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Entre el miedo y la humanidad: la frontera que nos define

Mientras algunos hablan de “invasión”, otros se juegan la vida en el mar por sobrevivir. La frontera no solo separa territorios: revela hasta qué punto hemos normalizado el miedo y olvidado la humanidad.

19 cadáveres en Ceuta
19 cadáveres en Ceuta

La reciente tragedia vivida en Ceuta, con al menos 19 personas fallecidas en su intento de cruzar desde Marruecos, no es solo un episodio más de presión migratoria: es un espejo incómodo que refleja quiénes somos como sociedad. Miles de personas —muchas de ellas jóvenes— se lanzan al mar sin saber nadar, impulsadas por la desesperación, el hambre o la falta de futuro. Frente a esta realidad, emergen dos reacciones: el miedo y la solidaridad. Y es precisamente en esa tensión donde se juega nuestra humanidad.

No se puede ignorar que la llegada masiva genera inquietud. Comerciantes que cierran, ciudadanos que sienten inseguridad, instituciones desbordadas. Todo eso es real y merece atención. Pero reducir a quienes llegan a “delincuentes” o “invasores” es profundamente injusto. La mayoría de estas personas no huyen hacia Europa por capricho, sino porque quedarse significa, muchas veces, no tener una vida digna.

Aquí resuena con fuerza el Evangelio: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me acogisteis” (Mateo 25,35). Esta llamada no distingue entre nacionales y extranjeros, sino que pone en el centro la dignidad humana.

Inmigrantes
Inmigrantes
La reciente tragedia vivida en Ceuta, con al menos 19 personas fallecidas en su intento de cruzar desde Marruecos, no es solo un episodio más de presión migratoria: es un espejo incómodo que refleja quiénes somos como sociedad. Miles de personas —muchas de ellas jóvenes— se lanzan al mar sin saber nadar, impulsadas por la desesperación, el hambre o la falta de futuro. Frente a esta realidad, emergen dos reacciones: el miedo y la solidaridad. Y es precisamente en esa tensión donde se juega nuestra humanidad.

La historia lo demuestra una y otra vez: la pobreza extrema es un caldo de cultivo para la violencia, pero también lo es la exclusión. Cuando una persona no tiene acceso a recursos básicos, educación o empleo, su margen de acción se reduce drásticamente. Sin embargo, confundir necesidad con criminalidad es un error grave. La inmensa mayoría de quienes migran lo hacen buscando trabajar, sobrevivir y ayudar a sus familias.

Por eso resulta preocupante el discurso que reclama “expulsiones en caliente” o el cierre absoluto de fronteras. Estas medidas, además de cuestionables desde el punto de vista legal y de derechos humanos, no resuelven el problema de fondo. Las fronteras pueden contener, pero no eliminan las causas que empujan a miles de personas a arriesgar la vida.

Jesús mismo advierte contra el rechazo al otro: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22,39). Y ese prójimo no es solo quien nos resulta cercano o cómodo, sino también el extranjero, el diferente, el que llama a nuestra puerta.

En este contexto, iniciativas como la de la diócesis de Cádiz y Ceuta, que ha organizado colectas para atender a las personas migrantes, han sido objeto de críticas. Algunos consideran incomprensible ayudar a quienes perciben como responsables del caos. Sin embargo, esta postura olvida algo esencial: la ayuda humanitaria no es un premio, sino una respuesta a la necesidad.

Negar esa ayuda no hará desaparecer a quienes llegan, pero sí aumentará su sufrimiento y, probablemente, la tensión social. Como recuerda el Evangelio: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5,7). La misericordia no es debilidad, sino una forma profunda de justicia.

solidaridad
solidaridad
Jesús mismo advierte contra el rechazo al otro: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22,39). Y ese prójimo no es solo quien nos resulta cercano o cómodo, sino también el extranjero, el diferente, el que llama a nuestra puerta. En este contexto, iniciativas como la de la diócesis de Cádiz y Ceuta, que ha organizado colectas para atender a las personas migrantes, han sido objeto de críticas. Algunos consideran incomprensible ayudar a quienes perciben como responsables del caos. Sin embargo, esta postura olvida algo esencial: la ayuda humanitaria no es un premio, sino una respuesta a la necesidad.

Además, la solidaridad no es incompatible con el orden. Se puede —y se debe— gestionar la llegada de migrantes con políticas claras, recursos suficientes y coordinación institucional. Pero esa gestión debe basarse en el respeto a la dignidad humana. Convertir el miedo en rechazo absoluto solo agrava el problema y erosiona los valores que sostienen la convivencia.

También conviene recordar que España es un país de emigrantes en su historia reciente. Millones de personas tuvieron que marcharse en busca de oportunidades y fueron acogidas en otros lugares. Olvidar ese pasado es perder perspectiva y caer en una visión reduccionista del presente.

Jesús lo expresó con radical claridad cuando dijo: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lucas 9,58). Esta imagen nos habla de la vulnerabilidad del que no tiene hogar, del que está en camino, del que depende de la acogida del otro.

El debate, por tanto, no debería centrarse en si ayudar o no, sino en cómo hacerlo mejor. ¿Cómo garantizar la seguridad sin renunciar a la humanidad? ¿Cómo integrar sin colapsar? ¿Cómo abordar las causas estructurales de la migración? Estas son las preguntas que requieren respuestas serias, lejos de los eslóganes simplistas.

No son basura
No son basura
La tragedia de Ceuta no debería servir para alimentar el odio, sino para impulsar una reflexión profunda. Nadie se lanza al mar por gusto. Nadie arriesga su vida si tiene una alternativa real. Entender esto no significa justificarlo todo, pero sí obliga a mirar más allá del miedo. Quizá la clave esté en reconocer que la seguridad y la solidaridad no son enemigas, sino dos caras de una misma responsabilidad colectiva.

Porque, en el fondo, lo que está en juego no es solo la gestión de una frontera, sino el tipo de sociedad que queremos ser. Una que levanta muros cada vez más altos, o una que, sin renunciar al orden, mantiene abiertas las puertas de la compasión.

La tragedia de Ceuta no debería servir para alimentar el odio, sino para impulsar una reflexión profunda. Nadie se lanza al mar por gusto. Nadie arriesga su vida si tiene una alternativa real. Entender esto no significa justificarlo todo, pero sí obliga a mirar más allá del miedo.

Quizá la clave esté en reconocer que la seguridad y la solidaridad no son enemigas, sino dos caras de una misma responsabilidad colectiva. Y que, ante el sufrimiento humano, la indiferencia nunca puede ser la respuesta.

Porque al final, no será la fuerza de nuestras fronteras lo que nos defina, sino la altura de nuestra compasión. Y entonces quedará la pregunta esencial: ¿fuimos capaces de reconocer al ser humano que llamaba a nuestra puerta, o preferimos no abrir? En esa respuesta, silenciosa pero decisiva, se juega verdaderamente nuestra dignidad.

No sobran
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