Cuando el Poder Silencia al Profeta: Monseñor Romero y la Traición de la Jerarquía Eclesiástica
A Monseñor Romero lo mataron por decir lo que el Evangelio exige y el poder no tolera.
Y lo más incómodo: no solo lo dejó solo el mundo, también una Iglesia que no quiso escucharlo.
La historia de la Iglesia está marcada por figuras que, en su compromiso con el Evangelio, han desafiado las estructuras de poder establecidas. Monseñor Óscar Arnulfo Romero es un ejemplo paradigmático de cómo la fidelidad al mensaje de Cristo puede chocar frontalmente con los intereses y posturas de la jerarquía eclesiástica. Su lucha por los oprimidos y su denuncia de las injusticias no solo lo enfrentaron a las élites políticas de El Salvador, sino también a los altos mandos de la Iglesia, evidenciando una desconexión profunda entre la institución y los principios fundamentales del cristianismo.
Porque el Evangelio es claro: «El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18). Y Romero tomó estas palabras no como una metáfora, sino como un programa de vida.
El compromiso de Romero con los más desfavorecidos y su denuncia de las violaciones de derechos humanos lo llevaron a buscar apoyo en el Vaticano. Sin embargo, lejos de encontrar respaldo, fue recibido con frialdad, sospecha y desdén. No se trató de un simple malentendido, sino de una actitud que reflejaba la incomodidad de Roma ante una voz que vivía el Evangelio sin matices, poniendo a los pobres en el centro, como hizo Jesús.
A Monseñor Romero lo mataron por decir lo que el Evangelio exige y el poder no tolera. Y lo más incómodo: no solo lo dejó solo el mundo, también una Iglesia que no quiso escucharlo.
Sus relaciones en Roma, especialmente con el cardenal Sebastiano Baggio, fueron profundamente tensas. Se llegó incluso a plantear la posibilidad de nombrarle un administrador apostólico con plenos poderes, una forma apenas disimulada de apartarlo. Romero, con una lucidez profundamente evangélica, no se aferró al cargo: pidió únicamente que, si aquello se llevaba a cabo, se hiciera sin hacer sufrir más a su pueblo. Como el Buen Pastor, no pensaba en sí mismo, sino en sus ovejas.
En otra ocasión, el cardenal Baggio lo recibió con una frase que retrata toda una mentalidad: «Está usted en mala compañía». Sobre su escritorio reposaba un libro publicado por UCA Editores que recogía la tercera carta pastoral de Monseñor Romero y la primera de Monseñor Rivera. En la portada, junto a sus nombres, aparecían los de Ignacio Ellacuría, John Sobrino y T. R. Campos. Aquella “mala compañía” no era otra cosa que hombres que habían tomado en serio el Evangelio hasta sus últimas consecuencias.
Porque, como dice Jesús, «bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia» (Mt 5,10). Pero, paradójicamente, muchas veces esa persecución no vino solo de fuera, sino también de dentro.
No hace mucho tiempo, un religioso —con una visión profundamente mercenaria de la fe— me dijo que a Ignacio Ellacuría y a los demás los mataron por estar en malas compañías. La frase revela hasta qué punto, en ciertos sectores, se ha invertido el Evangelio: los que dan la vida por los pobres son sospechosos, mientras los que se acomodan al poder son considerados prudentes.
Romero, como tantos otros, fue acusado de politizar la fe, de desviarse, de ser peligroso. Muchos de ellos fueron etiquetados como comunistas por la propia jerarquía eclesiástica, cuando su único “delito” era defender a los pobres y a los empobrecidos, encarnando con radicalidad el Evangelio. Porque, como recuerda el propio Cristo, «cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).
Monseñor Romero fue plenamente consciente de que su vida corría peligro. Y, sin embargo, no se escondió, no pactó con nadie, no rebajó el tono de su denuncia. Antes, al contrario, la hizo más clara, más firme, más evangélica. Cuando el presidente de la república le ofreció seguridad, su respuesta —pronunciada públicamente en sus homilías— fue de una radicalidad que remite directamente al corazón del Evangelio: «Quiero decirle que antes que mi seguridad personal, yo quisiera seguridad y tranquilidad para 108 familias y desaparecidos. El pastor no quiere seguridad mientras no se la den a su rebaño».
Ahí se revela el verdadero rostro del Evangelio: «el buen pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10,11). Romero no predicaba simplemente el Evangelio: lo encarnaba. Y precisamente por eso resultaba incómodo, dentro y fuera de la Iglesia.
Y mientras algunos sigan viendo “malas compañías” donde solo hay fidelidad al Evangelio, la voz de los profetas seguirá brotando desde los márgenes. Allí donde siempre ha estado Cristo: entre los pobres, los perseguidos y los que no tienen voz.
A lo largo de la historia, quienes han denunciado las injusticias desde la fe han sido perseguidos y silenciados. Romero no fue la excepción. Pero lo más grave no fue solo la persecución externa, sino la soledad interna. La jerarquía eclesiástica, en vez de protegerlo y amplificar su mensaje, lo dejó prácticamente solo, permitiendo que su asesinato fuera el desenlace previsible de una vida entregada a la verdad.
Jesús lo advirtió con claridad: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Pero quizá lo más doloroso es cuando esa persecución adopta formas sutiles dentro de la propia comunidad creyente.
Jesús predicó un Reino basado en el amor, la justicia y la humildad. Sin embargo, la evolución histórica de la Iglesia muestra una tendencia persistente hacia la acumulación de poder, el cálculo político y la autopreservación institucional. Mientras Cristo se identificaba con los marginados, la jerarquía eclesiástica ha sido, en demasiadas ocasiones, cómplice de sistemas opresivos y ha reprimido las voces que, desde dentro, exigían coherencia evangélica.
Porque el Evangelio también advierte: «no podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Y, sin embargo, la tentación del poder ha sido una constante.
Desde las Cruzadas hasta el silencio ante dictaduras en América Latina, pasando por la desconfianza hacia la teología de la liberación, el Vaticano ha mostrado repetidamente su inclinación a preservar el statu quo antes que arriesgarse a ser un verdadero instrumento de transformación. El caso de Monseñor Romero no es una excepción aislada, sino parte de una historia más amplia de marginación de lo profético.
La historia de Monseñor Romero evidencia una tensión constante entre el mensaje liberador del Evangelio y las estructuras de poder de la Iglesia. Para ser fiel a su misión, la Iglesia debe dejar de temer a las voces proféticas y comenzar a escucharlas, aunque incomoden, aunque cuestionen, aunque desestabilicen.
Décadas después de su asesinato, el Papa Francisco rescató la memoria profética de Monseñor Romero, impulsando su canonización en 2018. Con este acto, la Iglesia reconoció su martirio y su compromiso con los pobres como una auténtica expresión del Evangelio, presentándolo como un símbolo de la opción preferencial por los oprimidos.
Sin embargo, este reconocimiento llega tarde. Es una rehabilitación que, aunque necesaria, no borra el abandono previo ni la desconfianza institucional que sufrió en vida. La pregunta sigue en el aire: «¿cuántos más serán silenciados?»
Porque, como también dice Jesús, «si ellos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Y mientras algunos sigan viendo “malas compañías” donde solo hay fidelidad al Evangelio, la voz de los profetas seguirá brotando desde los márgenes. Allí donde siempre ha estado Cristo: entre los pobres, los perseguidos y los que no tienen voz.