Don Fernando García Cadiñanos: el Evangelio vivido sin privilegios
Cuando un obispo sube a un autobús con enfermos rumbo a Lourdes, el Evangelio deja de ser discurso y se vuelve camino.
En la sencillez que no busca foco, la Iglesia recuerda dónde empieza de verdad su credibilidad.
El 1 de julio de 2021, Fernando García Cadiñanos fue nombrado obispo por el Papa Francisco para la diócesis de Mondoñedo-Ferrol. Hoy, en el aniversario de aquel envío, no celebramos simplemente una fecha: reconocemos un estilo de ser pastor que hunde sus raíces en lo más genuino del Evangelio.
Porque hay biografías que se explican con palabras, y otras que se comprenden desde los gestos. Don Fernando pertenece a estas últimas. No tiene chófer, no vive desde la distancia, no se reviste de privilegios. Su agenda es exigente, intensa, cargada de encuentros, responsabilidades y tareas pastorales. Y, sin embargo, en medio de ese ritmo, mantiene una cercanía real, palpable, cotidiana.
Hoy mismo ofrece una imagen que lo dice todo: peregrina a Lourdes en autobús, como uno más, junto a enfermos de su diócesis. Sin protagonismos, sin comodidades especiales. Compartiendo camino, tiempo y vida con quienes más necesitan consuelo y esperanza. Ahí está el Evangelio hecho carne.
Porque hay biografías que se explican con palabras, y otras que se comprenden desde los gestos. Don Fernando pertenece a estas últimas. No tiene chófer, no vive desde la distancia, no se reviste de privilegios. Su agenda es exigente, intensa, cargada de encuentros, responsabilidades y tareas pastorales. Y, sin embargo, en medio de ese ritmo, mantiene una cercanía real, palpable, cotidiana.
Porque el cristianismo no es un discurso, sino una forma de vivir. Y Jesús lo dejó claro desde el principio: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). Ese es el criterio que mide toda autoridad en la Iglesia. Y es ahí donde la vida de don Fernando adquiere su verdadero significado.
En este horizonte, su figura encuentra un eco profundo en San Ambrosio. Nacido hacia el año 339, Ambrosio fue un hombre de responsabilidad pública antes de ser obispo. Gobernador en Milán, en una de las capitales del Imperio romano de Occidente, ni siquiera estaba bautizado cuando fue elegido pastor por el pueblo. Aquel catecúmeno, aún en proceso de iniciación cristiana, se convirtió sin embargo en una de las voces más firmes y lúcidas de su tiempo.
Fue un defensor incansable de los pobres y de los excluidos, y no dudó en enfrentarse a las injusticias sociales con valentía evangélica. En un contexto de hambruna, cuando en Roma se decidió expulsar a los extranjeros para preservar recursos, Ambrosio alzó la voz con una claridad que atraviesa los siglos. Denunció aquella decisión sin matices, recordando que la verdadera humanidad se mide en el trato al más vulnerable.
Sus palabras siguen resonando hoy con una fuerza impresionante: “No se puede aprobar a los que proscriben a los extranjeros en Roma, expulsarlos en este tiempo en que hay que ayudarlos, rechazar las comunidades de vida que han comenzado. Las bestias salvajes no arrojan fuera a las bestias salvajes”. Una afirmación que no solo denuncia, sino que desenmascara la incoherencia de una sociedad que se dice civilizada mientras excluye al débil.
Ambrosio no solo predicó: también acompañó, formó y transformó vidas. Fue él quien bautizó a Agustín de Hipona, uno de los grandes pensadores del cristianismo, mostrando así que su influencia no se limitaba a lo social, sino que alcanzaba lo más profundo de la vida espiritual.
También hoy escuchamos discursos que señalan al migrante como amenaza, que lo presentan como carga o problema. Frente a ello, el Evangelio responde sin ambigüedades: «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). Y añade con rotundidad: «Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo» (Mt 25,45).
No hay fe cristiana posible sin acogida, sin fraternidad, sin apertura al otro. No se trata de ideología, sino de fidelidad al Evangelio. Don Fernando, con su manera de vivir y de pastorear, nos recuerda precisamente eso: que la Iglesia está llamada a ser casa para todos, especialmente para los últimos.
Su sencillez no es superficial. Es profundamente evangélica. Es la sencillez de quien sabe que lo importante no es ocupar un lugar, sino estar al lado de las personas. De quien comprende que la autoridad no se impone, sino que se gana desde la cercanía y el servicio.
Aquí emerge una cuestión esencial: la coherencia. Porque la vida cristiana no puede dividirse entre lo que se celebra y lo que se vive. La Eucaristía, centro de la fe, no admite fracturas. San Pablo lo advierte con claridad: «Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condena» (1 Cor 11,29).
Comulgar implica asumir la lógica de Cristo: partirse, entregarse, compartir. No es un gesto aislado, sino una forma de vida. Por eso, resulta imposible acercarse al altar y, al mismo tiempo, permanecer indiferente ante el dolor del hermano, especialmente del más vulnerable.
Comulgar implica asumir la lógica de Cristo: partirse, entregarse, compartir. No es un gesto aislado, sino una forma de vida. Por eso, resulta imposible acercarse al altar y, al mismo tiempo, permanecer indiferente ante el dolor del hermano, especialmente del más vulnerable.
La Eucaristía nos abre los ojos. Nos enseña a mirar la realidad con compasión. Nos empuja a actuar. Como cuando Jesús dice ante la multitud: «Dadles vosotros de comer» (Mc 6,37). No es una sugerencia: es una llamada directa al compromiso.
Vivimos tiempos marcados por la división, la polarización y el individualismo. Las palabras hieren, los vínculos se debilitan, la indiferencia se normaliza. También dentro de la Iglesia experimentamos dificultades para caminar juntos, para construir unidad, para vivir la sinodalidad.
Pero precisamente ahí es donde el testimonio se vuelve imprescindible. Frente al ruido, la vida coherente habla con más fuerza que cualquier discurso. Y la de don Fernando lo hace.
Su forma de estar —sin chófer, con una agenda intensa, cercano, accesible, peregrino entre peregrinos— no es un detalle menor. Es una señal. Es un recordatorio de que otra manera de ser Iglesia es posible. Más humana, más sencilla, más evangélica.
Su forma de estar —sin chófer, con una agenda intensa, cercano, accesible, peregrino entre peregrinos— no es un detalle menor. Es una señal. Es un recordatorio de que otra manera de ser Iglesia es posible. Más humana, más sencilla, más evangélica.
Como San Ambrosio en su tiempo, su autoridad no proviene del cargo, sino de la coherencia. De su capacidad para situarse junto a los que sufren. De su valentía para recordar, con hechos, que el Evangelio no excluye a nadie.
Mondoñedo-Ferrol ha tenido una gran suerte. Pero no solo esa diócesis: toda la Iglesia necesita referentes así, que nos devuelvan a lo esencial.
Porque al final, todo se resume en aquellas palabras de Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35).
Y hoy, en ese camino, don Fernando sigue avanzando. Sin ruido. Sin privilegios. Simplemente, siendo pastor.