Rob Mutsaerts: Evangelio y sinodalidad en debate
El obispo Rob Mutsaerts cuestiona el proceso sinodal en la Iglesia y lo contrasta con la necesidad de volver a la conversión y al Evangelio.
Este artículo ofrece una respuesta crítica que defiende la sinodalidad como camino de escucha, reforma eclesial y fidelidad viva a Jesucristo.
La crítica del obispo holandés a la sinodalidad contiene una intuición que no se puede descartar: la Iglesia necesita más santidad, más conversión y más fidelidad a Jesucristo. En eso, difícilmente alguien en la Iglesia podría discrepar. El problema no está en esa afirmación, sino en cómo se utiliza para descalificar un proceso —el sinodal— que precisamente intenta responder a ese mismo desafío desde otro enfoque.
Porque conviene aclararlo desde el principio: sinodalidad y conversión no son caminos opuestos. Presentarlos como si uno debilitara al otro es, en el mejor de los casos, una simplificación; en el peor, una forma de evitar preguntas incómodas. La cuestión de fondo no es si hace falta más conversión —eso es evidente—, sino quién necesita convertirse y en qué sentido. No en vano, el Evangelio comienza con una llamada universal: «Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).
Durante mucho tiempo, el discurso eclesial ha insistido en la conversión del individuo: del creyente concreto, del “hombre moderno” que debe alinearse con el Evangelio. Pero hoy resulta cada vez más evidente que también la propia Iglesia, como institución histórica, necesita procesos de conversión profundos. No basta con pedir fidelidad hacia dentro si no se revisan las estructuras, los lenguajes y las prácticas que han alejado a tantas personas. Como recuerda Jesús, «primero saca la viga de tu ojo» (Mt 7,5).
La crítica del obispo holandés a la sinodalidad contiene una intuición que no se puede descartar: la Iglesia necesita más santidad, más conversión y más fidelidad a Jesucristo. En eso, difícilmente alguien en la Iglesia podría discrepar. El problema no está en esa afirmación, sino en cómo se utiliza para descalificar un proceso —el sinodal— que precisamente intenta responder a ese mismo desafío desde otro enfoque.
Aquí es donde la crítica del obispo se queda corta. Cuando pregunta por los frutos —más misa, más vocaciones, más conversiones visibles—, ignora deliberadamente otro tipo de frutos menos cuantificables, pero igualmente esenciales: comunidades más abiertas, mayor participación de los fieles, espacios donde antes no había voz y ahora comienza a haberla. Eso también es Evangelio en acción, porque «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16).
Además, su insistencia en la “salvación del alma” suena, para muchos creyentes de hoy, desconectada de una visión más integral del ser humano. El Evangelio no habla solo de almas aisladas, sino de personas concretas, con cuerpo, historia, relaciones, sufrimientos. Jesús no salvó ideas abstractas, sino que sanó cuerpos, tocó heridas y compartió la vida (cf. Mc 1,34). Reducir la salvación a una dimensión exclusivamente espiritual empobrece el mensaje cristiano, que siempre ha tenido una dimensión encarnada, social y comunitaria.
Pero el punto más problemático de este tipo de planteamientos es otro: la tendencia a oponer el Evangelio a los procesos de reforma eclesial, como si preocuparse por la organización, la participación o las estructuras fuera una distracción secundaria. No lo es. La manera en que se organiza la Iglesia condiciona profundamente su capacidad de vivir y anunciar el Evangelio. Porque «el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27): las estructuras están al servicio de la vida, no al revés.
Por otra parte, es importante reconocer algo que a menudo se evita: la crisis actual de la Iglesia no ha sido provocada por la sinodalidad. Viene de mucho antes. Tiene que ver con una forma de ejercer la autoridad, con una catequesis pobre en muchos contextos, con una fe transmitida de manera superficial —esa “fe del carbonero” que no resiste las preguntas del mundo actual— y con dinámicas que han generado miedo en lugar de libertad. Frente a ello, Jesús insiste: «no tengáis miedo» (Mt 14,27).
Y aquí aparece una de las grandes cuestiones que el sínodo ha puesto sobre la mesa: el clericalismo. Durante siglos, la Iglesia ha funcionado con una estructura en la que la palabra, la decisión y la autoridad han estado concentradas en un grupo muy reducido. Eso no es un accidente; es una forma de entender la Iglesia que ha generado consecuencias muy concretas: falta de corresponsabilidad, pasividad de los fieles y, en muchos casos, alejamiento. Sin embargo, Jesús fue claro: «el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos» (Mc 9,35).
