Rouco Varela y el peligro de una Iglesia enamorada del rito y olvidada del Evangelio

Jesús no dijo que reconocerían a sus discípulos por la perfección de sus ceremonias, sino por los frutos de su vida. A la luz del Evangelio, las críticas de Rouco Varela a la comunidad de Entrevías merecen una reflexión que va mucho más allá de la liturgia.

Rouco varela preocupado por el rito.
Rouco varela preocupado por el rito.

Las recientes declaraciones del cardenal Antonio María Rouco Varela sobre la comunidad de San Carlos Borromeo de Entrevías vuelven a poner sobre la mesa una de las cuestiones más decisivas del cristianismo: ¿qué ocupa realmente el centro de la fe, la fidelidad escrupulosa al rito o la fidelidad al Evangelio? De la respuesta depende el modelo de Iglesia que se construye y también la imagen de Dios que se ofrece al mundo. Las palabras del cardenal parecen reflejar una concepción en la que la corrección litúrgica adquiere un protagonismo que, con demasiada frecuencia, acaba relegando a un segundo plano lo que constituye el núcleo del mensaje de Jesucristo: la misericordia, la justicia y la cercanía efectiva a los pobres, a los excluidos y a quienes viven en los márgenes de la sociedad.

Rouco Varela recuerda con evidente desagrado aquellas celebraciones de Entrevías en torno a una mesa sencilla, con un pan corriente, un vino sacado de una nevera y la participación espontánea de la comunidad. A su juicio, aquello suponía reducir la Eucaristía a un «juego de amigos». Sin embargo, esa crítica parece detenerse casi exclusivamente en la forma de la celebración y apenas presta atención a una cuestión mucho más importante: ¿qué frutos produjo aquella comunidad?

Porque Jesús nunca dijo que la autenticidad de una comunidad cristiana se reconocería por la perfección de sus ceremonias. Su criterio fue otro mucho más exigente: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Y los frutos de San Carlos Borromeo llevan décadas siendo visibles. Personas atrapadas por la drogodependencia encontraron allí una oportunidad para rehacer sus vidas; inmigrantes, presos, familias rotas y personas sin hogar descubrieron una comunidad que no preguntaba primero por su situación canónica, sino por su sufrimiento.  Resulta difícil negar la fecundidad de una comunidad que ha permanecido durante tantos años al lado de quienes casi nadie quería acompañar.

Parroquia de entrevías
Parroquia de entrevías
Las recientes declaraciones del cardenal Antonio María Rouco Varela sobre la comunidad de San Carlos Borromeo de Entrevías vuelven a poner sobre la mesa una de las cuestiones más decisivas del cristianismo: ¿qué ocupa realmente el centro de la fe, la fidelidad escrupulosa al rito o la fidelidad al Evangelio? De la respuesta depende el modelo de Iglesia que se construye y también la imagen de Dios que se ofrece al mundo.

El verdadero debate, por tanto, no es únicamente litúrgico. Es teológico, ético y profundamente humano. Porque existe una tentación que atraviesa la historia de la religión: indignarse más por una norma ceremonial incumplida que por el sufrimiento de un ser humano. No es raro encontrar personas que se alteran porque una rúbrica no se ha observado con exactitud durante la misa y, sin embargo, apenas muestran la misma preocupación cuando, a escasos metros del templo, alguien pasa hambre, duerme en la calle o vive consumido por la soledad y el abandono. Cuando esa desproporción se instala en la conciencia creyente, la pregunta resulta inevitable: ¿qué escala de valores está guiando realmente esa fe?

Los grandes profetas de Israel denunciaron precisamente esa perversión religiosa. El profeta Amós pone en boca de Dios unas palabras que siguen conservando una fuerza extraordinaria: «Aborrezco vuestras solemnidades... Que fluya el derecho como el agua y la justicia como un torrente inagotable.» Dios no rechaza el culto, sino un culto incapaz de traducirse en justicia y compasión. Jesús llevó esa enseñanza hasta sus últimas consecuencias cuando cura en sábado, comparte mesa con los excluidos y recuerda que «el sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). En una sola frase desmonta cualquier intento de convertir las normas religiosas en un fin absoluto.

