluso varias veces, no por rutina, sino por puro instinto de supervivencia emocional. Para comprobar que siguen vivos. Para escuchar una voz que diga “todo está bien” aunque no lo esté del todo. Hay quienes no duermen, literalmente. Que pasan noches enteras en vela siguiendo noticias, interpretando rumores, intentando anticipar lo que puede venir. Esa tensión constante desgasta, rompe por dentro, deja a las personas al límite.

Porque lo que viven muchos cubanos fuera de la isla no es solo preocupación: es una angustia constante que se instala en la vida diaria. Es levantarse con la incertidumbre de si la próxima noticia será la peor. Es vivir con el teléfono como una extensión del cuerpo, esperando una llamada que nadie quiere recibir. Es imaginar una y otra vez escenarios de ruptura, de conflicto, de pérdida, donde sus familias quedan atrapadas en medio de decisiones ajenas. No es teoría política: es miedo humano en estado puro.

Hay quienes llaman todos los días, incluso varias veces, no por rutina, sino por puro instinto de supervivencia emocional. Para comprobar que siguen vivos. Para escuchar una voz que diga “todo está bien” aunque no lo esté del todo. Hay quienes no duermen, literalmente. Que pasan noches enteras en vela siguiendo noticias, interpretando rumores, intentando anticipar lo que puede venir. Esa tensión constante desgasta, rompe por dentro, deja a las personas al límite.

Y mientras tanto, desde lejos, se habla de estrategias, de presiones, de intereses. Como si fueran conceptos abstractos. Pero no lo son. Cada decisión política tiene consecuencias humanas directas, y en este caso se traducen en miedo, en dolor y en una incertidumbre que no debería ser aceptable en ningún lugar del mundo.

En paralelo, se construye un relato donde ciertas figuras políticas se presentan como salvadores. Donald Trump ha sido uno de los mayores exponentes de esa narrativa. Su discurso de fuerza, de imposición y de dominio no solo simplifica conflictos complejos: los convierte en escenarios donde la empatía desaparece y la confrontación se convierte en norma. No es casualidad que haya dirigido ataques y descalificaciones incluso hacia referentes morales globales como el papa León XIV, evidenciando una forma de ejercer el poder basada en el choque, el desprecio al disenso y la necesidad constante de imponerse. Cuando el lenguaje político se construye desde la agresividad, el resultado no se queda en las palabras: se traslada a decisiones que afectan directamente a poblaciones enteras.

Durante su administración, las sanciones hacia Cuba se endurecieron significativamente. Más restricciones, menos margen de maniobra, mayor presión económica. ¿El resultado? No fue una transformación política inmediata, sino un incremento del sufrimiento cotidiano para la población. Esa es la realidad incómoda que rara vez se menciona en los discursos épicos.

Trump quiere tomar Cuba. Captura de pantalla
Trump quiere tomar Cuba. Captura de pantalla
Cuando el lenguaje político se construye desde la agresividad, el resultado no se queda en las palabras: se traslada a decisiones que afectan directamente a poblaciones enteras. Durante su administración, las sanciones hacia Cuba se endurecieron significativamente.

Y, sin embargo, hay quienes aún creen que desde fuera llegará una solución milagrosa. Algunos cubanos, como ha ocurrido también en otros países, miran a líderes como Donald Trump pensando que será quien “arregle” la situación, quien imponga un cambio rápido, quien traiga prosperidad desde el exterior. Pero esa idea parte de una premisa peligrosa: confundir intereses geopolíticos con solidaridad real.

Porque cuando se analiza con frialdad, la pregunta es inevitable: ¿cuándo una potencia ha intervenido en otro país pensando primero en su gente y no en sus propios intereses? Pensar que el bienestar del pueblo cubano está en el centro de esas decisiones es, como mínimo, ingenuo. Lo que suele venir después no es justicia social, sino modelos económicos que agrandan las diferencias, que concentran la riqueza y que dejan a una parte importante de la población aún más expuesta.

No hay más que mirar hacia dentro de Estados Unidos. Un país con enormes recursos, pero donde el acceso a la sanidad sigue siendo desigual, donde millones de personas tienen dificultades para pagar tratamientos o medicamentos, donde enfermar puede convertirse en un problema económico grave. Ese es el modelo que algunos presentan como referencia, como solución, como destino deseable.

Y esa lógica no es ajena a lo que ocurre más cerca. En España, también se pueden ver las consecuencias de determinadas políticas cuando se aplican sin priorizar lo público. En territorios donde gobierna el Partido Popular, la sanidad pública ha sufrido un deterioro evidente, mientras se ha favorecido el crecimiento de la privada. En la Comunidad de Madrid y Comunidad andaluza, bajo el liderazgo de Isabel Díaz Ayuso y Juanma Moreno, las listas de espera se han convertido en una realidad frustrante para miles de personas, obligadas en muchos casos a buscar alternativas fuera del sistema público.

Y en Galicia, durante los años de gestión de Alberto Núñez Feijóo, también se tomaron decisiones que contribuyeron a tensionar la sanidad pública, generando críticas de profesionales y usuarios. No es un fenómeno aislado: es un modelo que, cuando se repite, deja un patrón claro.

Sanidad  para ricos
Sanidad para ricos
En España, también se pueden ver las consecuencias de determinadas políticas cuando se aplican sin priorizar lo público. En territorios donde gobierna el Partido Popular, la sanidad pública ha sufrido un deterioro evidente, mientras se ha favorecido el crecimiento de la privada.

Por eso, pensar que ese mismo enfoque, trasladado a un país como Cuba, va a traducirse en bienestar general es no entender lo que está en juego. No se trata de rescatar a un pueblo, sino de reconfigurar un sistema en función de intereses que rara vez coinciden con los de la mayoría.

Y mientras se construyen esos relatos de salvación, la realidad sigue siendo la misma: familias separadas por la incertidumbre, personas que no duermen, que viven pendientes de una llamada, de una noticia, de un giro que puede cambiarlo todo.

Porque al final, más allá de ideologías y discursos, hay una verdad que no debería olvidarse: los pueblos no necesitan ser salvados desde fuera, necesitan poder decidir su destino sin presiones, sin amenazas y sin convertirse en peones sacrificables dentro del juego que las grandes potencias controlan.

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