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Respuesta a José Antonio Eiró Otero: ¿cómo puede avanzar la Iglesia si convierte un don en una obligación?

José Antonio Eiró Otero, sacerdote de Tui-Vigo, se atreve a denunciar la paradoja de una Iglesia que quiere avanzar sin desprenderse de sus viejas armaduras. Pero ¿y si la verdadera Iglesia de Jesucristo, lejos de estar muriendo, estuviera renaciendo desde abajo, allí donde el Evangelio todavía late con libertad, justicia y esperanza?

Celibato obligatorio
Celibato obligatorio

José Antonio Eiró Otero, sacerdote de la diócesis de Tui-Vigo, se atreve a poner el dedo en una de las grandes contradicciones de la Iglesia: ¿cómo puede proclamar la libertad evangélica mientras mantiene el celibato obligatorio como condición ordinaria para acceder al sacerdocio en la Iglesia latina? Quizá la verdadera reforma comience cuando dejemos de convertir un carisma en una imposición y descubramos que la Iglesia de Jesucristo sigue viva, creciendo desde abajo, mucho más allá de las viejas armaduras institucionales.

Quiero comenzar agradeciendo sinceramente a José Antonio Eiró Otero que cite en dos ocasiones mis reflexiones. Es un gesto de generosidad intelectual que valoro especialmente, porque el pensamiento teológico necesita diálogo, contraste y libertad para formular preguntas incómodas. Su artículo sobre la necesidad de avanzar sin permanecer prisioneros del pasado plantea cuestiones fundamentales sobre el clericalismo, la afectividad, el ministerio ordenado y la reforma eclesial. Comparto su preocupación y quisiera prolongarla con algunas consideraciones.

Robert Fisher
Robert Fisher
La metáfora de El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher, resulta particularmente acertada. También las instituciones pueden terminar atrapadas en estructuras que un día cumplieron una función protectora, pero que después se convierten en obstáculos para la vida

La metáfora de El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher, resulta particularmente acertada. También las instituciones pueden terminar atrapadas en estructuras que un día cumplieron una función protectora, pero que después se convierten en obstáculos para la vida. La tradición merece respeto, pero no puede convertirse en una excusa para impedir la renovación. Ser fieles a Jesús no significa conservar intactas todas las formas heredadas, sino discernir cuáles siguen sirviendo al Evangelio y cuáles necesitan ser transformadas.

Jesús nos dejó una orientación inequívoca: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). La norma no puede situarse por encima de la persona, ni la institución por encima de la misión que le da sentido. Cuando una disciplina histórica se considera intocable, incluso ante el sufrimiento humano o las necesidades de las comunidades, conviene preguntarse si no hemos confundido los medios con los fines.

Esta reflexión resulta especialmente necesaria cuando hablamos del celibato sacerdotal. No se trata de negar el valor del celibato libremente elegido, sino de cuestionar que deba imponerse como condición ordinaria para acceder al ministerio presbiteral en la Iglesia latina. Una cosa es reconocer que algunas personas encuentran en él una forma extraordinaria de entrega al Reino y otra muy distinta convertir esa opción en requisito institucional para todos los candidatos al sacerdocio.

Celibato
Celibato
No se trata de negar el valor del celibato libremente elegido, sino de cuestionar que deba imponerse como condición ordinaria para acceder al ministerio presbiteral en la Iglesia latina. Una cosa es reconocer que algunas personas encuentran en él una forma extraordinaria de entrega al Reino y otra muy distinta convertir esa opción en requisito institucional para todos los candidatos al sacerdocio.

Jesús no estableció explícitamente el celibato obligatorio como condición universal para seguirle. El Nuevo Testamento presenta una diversidad de situaciones y carismas. San Pablo afirma: «Cada uno tiene su propio don de Dios: unos de una manera y otros de otra» (1 Cor 7,7). Esta diversidad debería invitarnos a distinguir entre una vocación personal y una disciplina eclesiástica. Lo que constituye un don cuando se abraza libremente puede convertirse en una carga cuando se impone sin posibilidad de discernir otras formas legítimas de vivir el ministerio.

En ninguna parte del Evangelio encontramos que Jesús impusiera el celibato como condición para ser sacerdote o para anunciar el Reino de Dios. ¿Con qué fundamento podemos convertir, entonces, una opción de vida espiritualmente valiosa en una obligación para quienes desean seguir la vocación sacerdotal? Si el celibato es un don, debe poder elegirse libremente; cuando se convierte en una imposición institucional, corremos el riesgo de confundir una disciplina eclesiástica con una exigencia del propio Evangelio. La pregunta no es si el celibato tiene valor, sino por qué se obliga a todos a asumirlo como condición ordinaria para acceder al sacerdocio en la Iglesia latina. ¿No sería más evangélico respetar la diversidad de vocaciones y permitir que cada persona, después de un discernimiento serio y responsable, pudiera responder a la llamada de Dios desde su propia realidad humana y afectiva?

¿Por qué, entonces, cuesta tanto abrir esta posibilidad a una reflexión serena y sin prejuicios? ¿Qué se teme perder? Permitir el acceso al sacerdocio de hombres casados, debidamente formados y discernidos, no supondría abolir el celibato, sino devolverle su condición de opción vocacional y permitir que distintas formas de entrega convivan al servicio de una misma comunidad. No resolvería automáticamente todos los problemas de la Iglesia, pero eliminaría una identificación innecesaria entre ministerio sacerdotal y celibato obligatorio.

