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Cuando la política pierde el alma

Cuando la política convierte una lesión en munición y el insulto en argumento, quizá el problema ya no sea quién gana la batalla, sino cuánto hemos perdido todos en el camino. Porque cuando falta altura para debatir ideas, siempre queda la bajeza de burlarse del adversario.

Vaya tropa de politicos
Vaya tropa de politicos

Hay días en los que la política española parece empeñada en demostrarnos que todavía puede caer un poco más bajo. La utilización de la lesión que sufrió Óscar Puente como recurso de campaña es uno de esos episodios que deberían hacernos reflexionar sobre el deterioro del lenguaje político y la pérdida de ciertos límites morales. Se puede criticar a un político, fiscalizar su gestión y combatir sus ideas con toda contundencia. Lo que resulta difícil de justificar es convertir una desgracia personal, un accidente o el dolor físico de una persona en munición electoral.

El Partido Popular ha difundido estos días un tuit en el que se burla de la lesión que Puente sufrió en 2023 durante una visita a unas obras, provocando numerosas críticas. El ministro respondió también con duras palabras contra sus adversarios. Y así volvemos al círculo vicioso que parece dominar nuestra vida pública: provocación, insulto, respuesta y contraataque. Mientras tanto, los problemas de los ciudadanos quedan relegados al segundo plano.

Porque mientras nuestros representantes se enzarzan en las redes sociales, hay familias preocupadas por la vivienda, jóvenes que buscan estabilidad, enfermos que esperan atención sanitaria, mayores que necesitan cuidados y trabajadores que hacen equilibrios para llegar a fin de mes. Esa debería ser la materia fundamental de la política. Pero demasiadas veces el debate público parece más interesado en conseguir un titular, una humillación o un golpe de efecto que en ofrecer soluciones.

Y esto no afecta únicamente a un partido. La degradación del lenguaje político alcanza al conjunto de nuestra vida pública, aunque cada episodio concreto deba atribuirse a quien lo protagoniza. Hace demasiado tiempo que hemos sustituido el debate de las ideas por la descalificación personal y la búsqueda permanente del adversario como enemigo.

Miguel Tellado nos ofreció el año pasado otro ejemplo especialmente grave cuando afirmó que se empezaría a «cavar la fosa donde reposarán los restos de un Gobierno que nunca debió haber existido». Pedro Sánchez interpretó aquellas palabras como una apelación encubierta a la violencia. Más allá de la interpretación política de aquella frase, hablar de fosas y de restos para describir la derrota de un Gobierno resulta especialmente desafortunado en un país que todavía tiene familias buscando los restos de sus seres queridos. Hay heridas de nuestra historia que merecen respeto, no convertirse en munición partidista.

Y aquí resulta inevitable recordar a Miguel de Unamuno. En aquel célebre enfrentamiento de 1936 pronunció unas palabras que conservan una vigencia extraordinaria: «Venceréis, pero no convenceréis». Qué importante sería recuperar hoy aquella diferencia entre vencer y convencer. Porque una democracia no debería aspirar simplemente a derrotar al adversario, sino a persuadir al ciudadano. Vencer en unas elecciones otorga una responsabilidad; no concede la posesión de la verdad. Y perderlas no convierte a quien está en la oposición en un enemigo de España.

También por eso adquieren especial relevancia las palabras pronunciadas por León XIV ante el Congreso de los Diputados. El Papa advirtió sobre la «descalificación permanente del adversario» y recordó que el poder tiene límites. En una época en la que parece que todo vale para desacreditar, al contrario, recordar que el adversario político sigue siendo una persona constituye una llamada imprescindible a la responsabilidad.

La Doctrina Social de la Iglesia parte de una idea sencilla y profundamente exigente: la persona está por encima del poder y el bien común por encima del interés particular. La política es una forma de servicio. Gobernar es servir; ejercer la oposición también debería serlo. El poder no puede convertirse en un fin en sí mismo ni los partidos pueden olvidar que detrás de sus estrategias existen millones de personas que esperan respuestas concretas a problemas concretos.

Vencereís, pero no convencereís
Vencereís, pero no convencereís
Y aquí resulta inevitable recordar a Miguel de Unamuno. En aquel célebre enfrentamiento de 1936 pronunció unas palabras que conservan una vigencia extraordinaria: «Venceréis, pero no convenceréis». Qué importante sería recuperar hoy aquella diferencia entre vencer y convencer. Porque una democracia no debería aspirar simplemente a derrotar al adversario, sino a persuadir al ciudadano.

Y aquí el Evangelio introduce una exigencia todavía mayor. «Bienaventurados los que trabajan por la paz», dice Jesús. Y añade: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen». No significa permanecer callados ante la injusticia ni renunciar a la crítica. Significa algo mucho más profundo: podemos combatir una idea sin deshumanizar a quien la defiende.

Quizá ahí esté una de nuestras grandes carencias. Hemos confundido firmeza con agresividad, crítica con insulto y victoria con humillación. Hemos convertido la política en espectáculo y después nos sorprendemos de que los ciudadanos estén cansados.

También los medios tienen una responsabilidad. Una sociedad democrática necesita periodistas libres y críticos, pero informar no debería consistir en alimentar permanentemente la pelea. Si cada declaración incendiaria ocupa más espacio que una propuesta seria, contribuimos a construir una política en la que el ruido termina venciendo a la razón.

Y quizá lo más preocupante sea que nos estamos acostumbrando. Nos acostumbramos al insulto, a la burla, a las palabras gruesas y a considerar normal que quien piensa distinto sea presentado como alguien despreciable. Pero una sociedad que se acostumbra a la deshumanización del adversario termina pagando un precio muy alto.

España no necesita políticos que piensen igual. Necesita políticos capaces de discrepar sin odiarse, de combatir sin humillar y de defender sus convicciones sin olvidar que el otro también es ciudadano.

Empleo precario
Empleo precario

La política debería volver a hablar de vivienda, sanidad, empleo, educación, pensiones, familias y futuro. Debería recuperar una palabra que parece haberse perdido entre tanta batalla partidista: servicio.

Por eso quizá la pregunta fundamental no sea quién ha insultado más o quién ha conseguido el mejor titular. La pregunta es otra: ¿qué clase de democracia estamos construyendo si hemos dejado de escandalizarnos ante la humillación del otro?

Una democracia necesita leyes, instituciones y elecciones. Pero también necesita algo que no aparece en ningún boletín oficial: respeto, humanidad, prudencia y sentido del bien común.

Porque cuando la política deja de buscar la verdad, cuando el poder sustituye al servicio y cuando el adversario deja de ser una persona para convertirse en un objeto de burla, no estamos simplemente ante una mala forma de hacer política.

Estamos ante el riesgo de que la política pierda el alma.

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