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Cuando la Iglesia bendice al poder y los pobres pagan la factura

Una Iglesia que tiene palabras de comprensión para los poderosos, pero no la misma firmeza para defender a los pobres, debería preguntarse a quién está sirviendo realmente. Porque el día que las personas más vulnerables dejen de reconocerse en ella, no será el Evangelio quien les haya fallado, sino quienes dicen representarlo.

Obispos rezando por Trump
Obispos rezando por Trump

Hay imágenes que deberían incomodar a cualquier cristiano. La de varios obispos católicos rezando por Donald Trump en el Despacho Oval es una de ellas, especialmente cuando las políticas migratorias de su Administración golpean a personas vulnerables. Rezar por un gobernante es legítimo; convertir la cercanía con el poder en una imagen de respaldo, mientras se debilita la protección de los más necesitados, plantea otra cuestión. ¿Dónde queda la voz profética de una Iglesia que debe defender al débil incluso cuando eso significa enfrentarse al poderoso?

En Argentina, Javier Milei ha convertido la motosierra, la reducción del gasto público y el adelgazamiento del Estado en símbolos de su proyecto. Su Gobierno defiende el ajuste como vía para estabilizar la economía, pero sus consecuencias sociales exigen examinar qué ocurre con el empleo, los salarios y la pobreza. ¿Quién paga el precio de esa transformación y quién recoge sus beneficios?

En España, Isabel Díaz Ayuso no oculta su afinidad con ese universo ideológico. Su abrazo a Milei y la defensa de su proyecto expresan una proximidad política que va mucho más allá de un gesto protocolario. La motosierra que Milei ha convertido en emblema amenaza con trasladar a España una política en la que los servicios públicos y la protección social quedan subordinados a la lógica del mercado. Cuando se debilitan la sanidad, la educación y la atención a la dependencia, quienes más sufren son las familias trabajadoras y las personas que no pueden pagarse alternativas privadas. Mientras los más ricos pueden comprar esos servicios, los más pobres quedan cada vez más desprotegidos. No se puede hablar de libertad mientras se abandona a quienes carecen de medios para ejercerla.

Aquí aparece una contradicción especialmente dolorosa para los cristianos. ¿Cómo se puede proclamar la defensa de la vida y restar importancia a las condiciones materiales que permiten sostenerla? ¿Cómo se puede hablar de familia ignorando las dificultades de quienes no llegan a fin de mes? ¿Cómo se puede invocar la caridad sin cuestionar las estructuras que producen pobreza?

El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes, recordó que las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los pobres son también las de los seguidores de Cristo. Rerum novarum, de León XIII, defendió la dignidad de los trabajadores, mientras que Francisco, en Evangelii gaudium, denunció una economía que descarta a las personas. La doctrina social de la Iglesia no obliga a militar en la izquierda, pero tampoco permite convertir el mercado en un dios ni al pobre en una víctima colateral del ajuste.

Ayuso con Milei
Ayuso con Milei
La motosierra que Milei ha convertido en emblema amenaza con trasladar a España una política en la que los servicios públicos y la protección social quedan subordinados a la lógica del mercado. Cuando se debilitan la sanidad, la educación y la atención a la dependencia, quienes más sufren son las familias trabajadoras y las personas que no pueden pagarse alternativas privadas.

España, además, tiene memoria. El nacionalcatolicismo franquista mostró hasta dónde puede llegar la alianza entre la autoridad religiosa y el poder político cuando la fe se utiliza para legitimar una dictadura. Sectores importantes de la jerarquía eclesiástica contribuyeron a dar legitimidad religiosa al franquismo, aunque también hubo católicos, sacerdotes y comunidades que se enfrentaron a la dictadura y defendieron los derechos humanos. Los tiempos son distintos, pero la lección permanece: cuando la Iglesia confunde la defensa del Evangelio con la defensa de un proyecto político, corre el riesgo de abandonar precisamente a quienes más necesitan su protección.

Por eso resulta inquietante que algunos sectores eclesiales parezcan encontrar más motivos de entendimiento con dirigentes que exaltan la autoridad, el nacionalismo o el mercado que con quienes denuncian la desigualdad y defienden a los vulnerables. Esta contradicción interpela directamente al arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes. Si recurre a la imagen del «bombero incendiario» para denunciar a quienes agravan los conflictos, debería aplicar el mismo criterio a los dirigentes con los que comparte afinidades ideológicas. La voz profética de un obispo no puede ser firme con unos y complaciente con otros. Cuando la denuncia depende de quién gobierna, deja de ser profética y se vuelve selectiva.

Jesús Sanz
Jesús Sanz
Una Iglesia que tiene palabras de comprensión para los poderosos, pero no la misma firmeza para defender a los pobres, debería preguntarse a quién está sirviendo realmente. Porque el día que las personas más vulnerables dejen de reconocerse en ella, no será el Evangelio quien les haya fallado, sino quienes dicen representarlo.

No todos los fieles que se alejan de la Iglesia lo hacen por razones políticas, pero sería irresponsable ignorar el daño que produce la percepción de una institución más cercana a los poderosos que a quienes sufren. La caridad no puede ser una coartada para eludir la justicia, ni la doctrina social un adorno que se cita desde el altar y se olvida ante los despachos.

Porque una Iglesia que se acomoda al poder acaba perdiendo la autoridad moral para denunciar sus abusos. No basta con predicar la caridad los domingos si durante el resto de la semana se guarda silencio ante la injusticia. El Evangelio no necesita defensores que lo utilicen para justificar sus afinidades políticas, sino personas dispuestas a ponerlo en práctica, incluso cuando eso incomoda a los poderosos. Si la Iglesia no está del lado de quienes más sufren, tendrá que explicar de qué lado está.

El Evangelio no está para bendecir a Trump, legitimar las políticas de Milei o acompañar a Ayuso mientras se debilitan las redes de protección social. Está también para defender a quienes pasan hambre, pierden su empleo o no pueden pagar una vivienda. Una Iglesia que tiene palabras de comprensión para los poderosos, pero no la misma firmeza para defender a los pobres, debería preguntarse a quién está sirviendo realmente. Porque el día que las personas más vulnerables dejen de reconocerse en ella, no será el Evangelio quien les haya fallado, sino quienes dicen representarlo.

Nacional catolicismo
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