También debemos hablar de afectividad sin hipocresías. La ordenación no elimina la condición humana, la necesidad de vínculos, la soledad ni las dificultades personales. Tampoco la heterosexualidad garantiza madurez afectiva ni una orientación sexual determinada demuestra incapacidad para amar y servir. La cuestión decisiva es la madurez, la responsabilidad, el respeto y la capacidad de construir relaciones sanas. Los abusos tienen causas complejas y no deben atribuirse mecánicamente al celibato; pero eso no exime a la Iglesia de examinar las culturas de silencio, las relaciones de poder y las carencias de acompañamiento que hayan podido favorecer situaciones dañinas.

Católicos LGTBI
Católicos LGTBI
También debemos hablar de afectividad sin hipocresías. La ordenación no elimina la condición humana, la necesidad de vínculos, la soledad ni las dificultades personales. Tampoco la heterosexualidad garantiza madurez afectiva ni una orientación sexual determinada demuestra incapacidad para amar y servir.

Una Iglesia que exige renuncias debería examinar también si todas sus exigencias son esenciales para el Evangelio o si algunas responden a decisiones históricas susceptibles de revisión. La autoridad eclesial no pierde legitimidad por escuchar estas preguntas; al contrario, puede ganar credibilidad cuando demuestra que no tiene miedo de revisar sus propias prácticas.

En este punto, la reflexión de Eiró Otero nos conduce a una cuestión todavía más profunda: qué Iglesia queremos construir. Jesús lo expresó con claridad: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). El ministerio ordenado no puede convertirse en un espacio de privilegio ni de superioridad. La Iglesia es el Pueblo de Dios, y los laicos no son simples colaboradores de una estructura clerical, sino miembros plenos, con dignidad bautismal y responsabilidad propia. La sinodalidad solo será auténtica cuando la participación deje de ser una declaración de intenciones y se traduzca en corresponsabilidad real.

Quisiera añadir, además, algo que considero esencial: la verdadera Iglesia de Jesucristo no está ni mucho menos muerta. Sigue viva y creciendo desde abajo, desde las comunidades de base, los movimientos de reforma eclesial, los diálogos y encuentros, los círculos familiares, la lucha de las mujeres que buscan su lugar propio en la Iglesia y las comunidades religiosas que buscan formas más evangélicas de vivir la fe. Está viva en el compromiso de hombres y mujeres con las personas pobres y excluidas, en las organizaciones caritativas que alivian el sufrimiento y en quienes dedican su vida a acompañar a los más vulnerables.

Las mujeres en la Iglesia
Las mujeres en la Iglesia
La verdadera Iglesia de Jesucristo no está ni mucho menos muerta. Sigue viva y creciendo desde abajo, desde las comunidades de base, los movimientos de reforma eclesial, los diálogos y encuentros, los círculos familiares, la lucha de las mujeres que buscan su lugar propio en la Iglesia y las comunidades religiosas que buscan formas más evangélicas de vivir la fe.

El Espíritu de Jesús sigue soplando en facultades teológicas, academias eclesiásticas y círculos de formación bíblica donde se investiga, se discute y se abren nuevos horizontes. También en medios de comunicación independientes que ejercen su labor crítica sin supeditar su conciencia a las presiones jerárquicas. En esos espacios, muchas personas descubren que pensar no es traicionar la fe, sino tomarla en serio. Porque el Evangelio no necesita guardianes del inmovilismo, sino testigos capaces de encarnarlo en la realidad.

Jesús comparó el Reino de Dios con una semilla de mostaza que, siendo pequeña, crece hasta ofrecer cobijo (Mc 4,30-32). Esa semilla está germinando en comunidades que quizá no ocupen los centros del poder, pero que mantienen viva la esperanza. La crisis de determinadas estructuras no significa la muerte de la Iglesia; puede ser también una llamada a recuperar su sencillez, su libertad y su vocación de servicio.

La Iglesia del pueblo
La Iglesia del pueblo
Jesús no vino para que tuviéramos una institución impecable, sino para que tuviéramos vida en abundancia (Jn 10,10). Y esa vida sigue abriéndose camino. La Iglesia que se parece a Jesús no es la que protege mejor sus armaduras, sino la que se atreve a quitárselas para caminar, servir y amar con mayor libertad. Esa Iglesia, nacida del Evangelio y sostenida por el Espíritu, sigue viva y creciendo desde abajo.

Gracias, José Antonio Eiró Otero, por tu valentía, por abrir este debate y por incorporar mis reflexiones a tu artículo. Necesitamos una Iglesia que no tenga miedo de preguntarse si sus normas siguen respondiendo a las necesidades del Pueblo de Dios. Una Iglesia que distinga entre el Evangelio y las formas históricas con las que ha intentado expresarlo; que no confunda unidad con uniformidad, ni autoridad con poder, ni fidelidad con inmovilismo.

El problema no es el celibato, sino convertirlo en una frontera obligatoria para el acceso al sacerdocio. La esperanza consiste en construir una Iglesia donde el celibato pueda vivirse como un don, el matrimonio no sea un impedimento general para el ministerio y las distintas vocaciones encuentren espacio para servir.

Porque Jesús no vino para que tuviéramos una institución impecable, sino para que tuviéramos vida en abundancia (Jn 10,10). Y esa vida sigue abriéndose camino. La Iglesia que se parece a Jesús no es la que protege mejor sus armaduras, sino la que se atreve a quitárselas para caminar, servir y amar con mayor libertad. Esa Iglesia, nacida del Evangelio y sostenida por el Espíritu, sigue viva y creciendo desde abajo.

 

 

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