Cuando faltan médicos, sobran capellanes
Cuando faltan médicos, el sistema no se refuerza: se resigna.
Y la resignación llega con alzacuellos.
Hay decisiones políticas que se justifican con discursos, con cifras o con comparecencias solemnes, y hay otras que se explican solas en cuanto uno observa la escena cotidiana de la sanidad pública, donde los pacientes se acumulan en los pasillos, las urgencias funcionan al límite y los profesionales sostienen el sistema bajo una presión constante que ya no parece excepcional sino estructural.
En medio de este escenario, la respuesta institucional incorpora un elemento que redefine el concepto mismo de refuerzo sanitario: la contratación de 117 capellanes para los hospitales públicos en Andalucía. Como si la falta de médicos, enfermeros o quirófanos pudiera compensarse con una ampliación del acompañamiento espiritual.
La imagen se instala con una naturalidad que resulta casi más inquietante que el propio problema. Mientras una persona espera una prueba diagnóstica que se retrasa, otra aguarda una intervención sin horizonte claro y otra intenta ser atendida en un pasillo convertido en espacio improvisado, el sistema sanitario se articula como una doble vía cada vez más evidente: la atención clínica se dilata y la atención espiritual se refuerza, como si la gestión del colapso consistiera en organizar mejor el consuelo cuando la capacidad de respuesta ya no alcanza.
En medio de este escenario, la respuesta institucional incorpora un elemento que redefine el concepto mismo de refuerzo sanitario: la contratación de 117 capellanes para los hospitales públicos. Como si la falta de médicos, enfermeros o quirófanos pudiera compensarse con una ampliación del acompañamiento espiritual.
Ángeles Férriz resume esta realidad sin necesidad de adornos cuando señala que en Andalucía la disyuntiva real se reduce a rezar si se es creyente o pagar si se es pudiente. La sanidad pública deja de funcionar como una garantía efectiva en tiempo clínico y pasa a operar como un circuito de espera donde el acceso depende de factores que poco tienen que ver con la gravedad del paciente y mucho con la disponibilidad del sistema, el territorio o la capacidad económica.
En paralelo, la presión asistencial se acumula en todos los niveles. La falta de personal, la saturación de servicios y la sobrecarga estructural convierten la demora en una variable estable del funcionamiento sanitario. Y es en ese contexto donde la incorporación de capellanes adquiere un significado inevitable, no tanto por su función en sí misma como por lo que revela sobre las prioridades reales del sistema.
Mientras los recursos médicos no crecen al ritmo de la demanda, la respuesta visible se desplaza hacia otro plano. El alivio ya no se produce exclusivamente mediante intervención sanitaria, sino mediante acompañamiento, como si la sanidad pública empezara a organizarse no solo para curar, sino también para gestionar la espera como parte del tratamiento.
Las listas de espera se convierten así en el eje silencioso del sistema. Ya no funcionan como una anomalía, sino como una estructura permanente en la que el tiempo deja de ser una variable clínica para convertirse en el principal determinante del resultado. El acceso a la sanidad se mide cada vez menos en eficacia y cada vez más en resistencia y paciencia del paciente.
La sanidad pública sigue funcionando, pero cada vez con más frecuencia lo que garantiza no es la curación en tiempo razonable, sino algo mucho más coherente con su nueva arquitectura: que el recorrido esté acompañado hasta la salida, incluida la salida al cielo.
Este modelo no aparece de la nada. Dialoga con la evolución de otros sistemas sanitarios en los últimos años. Durante la etapa de Alberto Núñez Feijóo al frente de la Xunta, el presupuesto del Sergas evoluciona desde 3.719 millones de euros en 2009 hasta 3.679 millones en 2010, 3.498 millones en 2011, 3.482 millones en 2012 y 3.372 millones en 2013, una trayectoria descendente que se traduce en una progresiva tensión del sistema, donde la estabilidad laboral se debilita, los contratos se fragmentan hasta durar días u horas y la planificación asistencial se sustituye por una lógica de cobertura inmediata.
Ese proceso configura un entorno donde la resistencia del sistema recae cada vez más en los profesionales, que sostienen la actividad en condiciones de creciente presión, mientras la estructura pierde margen de maniobra y la precariedad deja de ser una anomalía para convertirse en parte del funcionamiento cotidiano.
En la actualidad, el escenario andaluz reproduce tensiones similares bajo otra forma. Servicios saturados, demoras estructurales y una acumulación de esperas que ya forman parte de la experiencia habitual del paciente, que entra en el sistema sabiendo que la atención no es inmediata sino diferida, y que el tiempo se convierte en una variable más del propio proceso asistencial.
Durante la etapa de Alberto Núñez Feijóo al frente de la Xunta, el presupuesto del Sergas evoluciona desde 3.719 millones de euros en 2009 hasta 3.679 millones en 2010, 3.498 millones en 2011, 3.482 millones en 2012 y 3.372 millones en 2013, una trayectoria descendente que se traduce en una progresiva tensión del sistema, donde la estabilidad laboral se debilita, los contratos se fragmentan hasta durar días u horas y la planificación asistencial se sustituye por una lógica de cobertura inmediata.
En paralelo, la sanidad privada se consolida como vía alternativa para quienes pueden asumir su coste, estableciendo una dualidad en la que la velocidad de atención deja de ser homogénea y pasa a depender directamente de la capacidad económica, reforzando dos circuitos asistenciales que conviven, pero no operan en igualdad de condiciones.
En este contexto, la incorporación de refuerzos espirituales no modifica la naturaleza clínica del problema, pero sí evidencia su profundidad. Introduce la idea de que el sistema ya no solo gestiona enfermedad, sino también incertidumbre, y que la respuesta institucional se mueve entre la atención sanitaria y la gestión emocional del colapso.
El resultado es un sistema donde el colapso no aparece como un episodio excepcional, sino como un estado sostenido. El paciente no se enfrenta únicamente a su enfermedad, sino a un modelo que redefine el tiempo como parte del tratamiento, mientras la espera deja de ser un efecto secundario para convertirse en estructura central del sistema.
Y en ese punto, la conclusión se impone sin necesidad de subrayado adicional: la sanidad pública sigue funcionando, pero cada vez con más frecuencia lo que garantiza no es la curación en tiempo razonable, sino algo mucho más coherente con su nueva arquitectura: que el recorrido esté acompañado hasta la salida, incluida la salida al cielo.