Milei, Abascal y el Evangelio ante el espejo de los pobres
Milei vuelve a España para abrazarse a una derecha que habla mucho de libertad y poco de quienes no pueden llegar a fin de mes. Mientras él presume de su revolución económica y Abascal y Ayuso lo reciben con los brazos abiertos, el Evangelio sigue haciendo una pregunta incómoda: ¿qué lugar ocupan los pobres en ese proyecto de sociedad?
Javier Milei volverá a España el próximo 19 de octubre, en plena campaña para las elecciones generales del 29 de noviembre. Será su séptima visita desde que llegó a la Casa Rosada y su presencia adquiere una evidente dimensión política por la relación que mantiene con Santiago Abascal y por la proximidad que también ha mostrado con Isabel Díaz Ayuso. El presidente argentino se ha convertido en uno de los principales referentes internacionales de una derecha que ha hecho de la batalla cultural, la reducción del Estado y una determinada concepción de la libertad económica algunas de sus principales banderas.
Argentina es, en este sentido, un laboratorio político que merece ser observado con atención. Sería injusto negar que el Gobierno de Milei ha conseguido reducir de manera muy importante la inflación respecto a los niveles extraordinarios que sufrió el país. Pero una economía no puede medirse solamente por el comportamiento de los precios. También hay que mirar los salarios, el empleo, la pobreza, la vivienda y las condiciones de vida de las familias. Los últimos datos disponibles sitúan la pobreza en el 32,3% y la indigencia en el 7,5%, mientras la precariedad laboral ronda el 45%.
Detrás de esas cifras hay personas que siguen teniendo dificultades para llegar a fin de mes y trabajadores que desarrollan su actividad sin las garantías de un empleo formal. Por eso la discusión sobre el modelo de Milei no debería quedarse en si ha conseguido estabilizar determinadas variables económicas. También debe preguntarse quién soporta los costes de esa estabilización y quién se beneficia de ella.
Y es precisamente aquí donde resulta inevitable acudir a la Doctrina Social de la Iglesia. Gaudium et spes, la Constitución pastoral del Concilio Vaticano II, afirma en su número 63 que “el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social”. No es una frase decorativa. Es un criterio para juzgar cualquier modelo económico: la economía está al servicio de la persona y no la persona al servicio de la economía.
El mismo documento denuncia que el desarrollo económico puede acabar aumentando las desigualdades y advierte del contraste entre quienes viven en la opulencia y quienes carecen de lo necesario. En el número 66 reclama que desaparezcan las enormes diferencias económicas y sociales y recuerda que los trabajadores procedentes de otros países deben ser tratados como personas y no como simples instrumentos de producción.
Y cuando llega al trabajo, Gaudium et spes es todavía más contundente: reconoce el derecho al trabajo, reclama una remuneración que permita al trabajador y a su familia una vida digna y afirma que resulta injusto e inhumano organizar la actividad económica perjudicando a los trabajadores.
“Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis” (Mt 25, 35). Esa es una de las páginas más incómodas del Evangelio para cualquier proyecto político que pretenda hablar en nombre del cristianismo mientras considera al pobre, al extranjero o al trabajador precario como un problema secundario.
Todo esto debería formar parte del debate cuando Milei llegue a España para encontrarse con dirigentes como Abascal y Ayuso. Porque el Evangelio tampoco ofrece mucho espacio para una política que coloque a los pobres en los márgenes de sus preocupaciones. Cuando Jesús habla del juicio final, en el Evangelio de Mateo, no pregunta por la rentabilidad de una economía ni por el tamaño del Estado. Pregunta si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, acogimos al extranjero y atendimos al enfermo y al preso.
“Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis” (Mt 25, 35). Esa es una de las páginas más incómodas del Evangelio para cualquier proyecto político que pretenda hablar en nombre del cristianismo mientras considera al pobre, al extranjero o al trabajador precario como un problema secundario.
También por eso resulta relevante el debate sobre la llamada “prioridad nacional” que Vox ha incorporado a sus propuestas sobre ayudas sociales, vivienda e inmigración. León XIV no ha declarado literalmente que esa propuesta sea incompatible con la doctrina católica, y no sería correcto atribuirle una afirmación semejante. Pero sí ha defendido reiteradamente que la dignidad humana es universal y que la discriminación por razón del origen contradice esa dignidad. En septiembre de 2026, al comentar Gaudium et spes, recordó precisamente que la igualdad fundamental de todos exige superar las discriminaciones y trabajar por la justicia social.
Milei, Abascal y Ayuso pueden defender legítimamente sus proyectos políticos. Pero si pretenden además reivindicar una tradición cristiana, tendrán que enfrentarse a una pregunta que no procede de ninguna ideología de izquierdas, sino del propio Evangelio: qué lugar ocupa el pobre en el modelo de sociedad que proponen.
La cuestión, por tanto, no es si un Estado puede ordenar sus políticas sociales o establecer prioridades. La cuestión es qué ocurre cuando la nacionalidad empieza a utilizarse como criterio para separar a quienes merecen protección de quienes deben quedar al margen. Gaudium et spes recuerda que el bien común no se limita a un grupo determinado, sino que debe tener en cuenta “el bien común de toda la familia humana”.
León XIV ha retomado esa misma tradición. En su encíclica Magnifica humanitas advierte que no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada si después se acepta que millones de personas permanezcan sin trabajo digno, sin protección y sin acceso a los bienes fundamentales.
Ahí está el punto central. La libertad económica no puede convertirse en una coartada para ignorar la pobreza. La reducción del Estado no puede convertirse en la desaparición de la responsabilidad social. Y la defensa de la patria no puede significar olvidar la dignidad de quien llega de otro país buscando una vida mejor.
España tiene problemas reales de vivienda, empleo, salarios, inmigración y desigualdad. Ninguno se resolverá convirtiendo al inmigrante en culpable de todos los males ni presentando a los trabajadores pobres como una consecuencia inevitable del funcionamiento de la economía. Tampoco se resolverán con consignas.
León XIV ha retomado esa misma tradición. En su encíclica Magnifica humanitas advierte que no basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada si después se acepta que millones de personas permanezcan sin trabajo digno, sin protección y sin acceso a los bienes fundamentales.
La Evangelii gaudium de Francisco lo expresó con una claridad que sigue teniendo plena vigencia: “La inequidad es raíz de los males sociales” y la dignidad de cada persona y el bien común deberían estructurar toda política económica.
Por eso el viaje de Milei a España no debería analizarse solamente desde la estrategia electoral. También ofrece la oportunidad de confrontar dos maneras de entender la sociedad. Una pone el acento en la libertad individual, el mercado y la reducción del Estado; la otra, desde la tradición cristiana, recuerda que la economía tiene que estar subordinada a la dignidad humana, al trabajo digno, a la solidaridad y al bien común.
Milei, Abascal y Ayuso pueden defender legítimamente sus proyectos políticos. Pero si pretenden además reivindicar una tradición cristiana, tendrán que enfrentarse a una pregunta que no procede de ninguna ideología de izquierdas, sino del propio Evangelio: qué lugar ocupa el pobre en el modelo de sociedad que proponen.
Porque, al final, la cuestión no es cuánto crece una economía ni cuánto se reduce un presupuesto. La cuestión es si ese crecimiento permite que las personas vivan con dignidad. Y ante esa pregunta, el Evangelio, Gaudium et spes y toda la Doctrina Social de la Iglesia ofrecen una respuesta que difícilmente puede ser ignorada: el ser humano está por encima de la economía, el trabajo tiene dignidad y los más vulnerables no pueden quedar abandonados a su suerte.