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Rafael Vez Palomino: cuando el dolor del abuso de poder exige verdad, justicia y reparación

Cuando el poder dentro de la Iglesia no encuentra límites, la conciencia queda expuesta y el Evangelio se oscurece.

El caso de Rafael Vez Palomino interpela no solo a una persona, sino a la credibilidad misma de la institución.

Rafael Vez Palomino

Santo Padre, en estos días en los que su presencia suscita esperanza entre quienes han sufrido dentro de la Iglesia, se hace necesario recuperar la palabra allí donde durante demasiado tiempo ha habido silencio. Porque junto al dolor de las víctimas de abusos sexuales, existe también otro sufrimiento que no siempre encuentra el mismo reconocimiento: el de quienes han padecido abuso de poder, de conciencia y de autoridad dentro de estructuras eclesiales.

Este texto quiere poner rostro concreto a esa realidad en la persona de Rafael Vez Palomino, cuya situación ha sido denunciada reiteradamente durante años sin que haya recibido una respuesta que él perciba como justa, completa o reparadora. Su historia no es solo la de un conflicto disciplinar, sino la de una vida profundamente afectada por un proceso prolongado de suspensión, aislamiento, descrédito y dificultad real para ejercer su defensa en condiciones de igualdad. A ello se suma el impacto humano y económico que ha llegado hasta extremos muy duros, incluyendo la pérdida de bienes personales esenciales para sostener su defensa jurídica.

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Santo Padre, en estos días en los que su presencia suscita esperanza entre quienes han sufrido dentro de la Iglesia, se hace necesario recuperar la palabra allí donde durante demasiado tiempo ha habido silencio. Porque junto al dolor de las víctimas de abusos sexuales, existe también otro sufrimiento que no siempre encuentra el mismo reconocimiento: el de quienes han padecido abuso de poder, de conciencia y de autoridad dentro de estructuras eclesiales.

Pero más allá del caso individual, lo que aquí se expresa es una cuestión más amplia y estructural: la forma en que se ejerce el poder dentro de la Iglesia cuando existen conflictos internos, denuncias o discrepancias de conciencia.

Cuando una institución religiosa, llamada a ser signo del Reino de Dios, prioriza su estabilidad interna, su cohesión jerárquica o su propia autoridad por encima de la protección efectiva de las personas, se produce una fractura profunda con el espíritu del Evangelio. No se trata de negar la necesidad de gobierno, ni de cuestionar la existencia de autoridad, sino de preguntarse con honestidad evangélica si esa autoridad está suficientemente equilibrada por mecanismos reales de justicia, revisión y defensa de la conciencia.

Porque una de las grandes cuestiones que atraviesa la Iglesia contemporánea es esta: cómo garantizar que el poder no se convierta en un espacio donde  una persona pueda defender su forma de pensar, su criterio moral y su decisión interior sin ser castigada automáticamente por ello. Sin quedar indefensa frente a una estructura de poder.

El abuso de poder no siempre se manifiesta en formas visibles o escandalosas. A menudo se desarrolla en dinámicas prolongadas, en procesos donde la persona afectada percibe que su palabra no tiene el mismo peso que la estructura que la juzga, donde las posibilidades de recurso son limitadas o poco eficaces, y donde el coste de cuestionar una decisión puede ser desproporcionado respecto a la situación inicial.

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Que el dolor no quede sin escucha. Que la conciencia no quede sin protección. Que la verdad no quede sin espacio.

En ese sentido, no basta con apelar de manera genérica a la sensibilidad o a la emoción. El problema no es emocional en su raíz, sino estructural. Se encuentra en la arquitectura del poder y en la calidad real de las garantías jurídicas y pastorales dentro de la vida eclesial.

El Evangelio ofrece aquí una clave de lectura exigente. Jesús no solo anuncia un mensaje espiritual abstracto, sino que propone un estilo concreto de relación y autoridad: “No será así entre vosotros; el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20,26). Y en otro pasaje advierte: “Uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). Estas palabras no son únicamente una enseñanza moral, sino una crítica directa a cualquier forma de poder que se absolutiza a sí mismo o que pierde su carácter de servicio.

En la misma línea, la imagen de la “sal de la tierra” (Mt 5,13) adquiere una fuerza particular. Jesús advierte a sus discípulos de que la sal puede perder su sabor y volverse inútil. Esa advertencia no es solo individual, sino comunitaria: interpela a toda estructura religiosa que pueda vaciarse de su sentido original. Una Iglesia que deja de ser transparente, servidora y cercana a los que sufren corre el riesgo de perder aquello que le da razón de ser.

En este horizonte, surge inevitablemente una pregunta incómoda: qué ocurre cuando las expresiones públicas de fe, cuidadosamente organizadas y perfectamente visibles, parecen alejarse de la radicalidad del Evangelio en lo concreto de la vida interna de la institución. No se trata de juzgar intenciones, sino de señalar una posible distancia entre discurso y práctica, entre proclamación y experiencia real de justicia dentro de la comunidad eclesial.

El apóstol Pablo ofrece otra clave decisiva cuando afirma: “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,28). Esta afirmación no es solo teológica, sino profundamente igualitaria en su implicación eclesial. Si todos comparten la misma dignidad en Cristo, entonces ninguna estructura de gobierno debería generar situaciones en las que la conciencia de una persona quede sin defensa efectiva frente a decisiones que la afectan profundamente.

Por ello, el caso de Rafael Vez Palomino no puede ser reducido únicamente a una cuestión administrativa o disciplinar. Se trata también de una pregunta eclesial de fondo: cómo se ejerce la autoridad cuando hay conflicto, cómo se protege a la persona cuando hay denuncia, y cómo se asegura que la justicia no sea solo formal, sino también percibida como real y accesible.

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En este contexto, resulta necesario insistir en que la credibilidad de la Iglesia no depende únicamente de su mensaje público, sino de la coherencia entre ese mensaje y sus prácticas internas. Una institución que proclama la dignidad humana, la justicia y la verdad no puede permitirse situaciones en las que personas concretas experimenten una ausencia prolongada de escucha efectiva o una dificultad real para ejercer su conciencia, tanto en la defensa de su propia dignidad como en su legítima actuación para reclamar justicia.

En este contexto, resulta necesario insistir en que la credibilidad de la Iglesia no depende únicamente de su mensaje público, sino de la coherencia entre ese mensaje y sus prácticas internas. Una institución que proclama la dignidad humana, la justicia y la verdad no puede permitirse situaciones en las que personas concretas experimenten una ausencia prolongada de escucha efectiva o una dificultad real para ejercer su conciencia, tanto en la defensa de su propia dignidad como en su legítima actuación para reclamar justicia.

Por eso, Santo Padre, con profundo respeto y con la gravedad que nace del sufrimiento sostenido en el tiempo, se solicita que esta realidad no quede fuera de su atención pastoral. No como un caso aislado, sino como una llamada más amplia a reflexionar sobre los mecanismos de poder, de justicia interna y de protección de la conciencia dentro de la Iglesia.

Que el dolor no quede sin escucha. Que la conciencia no quede sin protección. Que la verdad no quede sin espacio.

Porque la Iglesia no pierde autoridad cuando reconoce sus heridas, sino cuando no las afronta con verdad. Y la reforma más profunda no es la que se declara, sino la que se traduce en justicia concreta para quienes sufren dentro de ella.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Y donde la verdad encuentra espacio, la vida puede comenzar a sanar.

Con respeto y esperanza.

José Carlos Enríquez Díaz

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