Maricarmen murió sin volver a su hogar: el escándalo de una sociedad que desahucia la humanidad

La trágica muerte de Maricarmen a los 87 años interpela sin anestesia a una sociedad que mercantiliza la vivienda y a una Iglesia que corre el riesgo de callar ante la injusticia.

Maricarmen anciana desahuciada. Efe. Fernando Villar
Maricarmen anciana desahuciada. Efe. Fernando Villar

Maricarmen ha muerto a los 87 años, apenas once días después de ser expulsada de la casa en la que había vivido durante décadas. El 23 de septiembre tuvo que salir de su vivienda en Madrid en una camilla, porque su estado físico y emocional ya no le permitía afrontar aquella situación. Después llegó un acuerdo que podía haberle permitido regresar a su casa, pero llegó demasiado tarde. Maricarmen murió sin volver a entrar en aquel hogar que había sido suyo.

Ante una historia así resulta imposible no preguntarse qué sociedad estamos construyendo cuando hablamos de contratos y propiedades como si detrás de esas palabras no hubiera personas.

Porque una vivienda no es solamente una propiedad. Es un hogar, el lugar donde una persona construye su vida, guarda sus recuerdos y encuentra refugio y seguridad. Sin embargo, hemos llegado a convertir una necesidad humana básica en una mercancía más del mercado. La casa que para una persona es hogar, para otra puede convertirse simplemente en un activo que comprar, acumular y rentabilizar. Y cuando la vivienda deja de estar al servicio de las personas para convertirse ante todo en una fuente de beneficio, el problema ya no es solamente económico: es también moral y social. Porque una sociedad que permite que unos acumulen viviendas como inversión mientras otros no pueden permitirse un lugar digno donde vivir está aceptando que el derecho de propiedad pese más que la dignidad y la necesidad de quien no tiene dónde vivir.

las Politicas de la derecha
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También Isaías habló con una dureza que sigue siendo actual: «¡Ay de los que juntan casa con casa y añaden campo a campo hasta ocuparlo todo!» (Is 5,8). ¿No deberíamos escuchar esas palabras cuando las viviendas se acumulan como patrimonio mientras muchos no encuentran un lugar digno donde vivir?

El Evangelio tiene mucho que decir ante esta realidad. Jesús afirma: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). No es una frase para decorar una homilía. Debería estremecernos cuando hablamos de quienes no tienen dónde vivir. Jesús se pone del lado de quien no tiene techo y ha quedado fuera.

También Isaías habló con una dureza que sigue siendo actual: «¡Ay de los que juntan casa con casa y añaden campo a campo hasta ocuparlo todo!» (Is 5,8). ¿No deberíamos escuchar esas palabras cuando las viviendas se acumulan como patrimonio mientras muchos no encuentran un lugar digno donde vivir?

Y no hace falta mirar solo a los fondos buitre. En Ferrol conocemos viviendas en las que se alquilan habitaciones, algunas con baño propio, por precios que rondan los 400 euros, y otras en las que se van alquilando estancias una detrás de otra hasta obtener, en conjunto, mucho más de lo que costaría un alquiler razonable de la vivienda completa, mientras quienes pagan apenas disponen de espacios comunes. Puede ser legal. Pero que algo sea legal no significa automáticamente que sea justo. Como ya advertía el jurista romano Paulo: «No todo lo que es lícito es honesto». Y quizá esa debería ser una de las primeras preguntas que el Evangelio nos obligara a hacernos: no solo qué podemos hacer legalmente, sino si es moralmente aceptable lucrarnos de una necesidad tan básica como la vivienda.

Mons.Hélder Câmara
Mons.Hélder Câmara
No basta con hablar de familia, valores cristianos, solidaridad o defensa de la vida si después permanecemos en silencio ante quienes pierden su vivienda o no pueden pagar un alquiler. El Evangelio no nos permite seleccionar a qué pobres defendemos según nos resulte más cómodo políticamente.

