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“¡Fuera la Mona!” aplausos, silencio y contradicción moral

Un acto político en Madrid ha terminado convertido en un foco de controversia por el tono y el lenguaje utilizado en pleno escenario público.

Más allá de los nombres propios, lo ocurrido reabre el debate sobre la coherencia entre los valores que se proclaman y los que realmente se practican.

Corina Machado y Alberto Nuñez Feijóo

Hay momentos en los que la actualidad deja de ser una simple sucesión de hechos para convertirse en un espejo incómodo. Lo ocurrido este fin de semana en Madrid no es solo una polémica más: es un episodio que obliga a preguntarse qué ocurre cuando la fe se invoca en público, pero sus exigencias éticas se diluyen entre consignas, aplausos y estrategias políticas.

El detonante ha sido claro y no admite matices. Durante un acto público vinculado a la dirigente opositora venezolana María Corina Machado, el cantante Carlos Baute animó a los asistentes con un grito explícito: “¡Fuera la Mona!”, coreado por parte del público con “mona, mona”, en referencia a la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez. No se trata de una interpretación ni de un malentendido: es un insulto con una carga histórica de deshumanización, ampliamente señalado como racista y misógino.

La reacción institucional fue inmediata. La Embajada de Venezuela en España condenó los hechos y subrayó que ese tipo de lenguaje constituye una forma de violencia política basada en misoginia y racismo, además de ser incompatible con los principios más básicos de los derechos humanos. Pero más allá de la condena diplomática, el episodio deja al descubierto algo más profundo: qué tipo de discurso se tolera —o incluso se aplaude— cuando el fervor político se mezcla con la escenografía moral.

Durante un acto público vinculado a la dirigente opositora venezolana María Corina Machado, el cantante Carlos Baute animó a los asistentes con un grito explícito: “¡Fuera la Mona!”, coreado por parte del público con “mona, mona”, en referencia a la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez. No se trata de una interpretación ni de un malentendido: es un insulto con una carga histórica de deshumanización, ampliamente señalado como racista y misógino.

Y es ahí donde surge la incomodidad. Porque el acto no fue solo político. Estuvo envuelto en referencias a bendiciones, espiritualidad, valores. Un lenguaje que remite directamente al Evangelio. Y, sin embargo, lo que se vio sobre el escenario y en la plaza plantea una pregunta inevitable: ¿cómo se puede invocar la fe mientras se consiente o se jalea la deshumanización del adversario?

No es un detalle menor. El cristianismo, en su núcleo, coloca la dignidad del otro en el centro. Especialmente del diferente, del vulnerable. Sin embargo, lo que se percibe en este tipo de actos es otra cosa: una fe utilizada como decorado, como legitimación simbólica, pero desconectada de sus exigencias éticas más básicas.

A esta contradicción se suma un elemento aún más llamativo: la construcción de un relato político que ensalza sin matices a figuras de poder internacional como Donald Trump. María Corina Machado ha llegado a afirmar que el expresidente estadounidense arriesgó la vida de ciudadanos de su país por “salvar” Venezuela. Una afirmación que, como mínimo, resulta controvertida y difícil de sostener sin matices.

Más aún cuando ese respaldo ha ido acompañado de gestos simbólicos de gran carga política. La dirigente venezolana llegó a entregar su medalla vinculada al Nobel de la Paz a Trump como muestra de agradecimiento. Un gesto que muchos interpretan como una forma de subordinación política, difícil de conciliar con el discurso de soberanía que se defiende en paralelo.

La pregunta surge sola, casi inevitable: ¿qué significa defender la libertad de un país mientras se ensalza el papel de una potencia extranjera cuyos intereses —históricamente— han estado ligados a recursos estratégicos como el petróleo?

El contraste se acentúa aún más en el contexto madrileño. Durante estos días, Machado ha sido distinguida con la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid y la Llave de Oro de la ciudad. Reconocimientos institucionales que, en este contexto, abren una ironía difícil de esquivar: si un símbolo como un Nobel acabó en manos de Trump, ¿qué destino tendrán ahora estos nuevos galardones otorgados en nombre de la libertad?

Corina Machado le da su premio Nobel a Trump
Durante estos días, Machado ha sido distinguida con la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid y la Llave de Oro de la ciudad. Reconocimientos institucionales que, en este contexto, abren una ironía difícil de esquivar: si un símbolo como un Nobel acabó en manos de Trump, ¿qué destino tendrán ahora estos nuevos galardones otorgados en nombre de la libertad?

A todo ello se suma la cercanía cada vez más visible con sectores de la derecha y la ultraderecha española. Y aquí emerge otra contradicción de fondo: se habla de libertad, de derechos y de dignidad, mientras se comparten espacios con discursos que han sido duros —cuando no abiertamente hostiles— hacia la inmigración. En ese mismo acto estuvieron presentes dirigentes como Isabel Díaz Ayuso, Alberto Núñez Feijóo y otros representantes políticos de la ultraderecha española, que escucharon los cánticos y el tono del evento. Este hecho introduce una cuestión incómoda pero necesaria: el silencio o la falta de reacción ante determinadas expresiones también puede interpretarse como una forma de tolerancia —cuando no de complicidad— política.

No deja de ser paradójico. Muchos venezolanos en España han llegado en condiciones difíciles, buscando oportunidades, estabilidad, futuro. Son parte de esa realidad migrante que a menudo es utilizada como argumento político. Y, sin embargo, en estos escenarios, esa realidad parece diluirse entre consignas y alianzas.

No se trata de negar la legitimidad de la crítica política. En democracia, cuestionar al poder es necesario. Pero hay una línea que no debería cruzarse: la que separa la crítica de la deshumanización. Y cuando esa línea se traspasa, no se fortalece ninguna causa; se debilitan todas.

El lenguaje importa. Y mucho. Las palabras no son inocentes. Construyen marcos, legitiman actitudes, marcan límites. Llamar “mona” a una mujer en un acto político no es un exceso puntual: es una expresión cargada de historia, de racismo y de desprecio. Y normalizarla —aunque sea entre aplausos— tiene consecuencias.

En el fondo, lo que este episodio revela es algo más profundo: la distancia entre el discurso y la práctica. Entre el Evangelio citado y el comportamiento real. Entre la proclamación de valores y su aplicación concreta.

Porque invocar la fe no es neutro. Exige coherencia. Exige límites. Exige, en definitiva, que las palabras no se conviertan en un refugio cómodo mientras los hechos van por otro lado.

Madrid ha sido este fin de semana el escenario de esa tensión. Entre fe y poder. Entre moral proclamada y práctica efectiva. Y lo que deja no es una respuesta, sino una pregunta que resuena con fuerza:

¿puede hablarse de dignidad, de justicia y de valores cristianos mientras se aplaude el insulto, se relativiza el racismo y se guarda silencio ante él?

Porque al final, como recuerda el propio Evangelio —no como consigna, sino como exigencia—, no es en el discurso donde se reconoce la verdad, sino en los frutos. Y esos frutos, esta vez, resultan difíciles de bendecir.

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