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El obispo Juan Carlos Elizalde y el púlpito como arma política: cuando la Iglesia utiliza el Evangelio

El púlpito no es una tribuna política, y cuando se usa como tal, el mensaje del Evangelio se desvirtúa.

La autoridad moral de la Iglesia se resquebraja cuando olvida que su lugar está junto a los más vulnerables, no en la confrontación ideológica.

El obispo Elizalde "utiliza el Púlpito para hacer política"

El nombre de Juan Carlos Elizalde no ha pasado desapercibido en los últimos días, y no precisamente por una labor pastoral centrada en el consuelo, la justicia o la cercanía con los más vulnerables. Su intervención en la homilía de San Prudencio ha reabierto un debate incómodo pero necesario: ¿qué hace un obispo utilizando el pulpito para lanzar ataques políticos en lugar de anunciar el mensaje del Evangelio? La pregunta no es importante, porque lo que está en juego no es solo una opinión puntual, sino la credibilidad misma de una Iglesia que se debate entre el servicio y el poder.

Hay momentos en los que una institución revela con claridad en qué lugar ha decidido situarse. No hacen falta largos análisis ni interpretaciones complejas: basta con escuchar, con observar, con atender al tono y al contenido. Lo ocurrido recientemente en Vitoria-Gasteiz no es un hecho aislado ni anecdótico. Es, más bien, el síntoma de una enfermedad antigua: la tentación persistente de confundir el mensaje evangélico con la lucha por el poder.

Que parte de los asistentes decidieran abandonar la iglesia durante la homilía no debería sorprender a nadie. Al contrario, debería invitar a una reflexión seria dentro de la propia institución eclesiástica. Cuando el púlpito se convierte en tribuna política, deja de ser espacio de encuentro espiritual para transformarse en un escenario de confrontación ideológica. Y eso, lejos de acercar a las personas, las expulsa.

El mensajde de las iglesias vacías
Quizá ha llegado el momento de asumir una verdad incómoda: el problema no es que la Iglesia hable de política, sino cómo y para qué lo hace. Si lo hace para defender a los débiles, para denunciar injusticias concretas, para promover derechos humanos, entonces cumple una función necesaria. Pero si lo hace para intervenir en luchas partidistas, para reforzar discursos ideológicos o para preservar su influencia, entonces se aleja de aquello que dice representar. Y la gente lo percibe. Por eso se levanta y se va. No por falta de fe, sino por exceso de incoherencia.

Se podrá argumentar que la Iglesia “debe” pronunciarse sobre cuestiones sociales y políticas. Y es cierto. Pero no de cualquier manera, ni en cualquier lugar. No desde la lógica del poder, no desde el ataque partidista, no desde la alineación con intereses concretos. Si algo muestran los Evangelios es que Jesús no utilizó su palabra para reforzar estructuras de dominación ni para legitimar proyectos políticos concretos. Su mensaje fue radicalmente distinto: poner en el centro a las personas, especialmente a las más vulnerables.

La célebre frase “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” no es una invitación a la indiferencia, sino una advertencia clara: no mezclar lo que pertenece al ámbito del poder con lo que pertenece al ámbito de la conciencia y la dignidad humana. Sin embargo, una y otra vez, sectores de la jerarquía eclesiástica parecen ignorar esta distinción básica.

Resulta especialmente llamativo que se lancen críticas tan duras contra un gobierno democrático mientras se pasa por alto —o se relativiza— el sufrimiento concreto de las personas. Porque más allá de discursos ideológicos, la realidad es tozuda. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que personas con escasos recursos tenían que elegir entre comer o comprar medicamentos. Esa no es una abstracción teórica, es una experiencia vivida por miles de ciudadanos.

Hoy, con medidas como el ingreso mínimo vital, se ha avanzado —con todas sus limitaciones— en la protección de quienes más lo necesitan. Que una persona pueda acudir a una farmacia y obtener sus medicamentos sin depender de la caridad o del favor de terceros no es un detalle pequeño: es una cuestión de dignidad. Y es precisamente en ese terreno donde debería situarse la voz de la Iglesia si quiere ser fiel a su propio mensaje.