Hélder Câmara lo expresó de manera magistral: «Si doy de comer a un pobre me llaman santo; si pregunto por qué no tiene comida, me llaman comunista». Ahí está la cuestión. Podemos organizar campañas de alimentos y colectas, y eso es necesario. Pero el Evangelio exige algo más: preguntar por las causas de la pobreza y por las estructuras que convierten la necesidad de unos en el beneficio de otros.

Por eso también hay que hablar de política. El pasado 2 de octubre, el Congreso rechazó dos decretos de vivienda aprobados por el Gobierno. Uno incluía medidas como la suspensión de determinados desahucios de personas vulnerables sin alternativa habitacional y la prórroga de alquileres. El decreto fue rechazado por 178 votos frente a 172, con el voto en contra de PP, Vox, Junts y UPN. Se puede discutir su eficacia o si existen mejores soluciones. Pero no deberíamos olvidar que las decisiones políticas tienen consecuencias concretas, especialmente para quienes menos capacidad tienen para defenderse.

Y aquí aparece una pregunta para la Iglesia: ¿de qué lado estamos cuando hablamos de los pobres?

Las políticas de Feijóo
Las políticas de Feijóo
El decreto fue rechazado por 178 votos frente a 172, con el voto en contra de PP, Vox, Junts y UPN. Se puede discutir su eficacia o si existen mejores soluciones. Pero no deberíamos olvidar que las decisiones políticas tienen consecuencias concretas, especialmente para quienes menos capacidad tienen para defenderse. Y aquí aparece una pregunta para la Iglesia: ¿de qué lado estamos cuando hablamos de los pobres?

No basta con hablar de familia, valores cristianos, solidaridad o defensa de la vida si después permanecemos en silencio ante quienes pierden su vivienda o no pueden pagar un alquiler. El Evangelio no nos permite seleccionar a qué pobres defendemos según nos resulte más cómodo políticamente.

También la Iglesia debería preguntarse qué rostro ofrece cuando algunos de sus pastores se acercan a determinados discursos políticos. El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, ha realizado intervenciones públicas de fuerte contenido político, incluidas posiciones muy duras sobre inmigración. Cada obispo tiene derecho a expresar sus opiniones, pero cuando habla un pastor, sus palabras afectan también a la imagen de la Iglesia y a su coherencia con el Evangelio.

Jesús dijo: «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35). En el juicio final no pregunta cuántas batallas culturales hemos ganado, sino si dimos de comer, acogimos, cuidamos y estuvimos junto al que sufría.

Jesús SAnz el "bombero verdadero" que pide el voto para vox
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La Iglesia necesita recuperar una voz profética que no consista en decir a los demás a quién votar, sino en recordar que ningún proyecto político está por encima de la dignidad humana y que ningún interés económico puede convertirse en un absoluto.

Maricarmen ya no podrá regresar a su casa. Esa es la tragedia que ninguna votación puede borrar. Su muerte debería obligarnos a mirar más lejos: ¿qué sociedad estamos construyendo? ¿Una sociedad en la que una casa sea un hogar o una inversión? ¿Una sociedad en la que los bienes estén al servicio de las personas o las personas al servicio de los bienes?

Maricarmen antes de su desahucio
Maricarmen antes de su desahucio
Como ya advertía el jurista romano Paulo: «No todo lo que es lícito es honesto». Y quizá esa debería ser una de las primeras preguntas que el Evangelio nos obligara a hacernos: no solo qué podemos hacer legalmente, sino si es moralmente aceptable lucrarnos de una necesidad tan básica como la vivienda.

Y para quienes nos llamamos cristianos queda una pregunta más incómoda: ¿qué hacemos con aquello que tenemos mientras nuestro hermano no tiene dónde reclinar la cabeza?

Porque quizá el verdadero escándalo de Maricarmen no sea solamente que una mujer de 87 años haya perdido su casa. El verdadero escándalo es que podamos contemplar su historia, escuchar el Evangelio y seguir pensando que todo esto no tiene nada que ver con nosotros.

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