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El Evangelio no cabe en las fronteras del odio

Mientras Vox convierte al inmigrante en enemigo y alimenta el miedo como arma política, el Evangelio recuerda que el extranjero también es nuestro prójimo. Detrás de las fronteras, los bulos y las disputas de poder, lo que está en juego es nuestra propia humanidad.

Vox y los emigrantes
Vox y los emigrantes

Hay discursos políticos que se envuelven en banderas, invocan la seguridad nacional y aseguran defender nuestras raíces, pero que, cuando se enfrentan al sufrimiento humano, olvidan la lección más elemental del cristianismo: el prójimo no es una amenaza, sino alguien a quien estamos llamados a reconocer, proteger y amar. Cuando Vox y otros sectores de la extrema derecha convierten al extranjero en un enemigo, no solo alimentan la xenofobia: ponen a prueba la coherencia moral de una sociedad que todavía presume de sus raíces cristianas.

Las reflexiones de Fernando García Cadiñanos, obispo de Mondoñedo-Ferrol y responsable de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana, ofrecen una perspectiva bien distinta. En una entrevista publicada en El País, el prelado advierte de una cultura del miedo hacia la inmigración y señala las injusticias económicas, las relaciones comerciales y los juegos de poder que se encuentran detrás de muchos desplazamientos humanos. Su mirada no se detiene en la frontera: se dirige también a las causas que obligan a tantas personas a abandonar sus hogares.

Fernando García Cadiñanos
Fernando García Cadiñanos
No se puede invocar el cristianismo para defender tradiciones y, al mismo tiempo, desentenderse de la suerte del extranjero. La fe no es una bandera partidista ni una coartada para la exclusión. El papa Francisco insistió repetidamente en la necesidad de construir una cultura del encuentro y combatir la indiferencia ante quienes se ven obligados a migrar.

Mientras discursos políticos como el de Vox hacen del extranjero una amenaza, García Cadiñanos propone mirar a la persona, comprender las causas de la migración y desmontar los prejuicios mediante el encuentro. Esta es la diferencia fundamental entre utilizar el sufrimiento como instrumento electoral y abordarlo desde una responsabilidad ética y evangélica.

La crítica a Vox no significa negar los problemas que plantea la gestión migratoria. Los Estados tienen derecho a organizar sus fronteras, establecer normas y favorecer una integración real. El propio obispo defiende la necesidad de conjugar el derecho a no emigrar, el derecho a migrar por vías legales y seguras y la capacidad de los países para gestionar los flujos migratorios. Pero una cosa es debatir sobre políticas públicas y otra muy distinta atribuir colectivamente a los inmigrantes la delincuencia, la inseguridad o la degradación social. El miedo puede proporcionar réditos políticos inmediatos; no por ello constituye una respuesta justa ni eficaz.

A esa estrategia contribuyen los bulos difundidos en las redes sociales, donde determinados propagandistas convierten sucesos aislados en supuestas pruebas contra comunidades enteras. Los algoritmos refuerzan prejuicios, multiplican mensajes alarmistas y encierran a los usuarios en burbujas ideológicas. La mentira repetida no se convierte en verdad, aunque consiga millones de visualizaciones. Cuando la desinformación se utiliza deliberadamente para enfrentar a la población, deja de ser una simple irresponsabilidad comunicativa y se convierte en un problema democrático.

Misericordia sin fronteras
Misericordia sin fronteras
En el Evangelio de Mateo, Jesús se identifica con quienes tienen hambre, sed, están desnudos, enfermos o son extranjeros. «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). No exige conocer el pasaporte de quien sufre antes de reconocer su dignidad.

Frente a esa dinámica, García Cadiñanos destaca el valor del encuentro personal. La labor de Cáritas y de otras organizaciones sociales demuestra que conocer las historias de quienes llegan ayuda a desmontar estereotipos. Detrás de las cifras hay familias, trabajadores, jóvenes y niños que buscan seguridad y una vida digna. La convivencia no elimina todas las dificultades, pero permite abordarlas sin convertir a nadie en culpable por su procedencia.

Aquí aparece la cuestión esencial: ¿qué significa defender los valores cristianos? En el Evangelio de Mateo, Jesús se identifica con quienes tienen hambre, sed, están desnudos, enfermos o son extranjeros. «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). No exige conocer el pasaporte de quien sufre antes de reconocer su dignidad. Y en la parábola del buen samaritano, el ejemplo de humanidad lo ofrece precisamente quien se detiene ante una persona herida, sin dejar que las fronteras sociales o religiosas determinen su compasión.

No se puede invocar el cristianismo para defender tradiciones y, al mismo tiempo, desentenderse de la suerte del extranjero. La fe no es una bandera partidista ni una coartada para la exclusión. El papa Francisco insistió repetidamente en la necesidad de construir una cultura del encuentro y combatir la indiferencia ante quienes se ven obligados a migrar. Esa sensibilidad también inspira a numerosos organismos eclesiales, aunque dentro de la Iglesia existan diferencias de criterio y voces más restrictivas, como la del arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz. La pluralidad eclesial es legítima; lo que merece discusión es que el Evangelio se interprete desde trincheras ideológicas que terminan alimentando el rechazo.

Jesús Sanz
Jesús Sanz
El miedo puede proporcionar réditos políticos inmediatos; no por ello constituye una respuesta justa ni eficaz.

El obispo García Cadiñanos pone sobre la mesa una cuestión que demasiadas veces queda fuera del debate: las crisis migratorias no pueden entenderse al margen de los intereses geopolíticos, las estrategias de poder y las relaciones de fuerza entre Estados Unidos, Marruecos y la Unión Europea. En un mundo donde Washington no siempre trata a sus aliados europeos como socios en pie de igualdad, España tampoco puede ignorar las consecuencias de sus discrepancias con la política exterior estadounidense. Las tensiones por la defensa, la OTAN y la posición española ante los conflictos internacionales obligan a preguntarse hasta qué punto las disputas entre gobiernos pueden repercutir en la estabilidad europea y en la gestión de las fronteras. No sería responsable atribuir sin pruebas una crisis migratoria concreta a una represalia deliberada, pero tampoco lo sería cerrar los ojos ante el uso de la presión diplomática y de las fronteras como instrumentos de poder. Lo verdaderamente intolerable es que, mientras los gobiernos mueven sus piezas en el tablero internacional, las personas migrantes acaben convertidas en moneda de cambio y sus vidas queden subordinadas a intereses que nada tienen que ver con su dignidad humana.

Gasto militar
Gasto militar
España tampoco puede ignorar las consecuencias de sus discrepancias con la política exterior estadounidense. Las tensiones por la defensa, la OTAN y la posición española ante los conflictos internacionales obligan a preguntarse hasta qué punto las disputas entre gobiernos pueden repercutir en la estabilidad europea y en la gestión de las fronteras.

La cuestión, por tanto, no consiste en elegir entre una política migratoria ordenada y la ausencia de normas. Consiste en decidir si queremos gestionar esta realidad desde la responsabilidad y la humanidad o desde la manipulación y el odio. Podemos combatir las mafias, exigir cooperación internacional y defender una integración efectiva sin enfrentar a la población de acogida con quienes llegan.

La pregunta no es de quién debemos protegernos, sino cuánta humanidad estamos dispuestos a perder cuando convertimos al extranjero en enemigo. Porque el Evangelio no nos pide que fabriquemos culpables: nos exige que reconozcamos al prójimo. Y una sociedad que olvida esa enseñanza corre el riesgo de levantar fronteras no solo en sus territorios, sino también en su propia conciencia.

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