Feijóo y la política sin principios: todo vale con tal de echar a Sánchez

Feijóo parece dispuesto a aparcar sus antiguas líneas rojas con Vox con tal de llegar al poder, mientras el paro, la vivienda, la sanidad, la educación y la pobreza esperan respuestas. Cuando echar a Sánchez se convierte en la única obsesión, ¿dónde quedan el bien común, la justicia social y la dignidad de los más vulnerables?

Feijóo y Abascal
Feijóo y Abascal

Alberto Núñez Feijóo parece haber reducido su horizonte político a una obsesión: que Pedro Sánchez abandone la Moncloa, aunque todavía no haya explicado en modo alguno lo que él está dispuesto a hacer si llega a gobernar. Sus recientes acercamientos a Vox retratan los vaivenes de un dirigente que antes marcaba distancias con la formación de Santiago Abascal y que ahora considera posible gobernar con ella. La pregunta es inevitable: ¿estamos ante una evolución ideológica meditada o ante una adaptación de los principios a las necesidades del poder?

En 2020, Feijóo afirmaba que Vox era un partido que «va contra Galicia» y descartaba su intención de pactar. Hoy, el entendimiento entre PP y Vox para coordinar candidaturas al Senado en 23 circunscripciones demuestra que aquellas distancias ya no impiden la cooperación electoral. En Pontevedra, Vox presentará un único candidato para facilitar que sus votantes apoyen también a dos aspirantes populares. Miguel Tellado ha definido esta estrategia como una «colaboración inteligente». Inteligente para sumar votos, quizá; insuficiente, desde luego, para explicar qué proyecto de país comparten.

pacto entre PP y Vox
pacto entre PP y Vox
El PP debe aclarar si aspira a representar una alternativa moderada, europeísta y comprometida con la cohesión social o si considera inevitable desplazarse hacia las posiciones de la extrema derecha para alcanzar el Gobierno.

La política no exige inmovilidad, pero sí honestidad y coherencia. Si Vox representaba diferencias sustanciales con el Partido Popular, Feijóo debe explicar qué ha cambiado y cuáles son sus límites actuales. ¿Qué concesiones está dispuesto ahacer? ¿Qué ocurrirá con las políticas de igualdad, la protección de los colectivos vulnerables o los servicios públicos? No se puede presentar cada pacto como una operación aritmética inocua cuando sus consecuencias pueden afectar a derechos y políticas que condicionan la vida de millones de personas.

Mientras los dirigentes negocian candidaturas y calculan mayorías, la ciudadanía afronta problemas mucho más urgentes. Los jóvenes no pueden acceder a una vivienda, numerosas familias viven al límite, la pobreza infantil persiste y los pacientes sufren dificultades para recibir atención sanitaria en tiempo y forma. Las personas mayores necesitan cuidados y quienes trabajan no siempre consiguen escapar de la precariedad. Sin embargo, el debate político parece girar una y otra vez alrededor de quién ocupa la Moncloa.

Echar a Sánchez no es un programa de Gobierno. Es una aspiración legítima de la oposición, pero no constituye una respuesta a los problemas de España. Feijóo debe explicar qué hará con la vivienda, la sanidad, los salarios, la educación, la dependencia y la desigualdad. Si su principal argumento es que el presidente debe marcharse, estará pidiendo a los ciudadanos un cheque en blanco: primero el poder y después, ya veremos.

Pobreza en España
Pobreza en España
La coherencia moral se demuestra cuando mantener un principio cuesta votos, no cuando defenderlo resulta electoralmente rentable.

La doctrina social de la Iglesia ofrece una medida mucho más exigente de la responsabilidad política. El bien común, la solidaridad y la dignidad humana no pueden invocarse únicamente cuando resultan útiles para un discurso. La política debe procurar las condiciones necesarias para que todas las personas puedan vivir dignamente, prestando una atención especial a quienes sufren pobreza, exclusión o desamparo. Una sociedad no se mide solo por su crecimiento económico ni por las mayorías parlamentarias que consigue, sino también por cómo trata las necesidades que acucian a los ciudadanos.

