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Sergio Tanzarella, Biancalani y el Evangelio frente al poder

Cuando el Evangelio se encarna en los pobres, el poder eclesial reacciona. No es una cuestión de matiz, sino de verdad vivida: allí donde la fe se vuelve concreta, la institución se incomoda y se revela su lógica de control.

Massimo Biancalani. Captura de pantalla

El artículo de Sergio Tanzarella sobre la destitución de Massimo Biancalani no es un artículo más dentro del debate eclesial contemporáneo. Es, más bien, una interpelación directa a la conciencia de la Iglesia ante el riesgo de que la fidelidad institucional termine por ahogar la fidelidad evangélica. Lo que está en juego no es un episodio disciplinario aislado, sino la tensión permanente entre Evangelio y orden, caridad y administración, Reino de Dios y gestión del poder.

Biancalani, el llamado “cura de los migrantes”, no aparece en la lectura de Tanzarella como un disidente ideológico ni como un provocador político, sino como un pastor que ha llevado a consecuencias prácticas el núcleo más elemental del cristianismo: la acogida del extranjero, el cuidado del pobre, la centralidad absoluta del necesitado. En ese sentido, la pregunta que atraviesa todo el debate es profundamente incómoda: ¿puede convertirse en motivo de sanción aquello que el Evangelio presenta como criterio de salvación?

La fuerza del artículo de Tanzarella reside en su capacidad para devolver el conflicto al terreno teológico. No se trata de un problema de gestión parroquial ni de desbordamiento institucional. Se trata de una cuestión de fondo: qué Iglesia se está configurando cuando el criterio de discernimiento deja de ser el Evangelio vivido y pasa a ser la compatibilidad con determinados equilibrios sociales o institucionales.

Massimo Biancalani.

La escena de Vicofaro, con sus migrantes acogidos y una comunidad expuesta a la precariedad, es leída como un signo incómodo. No por exceso ideológico, sino por una exposición directa al mandato evangélico: “Tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). La pregunta implícita se vuelve inevitable: ¿qué ocurre cuando la fidelidad al Evangelio se convierte en motivo de sospecha?

Tanzarella sugiere que lo sucedido con Biancalani no puede entenderse como un hecho aislado. Es el síntoma de una tensión más profunda entre una Iglesia que tiende a preservar su estabilidad interna y otra comprensión eclesial que se concibe como presencia expuesta en medio del sufrimiento humano. En esa tensión, la figura del sacerdote destituido se convierte en un “signo de contradicción”: no por voluntad propia, sino por la lógica misma del Evangelio llevado a la práctica.

El núcleo crítico del texto apunta a una deriva concreta: cuando la Iglesia se organiza principalmente en torno a criterios de orden, control o equilibrio institucional, corre el riesgo de desplazar el centro desde el Evangelio hacia la administración del Evangelio. Ese desplazamiento no es neutral: redefine la relación con los pobres, con los migrantes y con todos aquellos que no encajan en los marcos de normalidad establecidos.

Libro de Jon Sobrino
El núcleo crítico del texto apunta a una deriva concreta: cuando la Iglesia se organiza principalmente en torno a criterios de orden, control o equilibrio institucional, corre el riesgo de desplazar el centro desde el Evangelio hacia la administración del Evangelio. Ese desplazamiento no es neutral: redefine la relación con los pobres, con los migrantes y con todos aquellos que no encajan en los marcos de normalidad establecidos.

En este contexto, la acogida deja de ser un acto simplemente pastoral para convertirse en criterio de verdad eclesial. La pregunta ya no es solo qué hacer con los migrantes, sino qué revela la Iglesia cuando su reacción ante la acogida es la sanción de quien acoge. Surge así una sospecha más profunda: la posibilidad de que el Evangelio esté siendo progresivamente subordinado a una lógica de respetabilidad institucional.

A partir de aquí, el texto se abre a una lectura más amplia de la crisis eclesial contemporánea: el riesgo de una fe que conserva sus símbolos, pero debilita su capacidad de transformación histórica. En ese sentido, la cruz puede ser fácilmente reinterpretada como emblema identitario, cuando en realidad es, en su origen, despojo, entrega y exposición al sufrimiento del mundo.

Bajar de la cruz a los pobres
Desde esta perspectiva, el seguimiento de Cristo no consiste en exhibir la cruz, sino en cargar con ella, como camino histórico y no como símbolo vacío. La tradición teológica —con especial fuerza en autores como Jon Sobrino— ha insistido en esta dimensión encarnada: la fe no es contemplación distante del sufrimiento, sino participación en él. Predicar la cruz al pueblo crucificado es asumir la cruz con él.

La cruz, en no pocas ocasiones, ha sido reducida a símbolo ornamental o a emblema identitario, perdiendo su densidad original de despojo y entrega, y cerrándose sobre sí misma como signo desvinculado de su exigencia histórica. Sin embargo, en su sentido más radical, la cruz manifiesta que Dios se revela en el despojamiento, en el pobre, en el hambriento, en el excluido. No como abstracción, sino como presencia concreta. El Dios invisible se hace visible en ese despojamiento, y quien ha visto la cruz ha visto al Padre, siempre que esté dispuesto a recorrer ese mismo camino.

Desde esta perspectiva, el seguimiento de Cristo no consiste en exhibir la cruz, sino en cargar con ella, como camino histórico y no como símbolo vacío. La tradición teológica —con especial fuerza en autores como Jon Sobrino— ha insistido en esta dimensión encarnada: la fe no es contemplación distante del sufrimiento, sino participación en él. Predicar la cruz al pueblo crucificado es asumir la cruz con los crucificados.

Y no basta con mirar el sufrimiento a distancia, mediado por relatos o imágenes. El Evangelio exige un desplazamiento más radical: ponerse en la fila de los pobres, dejar que su realidad juzgue la propia vida. “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene” (Lc 3,11). “Preparad el camino del Señor” (Mt 3,3). “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5,6). No como metáforas, sino como exigencia histórica.

Teología de la liberación y los pobres
Por eso, lo que está en juego no es solo la figura de un sacerdote ni una decisión disciplinaria. Es la forma en que la Iglesia entiende su identidad: si como custodio del orden o como servidora del Reino; si como estructura que regula o como comunidad que se expone.

En este horizonte, el caso de Biancalani se convierte en algo más que una controversia disciplinaria: es un espejo eclesial. Un espejo que obliga a una pregunta decisiva: ¿qué queda del Evangelio cuando su realización concreta en favor del pobre se vuelve problemática para la institución?

Porque Jesús no es una idea, sino una identificación concreta con los últimos: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Esa identificación no es simbólica ni abstracta; es el núcleo mismo del juicio cristiano sobre la historia.

La tentación permanente es la de domesticar el Evangelio para hacerlo compatible con la estabilidad. Pero el Evangelio, cuando es realmente tal, resiste esa domesticación. “No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10,34), no como invitación a la violencia, sino como ruptura de las falsas armonías que excluyen al pobre para preservar el orden.

Por eso, lo que está en juego no es solo la figura de un sacerdote ni una decisión disciplinaria. Es la forma en que la Iglesia entiende su identidad: si como custodio del orden o como servidora del Reino; si como estructura que regula o como comunidad que se expone.

Al final, la pregunta permanece abierta, pero es inevitable: ¿puede la Iglesia anunciar al Crucificado mientras sanciona a quien lo reconoce en los pobres? Porque allí donde el pobre es expulsado, el Evangelio no se reforma: se oscurece.

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