Ricardo Labra: cuando la memoria de Clarín interpela a la conciencia de la Iglesia
Ricardo Labra denuncia la vieja condena eclesiástica que todavía persigue a Clarín en Oviedo y pone al descubierto las resistencias de una Iglesia que parece haber olvidado que el Evangelio nunca tuvo miedo a la libertad ni a la crítica.
Hay artículos que informan, otros que interpretan y algunos, mucho menos frecuentes, que consiguen remover las conciencias, poner nombre a las contradicciones de una sociedad y devolvernos preguntas que creíamos olvidadas. El artículo de Ricardo Labra sobre la exclusión de Oviedo de las localizaciones de la nueva serie de Netflix basada en La Regenta pertenece a esta última categoría. No estamos solamente ante una reflexión sobre una decisión cinematográfica, ni siquiera ante una reivindicación literaria de Leopoldo Alas, Clarín. Estamos ante una lúcida denuncia de una vieja enfermedad: la dificultad de determinadas instituciones para reconciliarse con la cultura, la libertad de pensamiento y la memoria de su propio pueblo.
Labra acierta al recuperar una expresión de enorme fuerza histórica y simbólica: la damnatio memoriae, la condena de la memoria. Porque lo verdaderamente preocupante no es que hace más de 140 años La Regenta provocara resistencias en determinados sectores eclesiásticos de Oviedo, sino que aquella incomprensión siga proyectando su sombra sobre la ciudad. Como si el tiempo no hubiera pasado y la novela de Clarín continuara necesitando permiso para entrar en su propia casa.
Labra acierta al recuperar una expresión de enorme fuerza histórica y simbólica: la damnatio memoriae, la condena de la memoria. Porque lo verdaderamente preocupante no es que hace más de 140 años La Regenta provocara resistencias en determinados sectores eclesiásticos de Oviedo, sino que aquella incomprensión siga proyectando su sombra sobre la ciudad. Como si el tiempo no hubiera pasado y la novela de Clarín continuara necesitando permiso para entrar en su propia casa.
El articulista señala con valentía a tres instituciones que han contribuido a mantener esa distancia: el Ayuntamiento, la Universidad y la Catedral. Y lo hace sin perder de vista que está en juego algo más que el destino de una película: la relación de Oviedo con su patrimonio intelectual y con uno de sus hijos más ilustres.
Pero es especialmente significativa su reflexión sobre la postura del Cabildo catedralicio. El deán considera que La Regenta constituye un ataque a la Iglesia y compara la situación con prestar el balcón de su casa para que alguien ataque a su madre. Sin embargo, una catedral no es una propiedad particular ni la sensibilidad de sus responsables puede confundirse con el patrimonio cultural de todos. El templo pertenece también a la memoria colectiva de quienes no profesan la fe católica.
Aquí aparece una distinción que convendría no olvidar: criticar determinadas conductas de miembros de la Iglesia no significa atacar el Evangelio ni combatir a Jesús de Nazaret. Clarín dirigió buena parte de su mirada crítica contra la hipocresía, el abuso de autoridad y las miserias humanas que podían esconderse bajo las vestiduras religiosas. Confundir esa crítica con una agresión al cristianismo supone empobrecer tanto la lectura de la novela como la comprensión del propio mensaje cristiano.
¿No sería mucho más evangélico abrir un camino de entendimiento con Clarín que permitir que vuelva a imponerse aquella vieja condena eclesiástica? Un arzobispo no está llamado a custodiar susceptibilidades ni a alimentar enfrentamientos con la cultura, sino a tender puentes, escuchar y favorecer el encuentro. La autoridad pastoral se demuestra también sabiendo aceptar aquello que incomoda.
Y tampoco debería quedar al margen de esta reflexión el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes. Aunque la decisión formal sobre el rodaje corresponde al Cabildo catedralicio, el arzobispo es la máxima autoridad pastoral de la diócesis y no puede desentenderse de lo que esta controversia representa. Su responsabilidad no consiste únicamente en defender la institución eclesiástica, sino también en favorecer el diálogo con la sociedad, la cultura y quienes no comparten sus convicciones religiosas. Sus frecuentes intervenciones en debates sociales y políticos han suscitado controversias y críticas. Ahora tiene ante sí una ocasión para demostrar que la Iglesia asturiana no vive de espaldas a la pluralidad cultural de su pueblo. ¿No sería mucho más evangélico abrir un camino de entendimiento con Clarín que permitir que vuelva a imponerse aquella vieja condena eclesiástica? Un arzobispo no está llamado a custodiar susceptibilidades ni a alimentar enfrentamientos con la cultura, sino a tender puentes, escuchar y favorecer el encuentro. La autoridad pastoral se demuestra también sabiendo aceptar aquello que incomoda.