Desde esta perspectiva, resulta legítimo preguntar a Feijóo si la búsqueda de una mayoría justifica cualquier acercamiento político. La tradición social cristiana no obliga a respaldar a un partido concreto, pero sí exige examinar las consecuencias de las decisiones que se toman. No basta con reivindicar valores cristianos o una supuesta centralidad moderada: hay que demostrar esos valores en los presupuestos, en la defensa de los servicios públicos y en la protección efectiva de los más débiles. La coherencia moral se demuestra cuando mantener un principio cuesta votos, no cuando defenderlo resulta electoralmente rentable.

Miguel Tellado tampoco puede eludir su responsabilidad. Como secretario general del PP, contribuye a definir la estrategia y el tono de la confrontación política. Presentar el entendimiento con Vox como una simple fórmula para maximizar votos puede normalizar la idea de que las diferencias ideológicas son secundarias cuando está en juego el poder. La polarización no es responsabilidad exclusiva de un dirigente ni de un partido, pero quienes alimentan el enfrentamiento tienen la obligación de explicar qué soluciones ofrecen más allá de la descalificación del adversario.

Angela Merkel
Angela Merkel
Desde esta perspectiva, resulta legítimo preguntar a Feijóo si la búsqueda de una mayoría justifica cualquier acercamiento político. La tradición social cristiana no obliga a respaldar a un partido concreto, pero sí exige examinar las consecuencias de las decisiones que se toman.

¿Dónde queda aquella derecha moderada que, con todas sus contradicciones, representó Angela Merkel en Alemania? La excanciller conservadora gobernó mediante la negociación y participó en numerosas coaliciones con los socialdemócratas. Su trayectoria no estuvo libre de errores ni constituye un modelo perfecto, pero demuestra que ser conservador no obliga a depender permanentemente de la derecha radical. El PP debe aclarar si aspira a representar una alternativa moderada, europeísta y comprometida con la cohesión social o si considera inevitable desplazarse hacia las posiciones de la extrema derecha para alcanzar el Gobierno.

Esta crítica tampoco concede un cheque en blanco a Sánchez. Sus promesas deben evaluarse por sus resultados y sus políticas sociales, por su eficacia real. Pero los errores del Gobierno no justifican que la oposición renuncie a explicar sus propias propuestas. La responsabilidad de un dirigente no consiste únicamente en denunciar lo que hace mal su adversario, sino en demostrar que puede hacerlo mejor.

Feijóo y su obsesión porque Sanchez se vaya
Feijóo y su obsesión porque Sanchez se vaya
Alberto Núñez Feijóo parece haber reducido su horizonte político a una obsesión: que Pedro Sánchez abandone la Moncloa, aunque todavía no haya explicado en modo alguno lo que él está dispuesto a hacer si llega a gobernar.

España necesita una política que deje de tratar cada elección como una batalla definitiva entre enemigos irreconciliables. Necesita acuerdos transparentes, instituciones respetadas y dirigentes capaces de anteponer el interés general a la disciplina partidista. Feijóo puede pactar con Vox, pero debe explicar las condiciones, los límites y las consecuencias. Tellado puede defender una estrategia electoral, pero no debería confundir la suma de votos con la construcción de un proyecto compartido.

La pregunta decisiva no es si Feijóo conseguirá echar a Sánchez, sino para qué quiere sustituirlo y quién pagará el precio de sus acuerdos. Porque, desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, el poder solo adquiere verdadero sentido cuando se pone al servicio de la dignidad humana y del bien común. Si los pobres, los enfermos, los jóvenes sin vivienda y las familias vulnerables quedan relegados mientras los partidos se concentran en conquistar las instituciones y el poder, algo esencial se habrá perdido.

Gobernar no es derrotar al adversario. Gobernar es servir a la sociedad, especialmente a quienes más necesitan protección. Todo lo demás, por muchos votos que consiga reunir, corre el riesgo de convertirse en una lucha por el poder vacía de la responsabilidad moral que debería justificarlo.

 

 

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