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El falso testimonio en la pasión de Jesús: cuando la mentira se disfraza de justicia

La mentira no solo deforma la realidad: puede condenar a un inocente y hacerse pasar por justicia, como ocurrió en el proceso contra Jesús.

Hoy, como entonces, el falso testimonio sigue siendo un arma del poder para silenciar la verdad y justificar la injusticia.

La falsedad de los Fariseos

El mandamiento “no darás falso testimonio ni mentirás” no es solo una norma moral individual, sino un pilar esencial de toda convivencia justa. Ya en el Derecho romano se insistía en la necesidad de escuchar al acusado, reconociendo implícitamente que la verdad no puede construirse sobre una sola voz ni, mucho menos, sobre la manipulación interesada de los hechos. Sin embargo, la historia demuestra que la mentira no solo ha estado presente en la vida cotidiana, sino también en los grandes procesos judiciales, políticos y religiosos. La pasión de Jesús, narrada en los Evangelios, es, quizá, uno de los ejemplos más claros y dramáticos de cómo el falso testimonio puede convertirse en instrumento de muerte.

Vivimos en una sociedad donde la mentira se ha normalizado. Se ocultan hechos, se tergiversan realidades y se repiten falsedades hasta convertirlas en apariencia de verdad. No es algo nuevo: lo vemos en conflictos modernos, como cuando se justifican hechos pasados bajo argumentos falsos —como la existencia de armas de destrucción masiva— para encubrir intereses económicos y geopolíticos. Este mecanismo no difiere tanto del que aparece en el relato evangélico: la mentira al servicio del poder.

Justicia y mentira
Vivimos en una sociedad donde la mentira se ha normalizado. Se ocultan hechos, se tergiversan realidades y se repiten falsedades hasta convertirlas en apariencia de verdad.

En los Evangelios se describe con claridad este proceso. Mateo afirma que los sumos sacerdotes y el Sanedrín “buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle muerte, pero no lo encontraban, aunque se presentaban muchos falsos testigos” (Mt 26, 59-60). Marcos coincide en señalar que “muchos daban falso testimonio contra él, pero sus testimonios no concordaban” (Mc 14, 56). Este detalle es revelador: no se trata de una acusación espontánea, sino de una construcción deliberada, una mentira organizada que intenta revestirse de legalidad. La condena no nace de la verdad, sino de la necesidad de justificar una decisión previamente tomada. La justicia queda así vaciada de contenido y convertida en una simple formalidad.

El falso testimonio en la pasión no es solo una mentira aislada, sino un fenómeno más profundo: nace de lo que el Evangelio identifica como “malos pensamientos” (cf. Mt 15, 19), es decir, una disposición interior que permite al ser humano justificar la injusticia. Quien miente en un juicio no solo falsea un dato; traiciona la dignidad del otro, lo reduce a objeto y lo expone a consecuencias irreparables. En el caso de Jesús, esta dinámica alcanza su máxima expresión: la mentira se convierte en sentencia de muerte, cumpliéndose paradójicamente lo que él mismo había denunciado: “nada hay oculto que no llegue a saberse” (Lc 8, 17).

Pero lo más inquietante no es solo la existencia de estos testigos falsos, sino el contexto en el que surgen. No son necesariamente delincuentes marginales, sino personas insertas en una estructura social y religiosa que se percibe a sí misma como legítima. Aquí aparece una crítica especialmente dura del propio Evangelio: el peligro de quienes creen poseer la verdad absoluta. Jesús denuncia esta actitud cuando afirma: “vosotros sois de vuestro padre el diablo… cuando dice mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44). La mentira, por tanto, no es solo un error, sino una ruptura radical con la verdad que viene de Dios.

Este fenómeno no es ajeno a ciertos sectores religiosos a lo largo de la historia. El paternalismo clerical, que actúa “por el bien de los demás”, puede llegar a convertirse en una forma sutil de violencia. Se miente, se oculta o se manipula no por maldad evidente, sino bajo la convicción de estar haciendo lo correcto. Sin embargo, esta actitud es profundamente peligrosa: el bien no puede construirse sobre la mentira. En la pasión de Jesús, quienes promueven su condena creen proteger el orden religioso y social, pero en realidad están rechazando al mismo Dios al que dicen servir, tal como expresa Juan: “vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11).

El impacto del falso testimonio no es solo teórico. Quien ha experimentado la injusticia de ser acusado falsamente conoce la impotencia radical que genera. En un juicio, la palabra del otro puede definir el destino de una persona. Cuando esa palabra es mentira, se produce una fractura profunda: no solo se pierde la confianza en el sistema, sino también en la propia capacidad de ser defendido. La mentira, en este sentido, no solo hiere: deshumaniza. Jesús mismo, ante las acusaciones, guarda silencio en muchos momentos (cf. Mt 26, 63), mostrando la indefensión del inocente frente a una estructura que ya ha decidido condenarlo.

Sociedad de la mentira
Como señalaba Aristóteles, no basta con decir la verdad: es necesario desenmascarar la falsedad.

En el relato evangélico, esta dinámica alcanza una dimensión teológica. Mateo vincula el falso testimonio con la blasfemia contra el Espíritu Santo (cf. Mt 12, 31), entendida como el rechazo consciente de la verdad y de la acción liberadora de Dios. No se trata simplemente de decir algo incorrecto, sino de oponerse activamente a la vida, especialmente cuando esta se manifiesta en los más vulnerables. Por eso, la mentira que condena a Jesús no es solo una injusticia histórica, sino un símbolo de todas las veces en que la verdad es silenciada para mantener estructuras de poder.

En este sentido, el falso testimonio adquiere una dimensión social y política. No se limita a un juicio concreto, sino que se repite en todas aquellas situaciones donde se culpa a las víctimas de su propia desgracia, donde se justifica la exclusión o donde se manipula la información para legitimar la injusticia. Como advierte el Evangelio, “con la medida con que midáis se os medirá” (Mt 7, 2). Cada vez que la mentira se utiliza para oprimir, se repite, de algún modo, la pasión de Jesús.

Frente a esta realidad, el mandamiento de no mentir adquiere una profundidad mayor. No se trata solo de evitar decir falsedades, sino de comprometerse activamente con la verdad. Esto implica denunciar la mentira, incluso cuando resulta incómodo, y vivir conforme a lo que Jesús proclama: “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Como señalaba Aristóteles, no basta con decir la verdad: es necesario desenmascarar la falsedad.

En definitiva, el falso testimonio en la pasión de Jesús no es un episodio aislado del pasado, sino un espejo en el que se refleja nuestra sociedad. Nos recuerda que la mentira puede institucionalizarse, que puede revestirse de legalidad e incluso de religiosidad. Pero también nos advierte de sus consecuencias: cuando la verdad se pervierte, la justicia muere. Y con ella, la dignidad del ser humano. Porque, como muestra el Evangelio, la mentira puede imponerse momentáneamente, pero nunca tiene la última palabra frente a la verdad de Dios.

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