La credibilidad de la Iglesia no se recupera levantando muros frente a quienes la cuestionan, sino regresando al espíritu de aquel Jesús que nunca tuvo miedo de incomodar a los poderes religiosos de su tiempo.
Esta contradicción nos lleva a una realidad que muchos cristianos viven y expresan cada vez con mayor claridad: hay creyentes que toman más en serio a Jesús que a la Iglesia institucional. No necesariamente han dejado de creer; quizá, por el contrario, han decidido acercarse con mayor radicalidad al Evangelio. Les interesa más la vida de Jesús, su cercanía a los excluidos, su denuncia de la hipocresía, su libertad frente a los poderes religiosos y su defensa de la dignidad humana que unas discusiones doctrinales convertidas, demasiadas veces, en preocupación casi exclusiva de la institución. Buscan en Jesús una referencia viva, una manera de estar en el mundo y de relacionarse con los demás, mientras contemplan con desconcierto cómo algunos responsables eclesiásticos parecen más preocupados por preservar la autoridad, las estructuras y los privilegios que por hacer visible el mensaje de quien dicen representar.
Basta volver a las páginas del Evangelio para comprobar hasta qué punto Jesús fue incómodo para quienes habían convertido la religión en un instrumento de poder y control. No fueron los marginados ni quienes pensaban de manera diferente los que más le preocuparon, sino aquellos que, amparándose en la autoridad religiosa, habían olvidado el corazón de la Ley: la misericordia, la justicia y el amor al prójimo. «Misericordia quiero y no sacrificios», recuerda el Evangelio de Mateo. Jesús denunció a quienes ponían las normas por encima de las personas y la apariencia de santidad por encima de la autenticidad. ¿No debería esa actitud de Jesús servir también hoy de examen de conciencia a quienes se consideran guardianes de la Iglesia?
Cuando una institución religiosa parece más preocupada por defender su imagen que por escuchar a la sociedad, cuando se muestra más sensible ante una crítica literaria que ante las heridas de las personas, debería preguntarse si no está alejándose de su razón de ser. La credibilidad de la Iglesia no se recupera levantando muros frente a quienes la cuestionan, sino regresando al espíritu de aquel Jesús que nunca tuvo miedo de incomodar a los poderes religiosos de su tiempo.
Por eso el artículo de Ricardo Labra tiene un valor que desborda ampliamente la controversia cinematográfica. Su defensa de Clarín es también una defensa de la libertad cultural, de la memoria histórica y de una Iglesia capaz de aceptar la crítica sin sentirse amenazada por ella. Su denuncia invita a Oviedo a reconciliarse con uno de sus grandes escritores, pero también interpela a quienes, desde sus responsabilidades institucionales, parecen olvidar que la cultura no es patrimonio exclusivo de ninguna autoridad.
Resulta doloroso que una producción que podía haber devuelto a Oviedo al imaginario universal de La Regenta termine marchándose a otra comunidad. Se pierde una oportunidad cultural, turística y económica, pero también la posibilidad de demostrar que una ciudad sabe convivir con su historia sin censurar sus contradicciones.
Gracias, Ricardo Labra, por recordarnos que las ciudades también pueden padecer amnesias interesadas y que las instituciones, cuando se encierran en sí mismas, corren el riesgo de terminar defendiendo sus propios fantasmas. Clarín no necesita que lo absuelvan; necesita que lo lean, que lo reconozcan y que lo dejen formar parte de la ciudad que hizo universal.
Y la Iglesia, si quiere ser fiel a Jesús, tampoco debería tener miedo de una novela. Debería temer mucho más perder la capacidad de escuchar, rectificar y reconocerse en la crítica. Porque una Iglesia que no soporta que la cuestionen difícilmente podrá comprender a aquel Jesús que hizo de la verdad, la misericordia y la libertad el camino de su vida.