Ingreso Mínimo Vital
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que personas con escasos recursos tenían que elegir entre comer o comprar medicamentos. Esa no es una abstracción teórica, es una experiencia vivida por miles de ciudadanos. Hoy, con medidas como el ingreso mínimo vital, se ha avanzado —con todas sus limitaciones— en la protección de quienes más lo necesitan. Que una persona pueda acudir a una farmacia y obtener sus medicamentos sin depender de la caridad o del favor de terceros no es un detalle pequeño: es una cuestión de dignidad. Y es precisamente en ese terreno donde debería situarse la voz de la Iglesia si quiere ser fiel a su propio mensaje.

Porque si algo deja claro el Evangelio es que el criterio último no es la pureza doctrinal ni la defensa de estructuras, sino el trato concreto al prójimo. “Tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis”. No hay ambigüedad posible. No hay excusas.

Sin embargo, lo que demasiadas veces se percibe es lo contrario: una Iglesia preocupada por preservar su influencia, por mantener privilegios, por intervenir en debates políticos desde una posición de autoridad moral que cada vez resulta menos convincente. Y mientras tanto, se produce un fenómeno silencioso pero constante: el alejamiento de la gente.

No es casualidad que incluso dentro de la propia Iglesia surjan voces críticas, como la de decenas de sacerdotes que denuncian dinámicas internas que debilitan la participación, utilizan y frecuentemente marginan a las mujeres y rompen la cohesión comunitaria. Cuando la institución se convierte en un espacio de imposición en lugar de diálogo, el mensaje pierde credibilidad.

Hay aquí una cuestión de fondo que no se puede eludir: la dificultad creciente de encontrar a Dios dentro de estructuras que parecen más preocupadas por el control que por el servicio. Para muchas personas, la experiencia espiritual se ha desplazado fuera de los templos, hacia espacios donde el ruido del dogma no ahoga la búsqueda personal.

Y esto no es necesariamente una tragedia; puede ser, de hecho, una oportunidad. Porque obliga a replantear lo esencial. ¿Qué significa realmente creer? ¿Dónde se encuentra lo divino? ¿En la repetición de ritos o en el compromiso con la vida concreta de las personas?

La respuesta, para quien quiera verla, está en el propio núcleo del cristianismo: servir al ser humano es la forma más auténtica de dar culto a Dios. No hay otra. Todo lo demás —dogmas, normas, estructuras— debería estar al servicio de ese principio, no sustituirlo.

Por eso resulta tan problemático cuando se insiste en una religiosidad centrada en los ritos, el culto vacío, en la moral impuesta, en la autoridad incuestionable. Porque entonces se produce una inversión peligrosa: los medios se convierten en fines y el mensaje original queda distorsionado.

Decir que es más importante amar al ser humano que amar a Dios puede parecer provocador, pero en realidad no lo es. Amar al ser humano es, precisamente, la única forma verificable de amar a Dios. Lo demás puede ser discurso, puede ser apariencia, puede ser incluso autoengaño.

Amar al hermano
¿Qué significa realmente creer? ¿Dónde se encuentra lo divino? ¿En la repetición de ritos o en el compromiso con la vida concreta de las personas?

“Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso”. La contundencia de esta afirmación no deja margen para interpretaciones cómodas. No basta con rezar, no basta con asistir a ceremonias, no basta con proclamarse creyente. La medida es otra: la relación con el otro, con el prójimo, con el vulnerable.

En este contexto, utilizar una homilía para atacar a un gobierno democrático —sea cual sea su signo— no solo es inapropiado, sino profundamente contradictorio con el espíritu evangélico. Porque desplaza el foco desde las personas hacia el poder, desde la compasión hacia la confrontación.

Quizá ha llegado el momento de asumir una verdad incómoda: el problema no es que la Iglesia hable de política, sino cómo y para qué lo hace. Si lo hace para defender a los débiles, para denunciar injusticias concretas, para promover derechos humanos, entonces cumple una función necesaria. Pero si lo hace para intervenir en luchas partidistas, para reforzar discursos ideológicos o para preservar su influencia, entonces se aleja de aquello que dice representar.

Y la gente lo percibe. Por eso se levanta y se va. No por falta de fe, sino por exceso de incoherencia.

Amar al Prójimo como a uno mismo

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