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La jerarquía eclesiástica y el inquietante cuchillo de pan de la acampada de Sol

La jerarquía eclesiástica vuelve a entrar en la polémica al poner el foco en la supuesta “violencia” de la acampada de Sol, donde hasta un cuchillo de pan parece suficiente para encender todas las alarmas. Mientras tanto, el relato sobre la protesta social se endurece, pero el análisis de sus causas sigue, curiosamente, en segundo plano.

Cesar García Magán

España ha descubierto una nueva categoría moral: el cuchillo de pan como amenaza al orden público. No importa que sirva para cortar una barra en una acampada; con el encuadre adecuado, puede convertirse en prueba de peligrosidad. La escena tiene algo de esperpento, pero funciona. Y cuando funciona, se repite.

La acampada de la Puerta del Sol, nacida tras un desahucio, ha sido sometida a un proceso acelerado de caricaturización. Desde el poder político se habla de alteración del turismo, de molestias al comercio, de activistas convertidos en figurantes incómodos. El problema no es que haya gente sin casa; el problema es que se les vea. Y para dejar de verlos, conviene etiquetarlos.

Ahí entra el viejo recurso: si no puedes negar el problema, cuestiona a quien lo señala. Si protesta, algo habrá hecho. Si se organiza, cuidado. Si acampa, sospechoso. Y si hay un cuchillo —aunque sea para cortar pan—, mejor todavía.

Acampada en sol
Cuando una institución parece más preocupada por el orden que por la justicia, por la imagen que, por la realidad, por la protesta que, por la causa, pierde algo más que credibilidad: pierde sentido.

En esta coreografía, la aportación de parte de la jerarquía eclesiástica resulta especialmente reveladora. El secretario general de la Conferencia Episcopal, César García Magán, advierte de episodios de violencia y recuerda que quien la ejerce “pierde la razón”. Afirmación impecable… en el vacío. El problema es cuando ese principio se aplica con bisturí fino hacia abajo y con guantes de seda hacia arriba.

Porque convendría afinar: ¿qué violencia cuenta y cuál se archiva en silencio? ¿La de una acampada que intenta sobrevivir o la de un sistema que expulsa a familias de sus casas? ¿La de una protesta visible o la de políticas que invisibilizan a quienes no encajan en el escaparate?

Porque convendría afinar: ¿qué violencia cuenta y cuál se archiva en silencio? ¿La de una acampada que intenta sobrevivir o la de un sistema que expulsa a familias de sus casas? ¿La de una protesta visible o la de políticas que invisibilizan a quienes no encajan en el escaparate?

La respuesta, de momento, parece clara: se vigila al pobre organizado y se observa con prudencia al poderoso desatado.

Mientras tanto, el contexto social sigue acumulando episodios que apenas parecen alterar el orden del debate público. En Ferrol, la sede de la Cruz Roja —y también una ambulancia de la organización— ha sido objeto de ataques con pintadas de carácter xenófobo y deshumanizador, en un clima de creciente hostilidad hacia entidades que trabajan directamente con personas vulnerables.Pero estos hechos, que afectan a la convivencia y a la solidaridad básica, no generan el mismo nivel de alarma institucional que una acampada o un cuchillo de pan.

Ataque a la cruz Roja en Ferrol

Y si alguien piensa que es una exageración, basta con escuchar algunas voces episcopales. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, lleva tiempo destacando por intervenciones públicas que, como mínimo, resultan difíciles de distinguir de ciertos marcos ideológicos muy concretos. Sus posicionamientos en debates políticos, sus críticas a determinadas políticas gubernamentales y algunas de sus expresiones sobre inmigración han generado polémica incluso dentro de la propia Iglesia.

No hace falta forzar las conclusiones: cuando un discurso coincide de forma recurrente con marcos propios de la derecha más dura, el efecto público es el que es. No es una cuestión de etiquetas, sino de cómo se percibe y se normaliza ese discurso.

Mientras tanto, el Evangelio, sin embargo, no deja margen para esa ambigüedad. “Bienaventurados los pobres…” (Lucas 6:20). “Fui forastero y no me acogisteis…” (Mateo 25:43). No hay notas al pie que digan “salvo que molesten al turismo”. No hay excepciones por ocupación del espacio público. No hay una cláusula que convierta la dignidad en algo subordinado al orden.

Jesús Sanz.
El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, lleva tiempo destacando por intervenciones públicas que, como mínimo, resultan difíciles de distinguir de ciertos marcos ideológicos muy concretos. Sus posicionamientos en debates políticos, sus críticas a determinadas políticas gubernamentales y algunas de sus expresiones sobre inmigración han generado polémica incluso dentro de la propia Iglesia.

Pero claro, el Evangelio tiene ese defecto: es poco práctico para la gestión del statu quo.

De ahí que cada vez más creyentes estén haciendo un movimiento silencioso pero significativo: se quedan con el mensaje y se alejan del mensajero institucional. No abandonan la fe, abandonan la intermediación que perciben como sesgada. Siguen leyendo a Jesús, pero cambian de canal cuando hablan quienes dicen representarlo.

No es un fenómeno marginal. Es una desafección que crece sin ruido, sin manifiestos, sin titulares. Una especie de huelga espiritual a la japonesa: se sigue creyendo, pero sin pasar por caja institucional.

Y no es difícil entender por qué. Cuando una institución parece más preocupada por el orden que por la justicia, por la imagen que, por la realidad, por la protesta que, por la causa, pierde algo más que credibilidad: pierde sentido.

El problema, conviene insistir, no es que la Iglesia entre en política. Es que entra de una manera peculiar: con lupa para los de abajo y con visión panorámica —y algo desenfocada— para los de arriba. Y así es complicado sostener una autoridad moral que aspire a algo más que a la inercia.

Mientras tanto, en Sol, la vida sigue. Hay tiendas, hay gente, hay precariedad y hay dignidad. No hay armas, por mucho que se fotografíen cuchillos de pan. Lo que hay es un conflicto que incomoda porque señala una verdad incómoda: que el derecho a la vivienda no está garantizado y que quien lo sufre ya no quiere sufrirlo en silencio.

Quizá por eso resulta tan urgente etiquetar la protesta como problemática. Porque si se acepta como legítima, obliga a responder. Y responder es más difícil que señalar.

Al final, todo se reduce a una cuestión de prioridades. ¿Qué escandaliza más: una acampada o un desahucio? ¿Un cuchillo de pan o una nevera vacía? La respuesta define algo más que una postura política. Define una forma de mirar el mundo.

Y, de momento, hay demasiados púlpitos que parecen haber elegido mirar hacia donde menos molesta.

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