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Ni fríos ni calientes: silencio, poder y olvido del Evangelio

Cuando echar a una familia de su casa no merece ni una palabra, el problema ya no es el silencio: es de qué lado se está.

Y si el Evangelio no incomoda al poder ni defiende al débil, deja de ser fe para convertirse en coartada.

Dónde están los obispos ante los desahucios

“Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio… estoy para vomitarte de mi boca” (Ap 3,15-16). La dureza de estas palabras del Apocalipsis resuena hoy con inquietante actualidad cuando se observa el comportamiento de quienes, en teoría, deberían ser referentes morales y espirituales. La tibieza —ese acomodarse sin comprometerse— parece haberse instalado en demasiados espacios de poder, tanto político como eclesial.

Esta semana, la Conferencia Episcopal ha optado por el silencio ante dos realidades que atraviesan la vida de miles de personas: la crisis humanitaria en Ceuta y el desahucio de una mujer, Maricarmen, convertido en símbolo de un problema estructural. “No ha estado en el orden del día”, se justificó su portavoz, César García Magán. Sin embargo, el Evangelio no entiende de órdenes del día ni de agendas institucionales. El sufrimiento humano no espera turno en una reunión; interpela directamente a la conciencia.

Más llamativo aún es que, pese a no haber tratado estos temas, sí se haya puesto de manifiesto una preocupación por posibles episodios de violencia. De nuevo, el foco se desplaza. Se pone el acento en el orden antes que, en la justicia, en la consecuencia antes que en la causa. Pero el mensaje de Jesús es claro: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). No hay matices ni equilibrios retóricos en estas palabras: hay una exigencia directa de compromiso.

Mientras tanto, en el ámbito político, el Congreso ha rechazado un paquete de medidas destinadas a paliar la crisis de la vivienda. La prórroga de los contratos de alquiler, la suspensión de desahucios para quienes no tienen alternativa habitacional o la limitación de la especulación inmobiliaria han caído por una ajustada votación. Detrás de ese resultado no hay solo números: hay vidas concretas, familias que viven con miedo, jóvenes que no pueden emanciparse, mayores que ven peligrar su estabilidad.

El presidente del Gobierno apeló a la responsabilidad de los partidos, pidiéndoles que miraran más allá del cálculo político. Pero la política contemporánea parece atrapada en una lógica distinta: la del corto plazo, la del desgaste del adversario, la del beneficio partidista por encima del bien común. Y en ese contexto, resulta especialmente relevante observar no tanto lo que los partidos dicen, sino lo que votan. Porque los discursos construyen relatos, pero los votos construyen realidades.

En este sentido, hay formaciones que se presentan como defensoras de los trabajadores, los pensionistas o las clases populares, pero que en la práctica han votado en contra de medidas concretas que mejorarían sus condiciones de vida. La coherencia entre palabra y acción no es un lujo moral: es la base de la credibilidad democrática. Sin ella, la política se convierte en una representación vacía.

Pero si la incoherencia política es preocupante, la tibieza eclesial lo es aún más. Porque la Iglesia no es —o no debería ser— un actor más en el tablero, sino una conciencia crítica, una voz incómoda que recuerde constantemente la centralidad de los últimos y de lo justo. Y, sin embargo, la historia muestra un desplazamiento progresivo. De aquella comunidad primitiva que crecía acogiendo a pobres, enfermos y excluidos, se ha pasado en muchos casos a una institución preocupada por su propia autoridad y estabilidad.

La falta de pronunciamientos claros no se limita a las instituciones en abstracto, sino que se refleja también en figuras concretas del episcopado español. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, ha sido criticado en distintas ocasiones por sus posicionamientos en materia migratoria y social, que diversos sectores consideran próximos a discursos políticos muy polarizados.

Sus intervenciones públicas sobre Ceuta y la inmigración han sido interpretadas como una lectura más restrictiva del fenómeno, alejada del acento habitual de la doctrina social de la Iglesia.

En ese contexto, su silencio ante determinadas crisis sociales recientes refuerza la percepción de una presencia pública más política que pastoral.

Fondos buitres fuera de las ciudades
La coherencia entre palabra y acción no es un lujo moral: es la base de la credibilidad democrática. Sin ella, la política se convierte en una representación vacía.

No siempre fue así. En sus primeros siglos, el cristianismo se expandió precisamente por su radicalidad evangélica, por su capacidad de situarse al lado de quienes no contaban. El testimonio era su mayor fuerza. Hoy, en cambio, da la impresión de que ese testimonio se diluye cuando más necesario es. Cuando las familias son expulsadas de sus casas. Cuando las personas migrantes quedan atrapadas en fronteras. Cuando la desigualdad se convierte en norma.

El problema no es que la Iglesia no tenga opinión. Es que, demasiadas veces, elige no incomodar, no señalar, no implicarse de forma clara. Y esa elección también es una forma de posicionamiento. El silencio, en contextos de injusticia, nunca es neutral. Como escribió el teólogo Dietrich Bonhoeffer, no existe la neutralidad ante la injusticia: callar es elegir, y no actuar es ya tomar partido.

Volver al Evangelio implicaría recuperar una prioridad clara: las personas por encima de las estructuras, la dignidad por encima del orden, la justicia por encima de la comodidad. Implicaría también asumir riesgos, aceptar conflictos, renunciar a privilegios. En definitiva, dejar de ser tibios.

García Magán
El silencio, en contextos de injusticia, nunca es neutral. Como escribió el teólogo Dietrich Bonhoeffer, no existe la neutralidad ante la injusticia: callar es elegir, y no actuar es ya tomar partido.

Porque la tibieza no transforma nada. No consuela al que sufre ni interpela al que abusa. Solo mantiene las cosas como están. Y eso, precisamente, es lo contrario del mensaje de Jesús, que fue ejecutado por cuestionar un orden injusto.

Hoy, más que nunca, hacen falta voces claras. En la política, para que las decisiones respondan al interés general y no a estrategias partidistas. Y en la Iglesia, para que el Evangelio deje de ser una referencia retórica y vuelva a ser una práctica viva. Porque allí donde hay sufrimiento, el silencio no es prudencia: es abandono.

Y quizá la pregunta que queda en el aire es tan sencilla como incómoda: ¿de qué lado se está cuando no se está de ninguno?

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