Fernando García Cadiñanos, un obispo con los pies en la tierra

No hubo en su intervención tonos ideológicos ni discursos de confrontación. Al contrario, el obispo apeló al diálogo, a la responsabilidad compartida y al bien común, recordando que ninguna sociedad se construye excluyendo ni enfrentando.

García Cadiñanos
García Cadiñanos | Mondoñedo- Ferrol

La homilía pronunciada ayer, 7 de enero, por el obispo Fernando García Cadiñanos en la fiesta de San Julián, patrono de Ferrol, fue algo más que una intervención vinculada a una celebración local. En un contexto social y eclesial marcado por la polarización, el cansancio y la incertidumbre, sus palabras se convirtieron en una propuesta serena, profundamente evangélica y socialmente lúcida, capaz de interpelar mucho más allá de los límites de una ciudad.

La celebración reunió a representantes políticos, institucionales, militares, educativos, culturales y eclesiales. Lejos de quedarse en lo protocolario, el obispo supo leer esa pluralidad como un signo elocuente: una ciudad llamada a pensarse a sí misma y a asumir, de manera compartida, la responsabilidad de su presente y de su futuro. Celebrar a San Julián no es mirar al pasado, sino discernir juntos los caminos por los que transitar hoy.

Desde el inicio, la homilía se situó en la realidad concreta. García Cadiñanos puso nombre a algunas de las heridas más evidentes de nuestra sociedad, apoyándose en el Informe FOESSA de Cáritas: el problema de la vivienda, que afecta especialmente a jóvenes sin horizonte; el empleo precario, que no siempre permite salir de la pobreza; la creciente desigualdad, que rompe la cohesión social; y el reto de las migraciones, presentado no como amenaza, sino como una realidad compleja cargada también de vida y esperanza.

Pero detrás de estos diagnósticos hay personas concretas, y el obispo lo dejó claro. El pobre no es una categoría sociológica ni un argumento político: es alguien que sufre, que vive con angustia la imposibilidad de pagar un alquiler, que encadena trabajos sin derechos, que ve cómo la enfermedad, la soledad o la falta de apoyos le empujan a los márgenes. En esta clave, la homilía conectó de lleno con el Evangelio: Jesús no habló de los pobres en abstracto, sino que se acercó a ellos, los miró, los tocó y los puso en el centro (cf. Lc 4,18).

No hubo en su intervención tonos ideológicos ni discursos de confrontación. Al contrario, el obispo apeló al diálogo, a la responsabilidad compartida y al bien común, recordando que ninguna sociedad se construye excluyendo ni enfrentando. Como Jesús ante la multitud cansada y abatida, la primera respuesta es la compasión (cf. Mt 9,36), una compasión que no se queda en el sentimiento, sino que se traduce en compromiso.

El núcleo de la reflexión giró en torno a una propuesta clara y poco habitual en el debate público actual: la necesidad de conjugar razón, fe y amor para construir una sociedad verdaderamente humana.

La razón, defendida como búsqueda honesta de la verdad y apertura al diálogo, fue presentada como antídoto frente a los reduccionismos ideológicos y al tecnocratismo vacío de sentido. En sintonía con Benedicto XVI, García Cadiñanos reclamó una razón capaz de preguntarse no solo por los medios, sino también por los fines. Una razón que no se absolutiza ni se encierra, sino que sirve a la persona.

Pero el obispo insistió especialmente en la fe, subrayando su necesidad social. No como imposición ni como refugio intimista, sino como una fuente de luz, de valores y de esperanza compartida. La fe cristiana —recordó implícitamente desde el misterio de Belén— nace de un Dios que entra en la historia desde la fragilidad, que se hace pobre entre los pobres y que dignifica toda vida humana. Cuando la fe se arrincona en lo privado, la sociedad pierde una de sus principales reservas éticas y humanizadoras.

No hubo en su intervención tonos ideológicos ni discursos de confrontación. Al contrario, el obispo apeló al diálogo, a la responsabilidad compartida y al bien común, recordando que ninguna sociedad se construye excluyendo ni enfrentando.
Misa san Julián Ferrol
Misa san Julián Ferrol | Modeñodo -Ferrol

La fe sostiene la convicción de que nadie es descartable, de que cada persona vale más que cualquier cálculo económico o político. Es la fe la que permite perseverar cuando los problemas parecen estructurales e irresolubles; la que alimenta el compromiso constante con los más vulnerables; la que impide resignarse ante la injusticia. Como recuerda la carta de Santiago, “la fe, si no tiene obras, está muerta” (St 2,17), y en esa coherencia entre fe y obras se sitúa buena parte del magisterio pastoral de García Cadiñanos.

Y, finalmente, el amor, presentado como la clave decisiva. No como sentimiento, sino como principio de discernimiento y de acción, también en la política y en la economía. Sin amor, las decisiones se vacían de servicio; con amor, incluso las estructuras más complejas pueden orientarse al bien común. Aquí resonaba con claridad san Pablo: “Si no tengo amor, nada soy” (1 Co 13,2).

Lo que da especial credibilidad a esta homilía es que coincide plenamente con el modo de ser y de vivir de quien la pronuncia. Fernando García Cadiñanos es reconocido como un obispo cercano, humilde, accesible, más dado a escuchar que a imponer, más preocupado por las personas concretas que por los titulares. Su ministerio se sitúa lejos de cualquier clericalismo y muy cerca del estilo del Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y camina con ellas (cf. Jn 10,14).

No concibe el episcopado como un espacio de poder, sino como un servicio, en coherencia con las palabras de Jesús: “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc 9,35). Esa coherencia entre palabra y vida explica que su discurso no suene impostado ni retórico, sino profundamente encarnado.

Por eso, la homilía del patrón de Ferrol no es solo un buen texto. Es el reflejo de un modo de ejercer el ministerio episcopal hoy: pensar la sociedad desde el Evangelio, caminar con la gente y no renunciar a proponer caminos de humanidad y esperanza.

En tiempos de ruido y simplificaciones, la palabra de Fernando García Cadiñanos —pronunciada en la fiesta de San Julián— recuerda algo esencial: que el Evangelio sigue teniendo capacidad para iluminar la vida personal, social y política, cuando es anunciado y vivido con los pies en la tierra.

San Julián Ferrol
San Julián Ferrol

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