Cuando los pastores se convierten en gestores: el silencio que vacía a la Iglesia

La Iglesia dice escuchar, pero cada vez más voces aseguran que nadie responde.

Lo que está en juego ya no es un caso: es la credibilidad entera.

El papa y la renuncia de Zornoza
El papa y la renuncia de Zornoza

Hay una sensación cada vez más extendida entre muchos creyentes: hablamos, denunciamos, escribimos… y no pasa nada. Las palabras caen en un vacío que no produce ningún eco. No es solo frustración; es algo más profundo: la percepción de que la Iglesia institucional ha aprendido a convivir con el conflicto sin dejarse interpelar por él.

No siempre fue así. En los orígenes del cristianismo, la tensión formaba parte de la vida misma de la comunidad. Los primeros creyentes no eran un bloque homogéneo ni un sistema perfectamente organizado. Al contrario, había conflictos, incomodidades y rupturas reales. Los judeo-helenistas, por ejemplo, no encajaban del todo en la primera comunidad de Jerusalén. Se sintieron desplazados, incomprendidos, y acabaron saliendo. Y, sin embargo, fueron ellos quienes llevaron el mensaje más allá, quienes abrieron caminos nuevos.

También la vida de San Pablo está atravesada por esa tensión. Hoy algunos lo consideran casi el gran arquitecto del cristianismo, pero en su tiempo fue cuestionado, discutido y, en muchos casos, rechazado por sus propios hermanos en la fe. No encajaba en una Iglesia cerrada sobre sí misma, que esperaba el final de los tiempos sin arriesgarse a transformar la realidad.

Esa tensión entre apertura y control no ha desaparecido. Pero ha cambiado de forma. Con el paso de los siglos, especialmente cuando la Iglesia se vinculó al poder y a la estructura del mundo, los pastores fueron dejando de ser enviados para convertirse, poco a poco, en gestores. Y ese cambio no es solo organizativo: es profundamente espiritual.

Rafael Zornoza y Valdivia
Rafael Zornoza y Valdivia
En La próxima visita del Papa León XIV a España. Se prepararán actos, se cuidarán los gestos y se repetirán palabras necesarias como “misericordia”, “escucha, diálogo” o “periferias”. Pero la cuestión de fondo sigue siendo otra: si esa visita servirá también para mirar de frente estas situaciones concretas de injusticia que están alejando silenciosamente a muchas personas de la Iglesia.

El gestor administra, conserva, protege. El pastor, en cambio, se expone, arriesga, sale al encuentro. Cuando la lógica de la gestión se impone sobre la del envío, la Iglesia empieza a mirarse a sí misma más de lo que mira al mundo. Se vuelve autorreferencial, defensiva, preocupada por su funcionamiento interno más que por su misión.

Por eso no es extraño que, cuando surgen voces que incomodan —ya sea denunciando injusticias, señalando abusos o simplemente pidiendo coherencia—, la reacción no sea la escucha, sino el silencio. Un silencio que no siempre es explícito, pero que se traduce en procesos que no avanzan, respuestas que no llegan o decisiones que parecen ignorar el fondo del problema.

Rafael Vez Palomino
Rafael Vez Palomino
El gestor administra, conserva, protege. El pastor, en cambio, se expone, arriesga, sale al encuentro. Cuando la lógica de la gestión se impone sobre la del envío, la Iglesia empieza a mirarse a sí misma más de lo que mira al mundo. Se vuelve autorreferencial, defensiva, preocupada por su funcionamiento interno más que por su misión. Por eso no es extraño que, cuando surgen voces que incomodan —ya sea denunciando injusticias, señalando abusos o simplemente pidiendo coherencia—, la reacción no sea la escucha, sino el silencio.

En este contexto se sitúan casos concretos que han suscitado controversia en el ámbito eclesial, como el del canónigo Rafael Vez Palomino, cuya situación ha sido objeto de debate en distintos foros. Más allá de las particularidades jurídicas de cada caso, lo que emerge es una percepción compartida por muchos: la dificultad de que determinadas denuncias o cuestionamientos sean realmente escuchados dentro de las estructuras institucionales.

Esa experiencia de no ser escuchados no es anecdótica. La viven quienes alzan la voz en defensa de la justicia dentro de la Iglesia, pero también —y de forma aún más dramática— las víctimas de abusos, que durante años han encontrado más obstáculos que acogida, más protección institucional que búsqueda sincera de la verdad.

Victimas de la Iglesia
Victimas de la Iglesia

Se genera así una dinámica preocupante: quien denuncia se desgasta, quien sufre se cansa, y quien tiene la capacidad de decidir se acostumbra a no responder. Y poco a poco, sin necesidad de grandes escándalos, se instala una cultura de indiferencia que es profundamente corrosiva.

En ese contexto, la figura del pastor auténtico se vuelve incómoda. Lo fue en su momento para hombres como Pedro Casaldáliga, Óscar Romero, Samuel Ruiz, o Ernesto Cardenal. No encajaban en una lógica de gestión, porque hablaban desde el conflicto, desde la denuncia, desde una fidelidad al Evangelio que no siempre coincidía con la tranquilidad institucional. Fueron cuestionados en vida y, en muchos casos, reconocidos solo cuando ya no podían incomodar.

Ese patrón se repite. La Iglesia institucional tolera mejor la memoria que la profecía. Es más fácil homenajear a un profeta muerto que escuchar a uno vivo. Porque el vivo interpela, cuestiona, desestabiliza. El muerto, en cambio, puede ser integrado sin riesgo.

