D. Fernando García Cadiñanos en Lourdes: la gracia que desinstala y envía

Una homilía en Lourdes que no invita a quedarse, sino a volver distintos.

Cuando la fe deja de ser refugio y se convierte en camino que incomoda y transforma.

Fernado García Cadiñanos
Fernado García Cadiñanos

Hay palabras que se pronuncian en un lugar concreto y, sin embargo, desbordan ese espacio. La homilía de D. Fernando García Cadiñanos en la gruta de Lourdes tiene algo de eso: nace en un santuario, pero apunta directamente a la vida. Y quizá su mayor acierto esté en recordarnos que la fe cristiana no es un refugio espiritual, sino una llamada que incomoda, desinstala y envía.

El episodio del profeta Amós resulta especialmente revelador. Amasías, el sacerdote del orden establecido, representa una religión tranquila, funcional, sin sobresaltos. En el fondo, una religión que no molesta. Por eso le dice al profeta, con palabras que hoy suenan demasiado cercanas: vete, no perturbes, no alteres nuestra paz. Es la tentación permanente de domesticar a Dios, de reducirlo a lo que encaja en nuestros esquemas. Frente a eso, Amós no reivindica méritos ni formación: simplemente confiesa una experiencia. “El Señor me tomó… y me dijo: ve y profetiza” (cf. Am 7,15). Ahí está el núcleo: Dios irrumpe, llama y envía, sin pedir permiso a nuestras seguridades.

La homilía acierta al señalar que también nosotros preferimos, muchas veces, no escuchar a los profetas. No porque no existan, sino porque su palabra cuestiona nuestro modo de vivir. En este sentido, el Evangelio no es un mensaje tranquilizador, sino profundamente transformador. Jesús no vino a legitimar lo que ya somos, sino a abrirnos a lo que podemos llegar a ser: “Convertíos y creed en la Buena Noticia” (Mc 1,15). Y esa conversión implica un cambio real, concreto, cotidiano. No basta con un cristianismo edulcorado o de costumbre; se trata de dejar que la vida sea tocada en su raíz.

Peregrinación en Lourdes.
Peregrinación en Lourdes.
Hay palabras que se pronuncian en un lugar concreto y, sin embargo, desbordan ese espacio. La homilía de D. Fernando García Cadiñanos en la gruta de Lourdes tiene algo de eso: nace en un santuario, pero apunta directamente a la vida. Y quizá su mayor acierto esté en recordarnos que la fe cristiana no es un refugio espiritual, sino una llamada que incomoda, desinstala y envía.

Hay una intuición muy fecunda en presentar Lourdes como un “oasis”. Lo es, sin duda. Pero el riesgo de todo oasis es querer quedarse. Y ahí la homilía introduce una corrección decisiva: la experiencia de Dios no es para retenerla, sino para compartirla. No estamos llamados a instalarnos en la emoción de lo vivido, sino a dejarnos transformar por ello. Como en el relato evangélico, el encuentro con Jesús no termina en la contemplación, sino en el movimiento: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9,6). La fe auténtica siempre conduce de vuelta a la vida.

La escena del paralítico es especialmente elocuente. No aparece como un héroe de la fe, ni siquiera como alguien que pide. Son otros quienes lo llevan. La fe, aquí, es comunitaria, solidaria, compartida. Y eso interpela directamente a la Iglesia: o es comunidad que sostiene y acerca, o pierde su sentido más profundo. En un mundo atravesado por tantas fragilidades, la tarea quizá no sea convencer, sino acompañar y cargar con los otros, hacer posible el encuentro.

Jesús, sin embargo, rompe las expectativas. Antes de curar el cuerpo, ofrece el perdón: “Ánimo, hijo, tus pecados quedan perdonados” (Mt 9,2). Este gesto descoloca entonces y sigue descolocando hoy. Porque revela que la verdadera parálisis no es solo física. Hay bloqueos más hondos: culpas, miedos, heridas interiores, falta de sentido. Y es ahí donde Jesús actúa primero. El perdón no es un premio ni un trámite religioso; es una experiencia radical de gratuidad, de ser acogido sin condiciones.

La homilía subraya con acierto que ese es el primer milagro. Y no es una afirmación menor. En un contexto donde muchas veces se espera lo extraordinario, se recuerda que lo decisivo es lo invisible: una vida reconciliada, una dignidad recuperada, una esperanza que vuelve a nacer. No siempre se cura el cuerpo, pero sí puede sanarse el corazón. Y eso transforma la existencia de raíz.

Las tres palabras finales de Jesús trazan un camino profundamente humano y espiritual. Levantarse es dejar de vivir postrado, no solo físicamente, sino interiormente. Es recuperar la propia condición de hijo, de persona capaz de caminar. Tomar la camilla significa asumir la propia historia, con sus límites y heridas, sin negarla ni quedar atrapado en ella. Y volver a casa es quizá lo más exigente: regresar a lo cotidiano con una mirada nueva, dejando que lo vivido se traduzca en gestos concretos.

La Autoridad de Jesús
La Autoridad de Jesús
Jesús, sin embargo, rompe las expectativas. Antes de curar el cuerpo, ofrece el perdón: “Ánimo, hijo, tus pecados quedan perdonados” (Mt 9,2). Este gesto descoloca entonces y sigue descolocando hoy. Porque revela que la verdadera parálisis no es solo física. Hay bloqueos más hondos: culpas, miedos, heridas interiores, falta de sentido. Y es ahí donde Jesús actúa primero. El perdón no es un premio ni un trámite religioso; es una experiencia radical de gratuidad, de ser acogido sin condiciones.

Aquí la homilía acierta especialmente al insistir en el retorno a la “tierra”, a la vida concreta, incluso a esa Galicia evocada con cercanía. Porque el cristianismo no es evasión ni espiritualismo desencarnado. Es, en su raíz, una fe que se hace vida en lo cotidiano, en la familia, en el trabajo, en las relaciones. Como dice el prólogo de Juan, “la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). Y esa carne es nuestra historia real.

La referencia a María y a Bernardita introduce una dimensión sencilla pero profundamente evangélica. No se trata de una religiosidad cerrada, sino de una mediación que apunta siempre a Jesús. María no retiene para sí, sino que conduce. Es figura de una fe que no domina, sino que acompaña; que no impone, sino que cuida. En ella se transparenta ese Dios que Jesús anunció: cercano, compasivo, sanador.

En conjunto, la homilía de D. Fernando García Cadiñanos tiene el valor de lo esencial. Sin artificios, recuerda algo que nunca debería olvidarse: la fe cristiana no es instalación, sino camino; no es privilegio, sino envío; no es refugio, sino apertura a los otros. Y lo hace con un lenguaje cercano, capaz de conectar la experiencia de un santuario con la vida real de quienes escuchan.

Tal vez por eso deja una pregunta abierta, que es también una invitación: ¿qué hacemos con lo vivido? Porque, al final, no se trata de haber estado en Lourdes, sino de dejar que Lourdes suceda en nosotros al volver. Y eso solo ocurre cuando, como el paralítico del Evangelio, nos atrevemos a levantarnos y a caminar.

Peregrinación en Lourdes
Peregrinación en Lourdes

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