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Volver a casa

Pasa en los mejores matrimonios, entre los amigos, con las relaciones laborales y en distintas situaciones personales. Rupturas, conflictos, discusiones, largos silencios, malentendidos, incompensiones, soledades... La vida nos ofrece a cada momento bifurcaciones, pasos a nivel -la mayor parte de ellos sin barreras-, precipicios... Y hay que elegir un camino u otro. Algunas decisiones no tienen vuelta atrás, y pueden cambiar tu vida y hacerla irreconocible.

Tomar una opción nos hace adultos y responsables, pero también nos obliga a aceptar la pérdida, el temor, el miedo, sobre todo en el caso de las decisiones duras: separaciones, muertes, conflictos laborales... Con la fe pasa lo mismo. Todos los días acabamos por pelearnos con Dios, la creación, la institución eclesiástica, tal o cual obispo, cardenal o párroco.

Con Dios todo es más difícil -no le tenemos a mano para, llegado el caso, darnos un abrazo o un bofetón-, o más fácil, según se mire. En el caso de la fe, es más fácil regresar a casa. No te encuentras con reproches, condicionamientos o castigos. En cualquier caso, regresar a casa supone un ejercicio de humildad que no todos (no siempre) estamos dispuestos a aceptar. Se puede volver con la cabeza gacha, los pies colgando y la sensación de derrota, o bien hacerlo alegres y reconociendo el calor del hogar. Lo más importante, con todo, es reconocer que hay un lugar al que volver, llegado el caso. Y Alguien que nos espera con los brazos abiertos.

baronrampante@hotmail.es

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