El Evangelio de la Agenda: cuando el dolor de las víctimas estorba en la visita del Papa

Una visita papal debería ser, ante todo, un gesto de encuentro. Sin embargo, hay silencios que pesan más que cualquier palabra pronunciada.

Cuando quienes han sufrido abusos quedan fuera del marco principal, lo que se pone en juego no es la agenda, sino la credibilidad de toda una institución.

Juan Cuatrescas, portavoz de la Asociación Nacional Infancia Robada
Juan Cuatrescas, portavoz de la Asociación Nacional Infancia Robada

Hay frases que no solo informan: delatan una forma de entender el mundo. Decir que el Papa León XIV no puede reunirse con víctimas de abusos sexuales en España porque “el tiempo es limitado”, que hay “mil grupos presionando” y que “hay que dejarle dormir por lo menos”, no es una simple cuestión de logística. Es una declaración involuntaria sobre qué pesa más en la balanza de una institución: el descanso del poder o el dolor de las víctimas.

Las palabras del cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, intentan enmarcar la situación en términos de agenda y prudencia. Pero lo que revelan, más allá de la intención, es una profunda asimetría moral. Porque no hablamos de un encuentro más en una lista apretada de compromisos. Hablamos de personas que han sufrido abusos en el seno de la propia Iglesia y que llevan años reclamando algo elemental: ser escuchadas.

La Asociación Nacional Infancia Robada (ANIR) ha expresado su frustración con una crudeza que no nace del resentimiento, sino del desgaste acumulado: “Nos tratan como a un despojo”. Esa frase no es una exageración retórica. Es la síntesis de una experiencia prolongada de silencio, desplazamiento y espera. Primero, el abuso. Después, el olvido. Y finalmente, la sensación de ser un problema incómodo en lugar de una herida que debe ser reconocida.

Mientras tanto, la visita papal avanza entre dispositivos de seguridad, reuniones institucionales y una agenda cuidadosamente diseñada. Se movilizan recursos, se organizan encuentros políticos, se cuida cada gesto público. Pero en ese orden perfectamente planificado, las víctimas aparecen como un elemento difícil de encajar, casi disruptivo. No porque sobren, sino porque interpelan demasiado directamente a la conciencia de la institución.

Mientras tanto, la visita papal avanza entre dispositivos de seguridad, reuniones institucionales y una agenda cuidadosamente diseñada. Se movilizan recursos, se organizan encuentros políticos, se cuida cada gesto público. Pero en ese orden perfectamente planificado, las víctimas aparecen como un elemento difícil de encajar, casi disruptivo. No porque sobren, sino porque interpelan demasiado directamente a la conciencia de la institución.

Desde algunos sectores eclesiales se insiste en que el Papa ya se ha reunido con víctimas en Roma, que su interés es conocido, que el tiempo es limitado y que existen múltiples demandas. Todo ello puede ser cierto en términos organizativos. Pero el problema no es la existencia de una agenda, sino el significado de lo que queda fuera de ella. Porque lo que no entra en la agenda no desaparece: simplemente se relega a un segundo plano de urgencia.

Y ahí se produce la fractura. Para una víctima, el tiempo no es una variable administrativa. Es una prolongación del daño o una posibilidad de reparación. Cada aplazamiento, cada silencio, cada derivación burocrática no es neutra: es una forma de decir “todavía no”, o peor aún, “no ahora, quizá nunca”.

Victimas de abusos en España
Victimas de abusos en España
La Asociación Nacional Infancia Robada (ANIR) ha expresado su frustración con una crudeza que no nace del resentimiento, sino del desgaste acumulado: “Nos tratan como a un despojo”. Esa frase no es una exageración retórica. Es la síntesis de una experiencia prolongada de silencio, desplazamiento y espera. Primero, el abuso. Después, el olvido. Y finalmente, la sensación de ser un problema incómodo en lugar de una herida que debe ser reconocida.

Resulta difícil conciliar esa realidad con el mensaje evangélico que la propia Iglesia proclama. Porque el núcleo del cristianismo no se articula en torno a la eficiencia institucional, sino en torno a la centralidad del sufrimiento humano. Y, sin embargo, la percepción de muchos afectados es que la lógica organizativa ha terminado por desplazar, al menos en parte, la lógica evangélica.

El problema no es solo esta visita concreta, sino lo que simboliza. Cuando las víctimas se ven obligadas a protestar ante las puertas de la Nunciatura Apostólica para ser escuchadas, la escena adquiere un sentido casi invertido al esperado: quienes deberían ocupar el centro del reconocimiento quedan relegados a la periferia de la protesta, mientras quienes encarnan la autoridad moral aparecen protegidos por la densidad del protocolo.

No se trata de negar los esfuerzos realizados dentro de la Iglesia ni de ignorar la complejidad de una institución global. Pero sí de señalar una tensión que se repite: la distancia entre el discurso del cuidado y la práctica de la gestión. Entre la proclamación del acompañamiento y la experiencia del aplazamiento.

En ese vacío, el lenguaje se vuelve revelador. Hablar de “mil grupos”, de “falta de tiempo” o de “necesidad de descanso” puede ser comprensible desde la lógica organizativa. Pero su efecto simbólico es otro: transmite que el sufrimiento puede esperar, que no tiene prioridad estructural, que compite en una lista donde rara vez ocupa el primer lugar.

La Iglesia se enfrenta así a una paradoja incómoda. Su credibilidad depende en gran medida de su capacidad de encarnar compasión, escucha y reparación. Pero cada episodio en el que las víctimas quedan fuera del marco visible de la visita erosiona esa credibilidad. No necesariamente por mala voluntad explícita, sino por lo que comunica en términos humanos.

Y esa es quizá la herida más profunda: la sensación de no ser prioritario en la institución que, en teoría, debería haber sido refugio.

La Iglesia se enfrenta así a una paradoja incómoda. Su credibilidad depende en gran medida de su capacidad de encarnar compasión, escucha y reparación. Pero cada episodio en el que las víctimas quedan fuera del marco visible de la visita erosiona esa credibilidad. No necesariamente por mala voluntad explícita, sino por lo que comunica en términos humanos.

Si el Papa abandona España sin un gesto claro hacia estas víctimas, el debate no se cerrará con explicaciones de agenda. Quedará abierto en un nivel más profundo: el de la coherencia entre lo que se predica y lo que se prioriza.

Porque al final, más allá de discursos y estructuras, lo que permanece es una pregunta sencilla y difícil a la vez: ¿qué pesa más en la práctica: el tiempo del poder o el tiempo del dolor?

Y esa respuesta, aunque no siempre se diga, siempre se entiende.

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