Monseñor Romero
Monseñor Romero
En ese contexto, la figura del pastor auténtico se vuelve incómoda. Lo fue en su momento para hombres como Pedro Casaldáliga, Óscar Romero, Samuel Ruiz, o Ernesto Cardenal. No encajaban en una lógica de gestión, porque hablaban desde el conflicto, desde la denuncia, desde una fidelidad al Evangelio que no siempre coincidía con la tranquilidad institucional. Fueron cuestionados en vida y, en muchos casos, reconocidos solo cuando ya no podían incomodar.

Y ahí aparece uno de los problemas más serios del momento actual: cuando quienes tienen responsabilidad en la Iglesia actúan más como gestores que como enviados, pierden el lenguaje de la fe viva. Pueden administrar estructuras, organizar actos, redactar documentos… pero les cuesta escuchar el sufrimiento real, dialogar con quienes están fuera o responder a las preguntas incómodas.

El resultado es una Iglesia que habla, pero no comunica; que decide, pero no convence; que actúa, pero no siempre transmite justicia. Y eso tiene consecuencias. Porque la credibilidad no se pierde solo por grandes errores, sino también por la acumulación de pequeñas desconexiones.

Mientras tanto, la base creyente cambia. Ya no es una mayoría sociológica que acepta sin cuestionar. Es una minoría más consciente, más crítica, que no entiende por qué las denuncias parecen no tener efecto, por qué las injusticias no se corrigen o por qué quienes alzan la voz son percibidos como molestos en lugar de necesarios.

En este punto, la referencia al Evangelio deja de ser decorativa para volverse decisiva. Porque el Evangelio no es un conjunto de ideas piadosas, sino una forma concreta de situarse ante la realidad. Y esa forma tiene rasgos muy claros: escucha al que sufre, confronta al poder cuando se desvía y pone siempre en el centro a la persona, no a la institución.

Jesús no construyó una estructura cerrada ni protegió su autoridad evitando el conflicto. Al contrario, entró en conflicto precisamente con quienes habían convertido la religión en un sistema de control. Denunció a quienes usaban la ley para justificar su posición y olvidaban su sentido más profundo. Y lo hizo con palabras duras, sin matices, sin refugiarse en equilibrios diplomáticos.

Por eso resulta inquietante cuando la Iglesia da la impresión de funcionar en sentido contrario: más preocupada por proteger su funcionamiento que por corregir sus desviaciones, más atenta a su imagen que a la experiencia real de quienes sufren dentro de ella.

No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar la complejidad de una institución global. Pero sí de recordar algo esencial: la Iglesia no existe para gestionarse a sí misma, sino para ser signo de algo que la supera. Y cuando ese signo se oscurece, no basta con mantener las estructuras funcionando.

Hace falta algo más difícil: escuchar de verdad, corregir lo que no funciona y aceptar que la crítica, incluso la más incómoda, puede ser una forma de fidelidad. Porque muchas veces quienes denuncian no están contra la Iglesia, sino contra aquello que a la misma Iglesia la aleja de su propia raíz.

A todo esto, se suma un momento especialmente significativo: la próxima visita del Papa León XIV a España. Se prepararán actos, se cuidarán los gestos y se repetirán palabras necesarias como “misericordia”, “escucha, diálogo” o “periferias”. Pero la cuestión de fondo sigue siendo otra: si esa visita servirá también para mirar de frente estas situaciones concretas de injusticia que están alejando silenciosamente a muchas personas de la Iglesia.

Porque no se trata de teorías. Son historias reales. Como la de una mujer creyente, comprometida, participante en la vida de la Iglesia, que esta tarde me comentaba que un día decidió marcharse. No por indiferencia, sino por dolor. Cuando asesinaron a Ignacio Ellacuría, escuchó cómo desde sectores de la propia Iglesia se le descalificaba llamándolo comunista. Aquello fue para ella un punto de ruptura. Sintió que la Iglesia no defendía a quienes daban la vida por el Evangelio, sino que los etiquetaba para neutralizarlos. ¡Y no volvió!

Iglesias cerradas y misas sin fieles
Iglesias cerradas y misas sin fieles
Porque no se trata de teorías. Son historias reales. Como la de una mujer creyente, comprometida, participante en la vida de la Iglesia, que esta tarde me comentaba que un día decidió marcharse. No por indiferencia, sino por dolor. Cuando asesinaron a Ignacio Ellacuría, escuchó cómo desde sectores de la propia Iglesia se le descalificaba llamándolo comunista. Aquello fue para ella un punto de ruptura. Sintió que la Iglesia no defendía a quienes daban la vida por el Evangelio, sino que los etiquetaba para neutralizarlos. ¡Y no volvió!

Historias así no son excepciones. Son parte de una herida más amplia. Hay muchas personas que se están alejando, no por falta de fe, sino por falta de acogida, de justicia y de coherencia por parte de la Institución. Y lo más preocupante es la sensación de que, en algunos ámbitos, esa pérdida no genera verdadera inquietud. Como si la Institución hubiera aprendido a asumir la salida silenciosa de los fieles sin preguntarse demasiado por sus causas.

Si esa escucha no se produce, el riesgo no es solo perder credibilidad. Es algo más profundo: perder el sentido. Convertirse en una organización eficaz, pero vacía; en una institución sólida, pero desconectada; en una voz que habla de Evangelio sin dejarse transformar por él.

Y entonces la pregunta deja de ser retórica para volverse urgente: ¿quién está escuchando realmente dentro de la Iglesia? Porque si las voces que claman por justicia siguen chocando contra un muro de silencio, no será solo un problema de comunicación. Será un problema de identidad.

Y ese, quizá, es el más grave de todos.

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