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La seguridad del Evangelio frente a la seguridad de los mercados y de la guerra

El Papa Francisco denunció sin ambigüedades una economía que descarta y una política que protege más a los mercados que a las personas. Y conviene decirlo con claridad: una política que acepta que los techos de un hospital público se caigan mientras se reclama más gasto en armas es una política moralmente fallida, aunque se vista de patriotismo y retórica de seguridad.

Pedro Sánchez - Donald Trump

El debate sobre el incremento del gasto militar y el famoso objetivo del 5% del PIB ha dejado al descubierto algo mucho más profundo que una simple discrepancia presupuestaria. Ha revelado dos concepciones radicalmente opuestas de la seguridad, de la política y, en última instancia, de la dignidad humana. Frente a quienes entienden la seguridad como acumulación de armamento, disuasión permanente y obediencia acrítica a las lógicas de poder global, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha planteado una idea incómoda para muchos: que la seguridad también se construye cuidando la vida.

España destina hoy cerca de 34.000 millones de euros anuales a defensa, una cifra que se ha triplicado desde su llegada a La Moncloa y que sitúa a nuestro país por encima del gasto conjunto de trece países de la OTAN. Estos datos desmontan el discurso interesado de una derecha política que exige cada vez más gasto militar mientras calla deliberadamente el esfuerzo ya realizado y utiliza el miedo como herramienta de desgaste político. Lo que realmente está en juego no es la defensa, sino qué se está dispuesto a sacrificar para financiarla.

El presidente ha sido claro: fortalecer la defensa no puede hacerse a costa de la sanidad pública, de la educación, de la dependencia, de la cooperación internacional ni de la cohesión social. Sin embargo, basta observar lo que ocurre allí donde gobiernan el Partido Popular o Vox para comprobar que, cuando llegan al poder, lo primero que se debilita es siempre lo social. No es una hipótesis ideológica, es una realidad constatable. Aquí mismo, en Ferrol, se han caído literalmente los techos del hospital público Arquitecto Marcide, un hecho gravísimo que, por pura fortuna, no dio lugar a que hubiese personas accidentadas o incluso muertas. Eso no es una anécdota ni un accidente aislado: es el símbolo de una sanidad pública abandonada y tensionada hasta el límite.

Gastos militares para sanidad

A quienes pueden pagarse un seguro privado, estas cosas no les afectan. Por eso no les importan. No les importan las listas de espera interminables, no les importa que una persona tenga que aguardar meses para una operación, no les importa que los cribados de cáncer lleguen tarde o no lleguen. Cuando la sanidad se convierte en un negocio, el sufrimiento deja de ser una urgencia moral y pasa a ser un coste asumible. Es la lógica del mercado aplicada a la vida, y esa lógica es frontalmente incompatible con el Evangelio, por mucho que algunos se envuelvan en discursos identitarios y símbolos religiosos.

Jesús no habló nunca de porcentajes de gasto militar, pero habló constantemente de cuerpos heridos, de enfermos abandonados y de personas excluidas. “Estuve enfermo y me visitasteis”, dice en el Evangelio de Mateo, identificándose sin matices con quien sufre. No con quien acumula poder, no con quien legisla desde la comodidad, sino con quien depende de que el sistema funcione. Y la advertencia es clara: lo que no se hace con los más pequeños, no se hace con Él.

La Doctrina Social de la Iglesia ha desarrollado esta intuición evangélica en términos políticos muy concretos. El bien común, la opción preferencial por los pobres y el destino universal de los bienes no son adornos retóricos, sino criterios exigentes para juzgar las políticas públicas. Cuando se deteriora la sanidad, cuando se recorta en educación, cuando se precariza la atención a la dependencia, no estamos ante simples decisiones técnicas, sino ante una quiebra moral.

El Papa Francisco denunció sin ambigüedades una economía que descarta y una política que protege más a los mercados que a las personas. Y conviene decirlo con claridad: una política que acepta que los techos de un hospital público se caigan mientras se reclama más gasto en armas es una política moralmente fallida, aunque se vista de patriotismo y retórica de seguridad.

Hospital Arquitecto Marcide Ferrol
El Papa Francisco denunció sin ambigüedades una economía que descarta y una política que protege más a los mercados que a las personas. Y conviene decirlo con claridad: una política que acepta que los techos de un hospital público se caigan mientras se reclama más gasto en armas es una política moralmente fallida, aunque se vista de patriotismo y retórica de seguridad.

Jesús tocó al leproso cuando nadie se atrevía a hacerlo, rompiendo normas religiosas y sociales. Curó en sábado y puso la vida por delante de cualquier sistema. Ese gesto es profundamente subversivo también hoy, porque cuestiona cualquier modelo que anteponga la ideología, el negocio o la guerra al cuidado concreto de las personas.

Resulta especialmente grave que partidos que se proclaman defensores de la tradición cristiana y de los valores de Occidente promuevan políticas que vacían de contenido los derechos sociales. No hay nada cristiano en convertir la sanidad en un privilegio, ni nada evangélico en aceptar que la educación o la salud dependan del nivel de renta. Eso no es defensa de valores, es hipocresía moral.

La paz, como recuerdan Pacem in Terris y Fratelli Tutti, no nace de la acumulación de armas, sino de la justicia, de la cooperación y del cuidado mutuo. Sin derechos garantizados, la paz es solo una palabra vacía. Y quienes hoy hablan obsesivamente de guerra suelen ser los mismos que miran hacia otro lado cuando se hunden los pilares de lo público.

A la hora de votar, también los creyentes estamos llamados al discernimiento. No basta con consignas identitarias ni con banderas agitadas desde la comodidad. Hay que preguntarse quién defiende de verdad la vida, quién protege la sanidad pública, quién entiende que la política no es una guerra cultural sino una responsabilidad moral. Porque no todas las opciones son compatibles con el Evangelio, aunque se envuelvan en símbolos religiosos.

Defender la sanidad pública, la educación, la justicia social y la cooperación internacional no es ingenuidad ni antipatriotismo, es una forma concreta de apostar por la paz y por la dignidad humana. Hoy, más que nunca, defender eso es un acto profundamente político y profundamente cristiano.

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