Por eso, cuando hoy se habla de escuchar —a las mujeres, a los laicos, a quienes se han sentido marginados— no se está haciendo un ejercicio superficial de diálogo, sino intentando corregir un desequilibrio histórico. Y aquí conviene ser claros: no puede haber Iglesia sin palabra compartida. Si unos hablan y otros solo escuchan, no hay comunión real. Porque donde dos o tres se reúnen, «allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).
El tema de la mujer es especialmente significativo. No se trata de una concesión moderna ni de una moda cultural, sino de una cuestión de justicia y de fidelidad al Evangelio. Una Iglesia que limita estructuralmente la participación de las mujeres está perdiendo una parte esencial de sí misma. Y no se puede responder a esto simplemente diciendo que “hace falta más santidad”, como si eso resolviera el problema. Basta recordar que Jesús rompió barreras culturales al hablar y dignificar a las mujeres (cf. Jn 4,27).
Por otra parte, es importante reconocer algo que a menudo se evita: la crisis actual de la Iglesia no ha sido provocada por la sinodalidad. Viene de mucho antes. Tiene que ver con una forma de ejercer la autoridad, con una catequesis pobre en muchos contextos, con una fe transmitida de manera superficial —esa “fe del carbonero” que no resiste las preguntas del mundo actual— y con dinámicas que han generado miedo en lugar de libertad. Frente a ello, Jesús insiste: «no tengáis miedo» (Mt 14,27).
El verdadero riesgo no es que la Iglesia escuche demasiado, sino que siga sin escuchar lo suficiente. No es que haya exceso de diálogo, sino que aún persisten resistencias profundas a compartir la palabra y la responsabilidad. Y mientras eso no cambie, será difícil hablar de una conversión real.
Durante demasiado tiempo, se ha educado a muchos creyentes más en el temor que en la madurez de la fe. Y ahora, cuando esas estructuras ya no sostienen, algunos pretenden resolverlo volviendo atrás, reforzando el control, insistiendo en modelos que precisamente han contribuido al problema.
La sinodalidad, con todos sus límites, intenta otra cosa: escuchar los signos de los tiempos, discernir en común, abrir espacios de participación real. No es perfecta, ni garantiza resultados inmediatos, pero apunta en una dirección necesaria. No busca sustituir el Evangelio, sino hacer posible que el Evangelio sea vivido de forma más auténtica en el mundo actual.
Decir que “no se trata de hacer lo que diga el Papa, sino lo que dice Jesús” puede sonar provocador, pero en el fondo plantea una verdad esencial: la referencia última es el Evangelio. Ahora bien, ese Evangelio no se vive en abstracto, sino en una comunidad concreta que necesita organizarse, discernir y tomar decisiones. Y ahí es donde la sinodalidad tiene sentido.
El tema de la mujer es especialmente significativo. No se trata de una concesión moderna ni de una moda cultural, sino de una cuestión de justicia y de fidelidad al Evangelio. Una Iglesia que limita estructuralmente la participación de las mujeres está perdiendo una parte esencial de sí misma. Y no se puede responder a esto simplemente diciendo que “hace falta más santidad”, como si eso resolviera el problema. Basta recordar que Jesús rompió barreras culturales al hablar y dignificar a las mujeres (cf. Jn 4,27).
El verdadero riesgo no es que la Iglesia escuche demasiado, sino que siga sin escuchar lo suficiente. No es que haya exceso de diálogo, sino que aún persisten resistencias profundas a compartir la palabra y la responsabilidad. Y mientras eso no cambie, será difícil hablar de una conversión real.
Porque, en última instancia, de eso se trata: de seguir a Jesús. Y seguir a Jesús no es repetir fórmulas ni refugiarse en seguridades del pasado, sino abrirse a lo que el Espíritu está suscitando hoy, incluso cuando incomoda. Como dijo el propio Cristo, «el que tenga oídos, que oiga» (Mc 4,9). La sinodalidad no es la meta, pero puede ser un camino. Rechazarla sin más, en nombre de una supuesta pureza, es correr el riesgo de cerrar puertas que el propio Evangelio está intentando abrir.