De las fosas a los agitadores: Miguel Tellado y la quiebra moral de la política que dice ser cristiana
La democracia se erosiona no solo desde el poder, sino también desde una oposición que convierte el insulto en estrategia y el ruido en proyecto. Las palabras y los gestos de Miguel Tellado no son anécdotas ni errores aislados: son la confirmación de una forma de hacer política incompatible con la convivencia democrática y con los principios éticos que el Partido Popular asegura representar.
Hay palabras que no son inocentes. Hay gestos que no son anecdóticos. Y hay responsables políticos que, cuando hablan y actúan, revelan con claridad el proyecto moral que sostienen. Miguel Tellado, secretario general del Partido Popular y ex portavoz parlamentario, ha cruzado hace tiempo una línea que no es solo política, sino ética y democrática. Sus palabras sobre “cavar la fosa del Gobierno” y su reciente defensa pública de agitadores de la extrema derecha no son hechos aislados: dibujan una forma de entender la política incompatible con los valores que dice defender.
Hablar de fosas en un país con decenas de miles de desaparecidos en cunetas no es una metáfora desafortunada: es una banalización del dolor. Es utilizar el lenguaje de la muerte en un contexto histórico que exige memoria, respeto y cuidado. En democracia, no todo vale, y menos aún cuando se ocupa un cargo institucional de primer nivel. Lo verdaderamente grave no fue solo pronunciar esas palabras, sino no rectificarlas con claridad y ser amparado por la dirección del partido.
Mientras se alimenta esta guerra cultural, los problemas reales de la gente quedan fuera del debate. La vivienda es inalcanzable para miles de jóvenes. Los alquileres se han disparado. La sanidad pública sufre listas de espera insoportables. La precariedad laboral expulsa a una generación entera
Quien aún creyera que se trató de un exceso puntual debería prestar atención a los hechos recientes. Miguel Tellado ha elogiado públicamente la “valentía” del agitador ultra Vito Quiles y ha felicitado a las juventudes del PP por contar con él en sus jornadas. Quiles, vinculado a proyectos políticos de corte populista y extremista, no representa el periodismo incómodo ni la crítica legítima: representa el señalamiento, la provocación y el acoso como método político.
Compararlo con figuras de la sátira televisiva es una falsificación interesada. No es lo mismo el humor crítico que el hostigamiento sistemático. Defender este tipo de prácticas no es neutralidad democrática: es legitimar la crispación como estrategia y educar a los jóvenes en una política basada en el ruido y la confrontación permanente.
Más aún cuando se acompaña de expresiones como que el Gobierno es “una amenaza para la democracia” o de llamamientos a “dar el golpe final”. Ese lenguaje no es inocente. Deshumaniza al adversario, erosiona las reglas del juego democrático y normaliza una lógica de amigo-enemigo que tanto daño ha hecho a Europa y a la convivencia.
Todo esto resulta especialmente preocupante cuando procede de un partido que reivindica con frecuencia sus raíces cristianas y al humanismo y que cita al Evangelio como fuente de inspiración moral. Conviene decirlo con claridad: el cristianismo no avala este tipo de política. El Evangelio no habla de fosas ni de golpes finales. Habla de paz, de misericordia, de dignidad humana, de reconciliación. “Bienaventurados los que trabajan por la paz”, no los que avivan el conflicto.
Jesús no construyó su mensaje desde la provocación ni desde el desprecio al otro. Sirvió, escuchó, sanó y denunció las injusticias sin deshumanizar. La política que se dice cristiana no puede basarse en el insulto, el señalamiento o la banalización del sufrimiento colectivo. Citar valores sin encarnarlos en los hechos no es testimonio: es hipocresía.
Mientras se alimenta esta guerra cultural, los problemas reales de la gente quedan fuera del debate. La vivienda es inalcanzable para miles de jóvenes. Los alquileres se han disparado. La sanidad pública sufre listas de espera insoportables. La precariedad laboral expulsa a una generación entera. La educación y la cultura pierden recursos. De todo esto apenas se habla. El ruido sustituye al proyecto. La crispación tapa el vacío.
El Partido Popular fue durante años una fuerza de centro-derecha institucional, europea y moderada. Hoy, bajo discursos como los de Miguel Tellado, corre el riesgo de deslizarse hacia una derecha de trinchera, más pendiente de competir con Vox que de ofrecer una alternativa de gobierno seria y constructiva. La historia demuestra que cuando la derecha democrática normaliza a los agitadores, no los controla: acaba subordinándose a ellos.
La historia demuestra que cuando la derecha democrática normaliza a los agitadores, no los controla: acaba subordinándose a ellos.
Aquí la responsabilidad del liderazgo es ineludible. Alberto Núñez Feijóo no puede permanecer al margen. Callar es consentir. Mantener a Tellado sin una rectificación clara implica asumir su discurso y su estrategia. Si el PP aspira a gobernar España, debe demostrar que existen límites éticos que no se cruzan, aunque hacerlo tenga costes internos.
La democracia no se defiende con gritos ni con provocadores. Se defiende con respeto, con propuestas y con servicio público. Eso también es profundamente evangélico. La política, entendida desde una ética cristiana, no es un campo de batalla cultural, sino una vocación de servicio a los más vulnerables.
Hoy, Miguel Tellado simboliza una deriva preocupante: la normalización del lenguaje de la confrontación, la coartada moral para la crispación y el desprecio por la convivencia. Mientras siga ocupando un lugar central sin corrección ni rectificación, el Partido Popular seguirá alejándose del centro social, del humanismo cristiano que invoca y de una mayoría que no quiere más ruido, sino soluciones.
La pregunta ya no es solo si Miguel Tellado debería dimitir. La pregunta es cuánta credibilidad moral está dispuesto a sacrificar el PP para sostener esta forma de hacer política. Porque no hay mayor amenaza para la democracia que quienes, en nombre de salvarla, la erosionan cada día desde dentro.