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El espejo quieto: Valdoviño, el mar y el lugar donde el alma respira

Un paseo por la laguna de Valdoviño abre una reflexión sobre la paz interior, la naturaleza y la presencia de Dios en lo cotidiano.

Puesta de sol en Valdoviño

Hay paseos que no son solo paseos, sino una forma de volver a uno mismo. Caminar junto a la laguna de Valdoviño, con el rumor constante del Atlántico al fondo, tiene algo de rito íntimo, de conversación silenciosa con lo esencial. El sendero avanza sin imponerse, como si entendiera que cada paso necesita su tiempo, y el aire —mezcla de sal, humedad y horizonte— parece limpiar por dentro lo que ni siquiera sabíamos que estaba cargado.

Aquella tarde no caminaba solo. Me acompañaba un amigo, y entre los dos compartíamos ese silencio cómodo que no necesita llenarse de palabras. No hacía falta hablar para entender que algo en aquel paisaje nos estaba ordenando por dentro. El cielo se abría en una claridad serena, sin estridencias, y el agua de la laguna, casi inmóvil, recogía la luz con una delicadeza que invitaba a detenerse. Fue entonces cuando él, tras quedarse mirando el mar durante unos segundos, me hizo una pregunta sencilla y profunda: “¿Qué tendrá el mar, ¿qué tendrá esta agua, que se siente como una medicina?”

La pregunta quedó flotando entre nosotros, como si también formara parte del paisaje. Podrían darse respuestas desde la ciencia —el sonido rítmico de las olas que calma el sistema nervioso, la brisa marina que favorece el bienestar, la amplitud del horizonte que ayuda a relativizar las preocupaciones—, y, sin embargo, todas ellas resultan incompletas si no se añade algo más hondo: el mar nos relaja porque nos devuelve a una medida más verdadera de nosotros mismos. Frente a su inmensidad, lo urgente pierde intensidad, lo que parecía desbordarnos se vuelve más pequeño, y algo dentro de nosotros deja de tensarse, como si recordara que no todo depende de nuestro esfuerzo.

Mar
“¿Qué tendrá el mar, ¿qué tendrá esta agua, que se siente como una medicina?”

Seguimos caminando después de aquella pregunta, pero ya no de la misma manera, porque algo pedía ser comprendido con más profundidad. Fue entonces cuando la respuesta empezó a dibujarse en la superficie de la laguna. El agua, completamente quieta, actuaba como un espejo en el que el sol se reflejaba con una claridad casi perfecta: entero, luminoso, sin deformaciones. Aquella imagen no era solo bella, sino también reveladora, porque sugería una comparación inevitable: nuestra alma se parece mucho a esa superficie de agua. Cuando está en calma, refleja con fidelidad la luz que recibe; cuando se agita, aunque sea levemente, todo se fragmenta, y lo que antes era una imagen nítida se convierte en un conjunto de destellos dispersos.

De este modo, no es que lo esencial desaparezca cuando estamos inquietos, ni que Dios se aleje de nosotros —porque, como recuerda la Escritura, Él permanece fiel incluso cuando nosotros no lo somos—, sino que nuestra capacidad de percibir su presencia depende en gran medida de nuestro estado interior. Vivimos, sin embargo, en una constante agitación: pensamientos que se encadenan, preocupaciones que no descansan, estímulos que nos mantienen en una tensión continua. Hemos aprendido a vivir así, como si fuera inevitable, pero esa forma de estar tiene un coste: dificulta que podamos ver con claridad. Un alma agitada, como un agua removida, no puede reflejar con nitidez aquello que tiene delante.

Por eso, la calma no es un adorno ni un lujo reservado a unos pocos, sino una condición para la vida espiritual. En este sentido, resulta especialmente significativa la escena del profeta Elías en el Horeb, cuando buscó al Señor en el viento fuerte, en el terremoto y en el fuego, sin encontrarlo, hasta descubrir que Dios se hacía presente en el susurro de una brisa suave. Esta imagen no es solo bella, sino profundamente reveladora: Dios no suele irrumpir en el ruido, sino que se deja encontrar en la quietud, en ese espacio interior donde el alma deja de agitarse y comienza a escuchar.

Aprender a serenarse no implica retirarse del mundo, sino habitarlo de otra manera. Lejos de ser una forma de debilidad, la paz es una auténtica fortaleza, como afirma el salmo: el Señor bendice a su pueblo con la paz. Esa paz permite mantenerse entero en medio de lo cambiante, sin romperse ni dispersarse. La tradición espiritual ha llamado a esto “abandono”, no como descuido, sino como confianza: dejar de luchar contra aquello que no depende de nosotros, sin dejar de cuidar aquello que sí está en nuestras manos. Es una actitud exigente y serena a la vez, en la que el alma se dispone para que la gracia actúe con libertad.

Laguna reflejando las nubes
Nuestra alma se parece mucho a esa superficie de agua. Cuando está en calma, refleja con fidelidad la luz que recibe; cuando se agita, aunque sea levemente, todo se fragmenta, y lo que antes era una imagen nítida se convierte en un conjunto de destellos dispersos.

Cuando una persona alcanza, aunque sea de manera imperfecta, ese grado de serenidad, algo en su entorno también cambia. La paz no se queda encerrada en lo interior, sino que se transmite de forma casi imperceptible. Su manera de estar ofrece espacio, suaviza tensiones y permite que otros también se serenen. Algo parecido a lo que ocurre al detenerse frente a la laguna de Valdoviño, cuya simple presencia basta para que quien la contempla sienta que algo se ordena por dentro.

Al final del paseo, la pregunta de mi amigo seguía acompañándonos, aunque ya no exigía una respuesta cerrada. Tal vez porque hay preguntas que cumplen mejor su función cuando permanecen abiertas. Con todo, algo parecía claro: el mar nos relaja no solo por lo que hace en nosotros, sino por lo que nos permite dejar de hacer. Nos invita a soltar, a confiar —como quien se abandona en manos de Dios—, a dejar de sostener tensiones innecesarias y, en ese gesto, a reencontrarnos con una calma que no hay que fabricar, porque ya existe.

Como la superficie de la laguna cuando el viento cesa, nuestra vida interior también puede volverse un lugar donde la luz se refleje sin distorsión. Y quizá esa sea una de las intuiciones más sencillas y más profundas que podemos conservar de ese paseo: no necesitamos añadir más cosas para encontrar a Dios, sino aprender a aquietar aquello que nos impide reconocerlo. Porque, cuando el alma se serena, lo que parecía lejano se vuelve cercano, y lo que creíamos oculto aparece, con una claridad humilde y luminosa, como el sol reflejado en el agua en calma.

Laguna de Valdoviño.

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