Por sus frutos los conocereís
Por sus frutos los conocereís
La constitución Gaudium et Spes comienza recordando que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo». Difícilmente puede expresarse con mayor claridad cuál debe ser la prioridad pastoral de la Iglesia. Del mismo modo, Sacrosanctum Concilium enseña que la liturgia es la fuente y la cumbre de la vida cristiana, precisamente porque impulsa a los creyentes a vivir aquello que celebran.

Esa misma perspectiva fue asumida por el Concilio Vaticano II. La constitución Gaudium et Spes comienza recordando que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo». Difícilmente puede expresarse con mayor claridad cuál debe ser la prioridad pastoral de la Iglesia. Del mismo modo, Sacrosanctum Concilium enseña que la liturgia es la fuente y la cumbre de la vida cristiana, precisamente porque impulsa a los creyentes a vivir aquello que celebran. La liturgia nunca puede convertirse en un refugio estético desligado de la realidad ni en un ejercicio de perfección ceremonial ajeno al dolor del mundo.

Solidaridad es estar con los pobres
Solidaridad es estar con los pobres
El pasaje del juicio final en el Evangelio de Mateo constituye probablemente la síntesis más luminosa del mensaje de Jesús. Allí no se pregunta cuántas normas litúrgicas fueron observadas con exactitud. La única cuestión decisiva es otra: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis.» El criterio definitivo del Reino de Dios será el amor concreto al prójimo, especialmente al más vulnerable. Esa es la medida con la que el propio Cristo juzga la autenticidad de la fe.

Por eso las palabras de Rouco Varela suscitan inevitablemente otra reflexión. Durante años representó un modelo de Iglesia identificado con el prestigio institucional, el ejercicio del poder y un estilo de vida que muchos fieles percibieron como alejado de la sencillez evangélica. Su residencia en un conocido ático de amplias dimensiones, objeto de comentarios públicos durante mucho tiempo, contrastaba inevitablemente con el Jesús que afirmaba no tener «dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58). No se trata de juzgar la conciencia de nadie ni de convertir la pobreza en una competición moral. Pero los signos importan. La credibilidad del mensaje depende también de la coherencia entre lo que se predica y la forma en que se vive.

Resulta difícil censurar una mesa humilde en un barrio obrero mientras la imagen pública de quien la crítica aparece asociada a un modelo eclesial percibido como cómodo y distante de las periferias humanas. La autoridad moral de la Iglesia no nace de la solemnidad de los ornamentos ni del rigor con que se vigilan las rúbricas. Nace de la capacidad de transparentar el Evangelio con la propia vida.

Ático de Rouco varela de más de medio millón de euros
Ático de Rouco varela de más de medio millón de euros
Por eso las palabras de Rouco Varela suscitan inevitablemente otra reflexión. Durante años representó un modelo de Iglesia identificado con el prestigio institucional, el ejercicio del poder y un estilo de vida que muchos fieles percibieron como alejado de la sencillez evangélica. Su residencia en un conocido ático de amplias dimensiones, objeto de comentarios públicos durante mucho tiempo, contrastaba inevitablemente con el Jesús que afirmaba no tener «dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58). No se trata de juzgar la conciencia de nadie ni de convertir la pobreza en una competición moral. Pero los signos importan. La credibilidad del mensaje depende también de la coherencia entre lo que se predica y la forma en que se vive.

El pasaje del juicio final en el Evangelio de Mateo constituye probablemente la síntesis más luminosa del mensaje de Jesús. Allí no se pregunta cuántas normas litúrgicas fueron observadas con exactitud. La única cuestión decisiva es otra: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis.» El criterio definitivo del Reino de Dios será el amor concreto al prójimo, especialmente al más vulnerable. Esa es la medida con la que el propio Cristo juzga la autenticidad de la fe.

San Carlos Borromeo sigue siendo una comunidad viva. Puede gustar más o menos su estilo pastoral, pero sus frutos permanecen. Y quizá ahí resida la verdadera enseñanza de esta polémica. El mayor peligro para la Iglesia no es una mesa demasiado sencilla ni un pan demasiado cotidiano. El verdadero peligro es que la defensa del rito termine eclipsando la defensa de la dignidad humana; que la preocupación por la liturgia llegue a ser mayor que la preocupación por quienes sufren; que se custodien con celo los altares mientras se olvida que Cristo sigue esperando a la puerta, escondido en el rostro de los pobres. Si eso sucede, el problema ya no será una cuestión de rúbricas. Será haber desplazado el corazón mismo del Evangelio.

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