Mondoñedo-Ferrol: el paso necesario hacia un laicado protagonista

La Iglesia no se renueva solo ajustando estructuras, sino redescubriendo la mirada creyente sobre el mundo.

Y en esa tarea, el laicado no es periferia: es lugar decisivo de interpretación y de misión.

Mondoñedo
Mondoñedo

La institución de lectores, acólitos y catequistas en la diócesis de Mondoñedo-Ferrol constituye, sin duda, un signo elocuente de vida eclesial y de compromiso. Es un paso que merece ser reconocido, no solo por lo que supone en sí mismo —la formación y el envío de laicos para el servicio de la comunidad—, sino también por lo que expresa como voluntad de implicar más activamente al laicado en la vida de la Iglesia. Con prudencia y sentido pastoral, se ha querido poner en valor una dimensión concreta de ese compromiso, sabiendo que los procesos verdaderos no se imponen, sino que maduran.

Sin embargo, conviene recordar —precisamente para situar bien este paso— que esta dimensión, siendo importante, no agota ni define lo esencial de la vocación laical. El servicio en el ámbito litúrgico y catequético forma parte de la vida de la Iglesia, pero el horizonte propio del laico es más amplio y más exigente: se juega, sobre todo, en su presencia y misión en medio del mundo.

Pero todo paso eclesial, si quiere ser fecundo, invita también a una reflexión más profunda. Porque lo que está en juego no es únicamente la organización interna de las comunidades, sino la comprensión misma de la vocación del laico en la Iglesia y en el mundo.

Testigos de la fe
Testigos de la fe
El servicio en el ámbito litúrgico y catequético forma parte de la vida de la Iglesia, pero el horizonte propio del laico es más amplio y más exigente: se juega, sobre todo, en su presencia y misión en medio del mundo.

Durante siglos, de manera casi imperceptible, muchos laicos han sido educados en una lógica concreta: la de recibir la fe y la interpretación de la realidad principalmente a través de mediaciones eclesiales de carácter clerical. Esta forma de situarse ha dado frutos, sin duda, pero también ha generado una consecuencia no menor: una cierta dificultad para leer la realidad desde la propia experiencia creyente en medio del mundo.

No es una crítica, sino una constatación histórica. En muchos casos, el laico ha aprendido a escuchar antes que a discernir, a recibir antes que, a interpretar, a aplicar antes que a dialogar. Y, sin embargo, el mundo en el que vive —complejo, cambiante, herido y esperanzado al mismo tiempo— no puede ser comprendido únicamente desde esquemas descendentes.

El Concilio Vaticano II abrió con claridad esta puerta al afirmar que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias del mundo son también los de los discípulos de Cristo. Es decir, que el lugar teológico del laico no está fuera del mundo, sino en él. Y desde ahí, precisamente desde ahí, está llamado a mirar también hacia Dios.

Por eso, la tarea que se abre ante el laicado es inmensa. No habrá concluido mientras el mundo sea mundo, porque consiste en algo tan exigente como necesario: aprender a partir de la realidad concreta —la vida, el trabajo, la cultura, el sufrimiento, la alegría— para releer desde ahí la fe. No en oposición a ella, sino en diálogo profundo.

Este cambio de dirección no es sencillo. Supone un verdadero desplazamiento interior. Pasar de recibir la verdad a buscarla también en la historia humana iluminada por el Evangelio. Supone reconocer que Dios no solo habla “desde arriba”, sino también en lo cotidiano, en lo frágil, en lo inacabado. Como sugiere el Evangelio, “el Reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra… y la semilla germina y crece sin que él sepa cómo” (cf. Mc 4,26-27).

Todos somos sacerdotes
Todos somos sacerdotes
El Papa Francisco insistió en la necesidad de superar toda forma de clericalismo. Y no solo como una cuestión estructural, sino como una actitud espiritual. Creer que el descentramiento no empobrece, sino que libera.

Ahí radica una dimensión esencial de la esperanza cristiana. Porque la esperanza no es evasión ni refugio, sino capacidad de descubrir sentido allí donde aparentemente no lo hay.

En este contexto, la llamada al servicio —tan presente en la tradición cristiana— adquiere una profundidad nueva. Es fácil afirmar que el ministerio ordenado es servicio; lo difícil es vivir las consecuencias de esa afirmación. Porque servir de verdad implica descentramiento, renuncia a ocupar el centro, apertura a que otros también sean lugar de verdad.

Aquí se abre un desafío delicado, pero profundamente evangélico. El Papa Francisco insistió en la necesidad de superar toda forma de clericalismo. Y no solo como una cuestión estructural, sino como una actitud espiritual. Creer que el descentramiento no empobrece, sino que libera.

Para los ministros ordenados, esto supone una apuesta exigente: atreverse a confiar en que la verdad de Dios puede emerger también en la experiencia concreta de las personas y comunidades, incluso cuando no coincide exactamente con esquemas previos. No se trata de relativizar la fe, sino de permitir que se encarne.

Para los laicos, el reto es igualmente profundo. No podrán afirmar plenamente su dignidad y responsabilidad eclesial sin asumir el riesgo de pensar, discernir y actuar desde su lugar propio en el mundo. Esto implica, inevitablemente, revisar ciertas dinámicas de relación entre clero y laicado que han quedado ancladas en otros contextos históricos.

No se trata de confrontación, sino de maduración. Unidos por una misma esperanza, —laicos y ministros ordenados— participamos de una misión común. Una misión en la que no hay “arriba” y “abajo” en términos de valor o dignidad, sino diversidad de funciones al servicio de un mismo Evangelio.

Clericalismo
Clericalismo
Es fácil afirmar que el ministerio ordenado es servicio; lo difícil es vivir las consecuencias de esa afirmación. Porque servir de verdad implica descentramiento, renuncia a ocupar el centro, apertura a que otros también sean lugar de verdad.

En el fondo, de lo que se trata es de algo profundamente pascual. La Pascua no solo es un acontecimiento litúrgico, sino una fuerza liberadora que transforma la historia. Sacramentalizar esa fuerza en el mundo significa reconocer que, gracias a ella, la humanidad está llamada a escribir una historia que sea, verdaderamente, historia de salvación.

Este proceso no será inmediato ni exento de tensiones. Todo cambio de rumbo modifica el recorrido, aunque el destino sea el mismo. Pero quizá ahí reside precisamente su verdad: no se trata de cambiar la meta, sino de aprender a caminar de otra manera.

Iniciativas como las vividas recientemente en Mondoñedo-Ferrol deben ser leídas en esa clave. Son pasos valiosos, necesarios, pero abiertos. Forman parte de un camino más amplio en el que la Iglesia entera está llamada a redescubrir su rostro.

Y ese rostro será más fiel al Evangelio en la medida en que el laico deje de ser solo receptor y se convierta también en intérprete creyente de la realidad, y en la medida en que el ministerio ordenado encuentre en ese proceso no una amenaza, sino una oportunidad.

Porque, en definitiva, la verdad del Evangelio no se impone desde arriba ni se construye solo desde abajo: se descubre en el encuentro entre Dios y la historia humana. Y ahí, precisamente ahí, todos estamos llamados a participar.

También te puede interesar

Lo último

stats