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"Jesucrrrrito caminó má que yo"

Seis artículos curiosos del sacerdote cubano Alberto Reyes Pías 

Todas las ideologías crean seres que se sienten superiores en su modo de pensar y de mirar el mundo,  y que se sienten con derecho a decidir la vida de los demás, y a cuestionar sus creencias, sus opiniones, sus  opciones de vida.

La persona estúpida no es alguien que carece de inteligencia, sino alguien que ha dejado de pensar por sí misma, y adopta sin crítica las ideas de un grupo de referencia, repite las consignas de ese grupo y permite que una autoridad piense por ella.

Los que nos gobiernan no sólo no quieren abandonar el poder, sino que tampoco saben cómo parar, no saben cómo salir de la trampa que ellos mismos han creado.

No es sencillo “zafarse del sistema”, una vez que se es parte de la maquinaria.

padre Castor José Alvarez de Camaguey
padre Alberto Reyes Pias escritor

Durante sus treinta años de sacerdocio, Alberto Reyes Pías ha sido, desde Camagüey, una voz valiente y profética. A través de sus libros, artículos y comentarios al Evangelio dominical —constantes como una gota de agua—, informa y contribuye a crear conciencia dentro y fuera de Cuba. Sus reflexiones, nacidas de una vida condicionada por el control ajeno y la escasez material, interpelan a cualquier ser humano y merecen ser leídas. Con la frase "He estado pensando", inicia cada artículo del padre Alberto sobre diversos temas de la cotidianidad cubana y universal.

 

Los yanquis son humanos

He estado pensando (nro. 171) en cómo definir a los yanquis 

Ha vuelto en el calendario el 11 de septiembre, el día que recordaremos siempre como el desenlace diabólico de un proceso de ideologización fanática. La masacre de las Torres Gemelas no tuvo su raíz en una  nacionalidad o en una religión, sino en una ideología que divide al mundo entre buenos y malos, y donde los  “malos” necesitan ser odiados, castigados, eliminados. 

Más al sur de Nueva York, en una isla del Caribe, un niño de seis años regresó a su casa. Venía de la  escuela, y le habían dejado una tarea: tenía que hacer una oración usando la palabra “yanqui”. El niño preguntó a  sus padres qué oración debía hacer, pero sus padres le dijeron que la creara él mismo. 

Y el niño escribió: “Los yanquis son humanos”. 

No es difícil imaginar lo que vino después: maestros histéricos, citaciones a los padres, análisis  “ideológico” del niño. Porque ahí estaba el problema: después de meses de adoctrinamiento escolar, ese niño no  había adquirido una “ideología correcta”, es decir, no había aprendido a odiar, no había aprendido a condenar, y  eso era, sencillamente, intolerable. 

septiembre 11 de 2001 NY

El sacerdote y escritor Martín Descalzo relata en uno de sus artículos cómo muchos científicos de primera  línea se pusieron al servicio de Hitler. Crearon las cámaras de gas, experimentaron con seres humanos, y  decidieron sin escrúpulos quién debía vivir y quién debía morir. Eran intelectualmente brillantes, pero habían  perdido su humanidad, cegados por una ideología que los había convencido no sólo de su superioridad sino de su  derecho sobre la vida de los demás. 

Y en esto, todas las ideologías coinciden, da igual que sea el integrismo musulmán, el fascismo o el  comunismo, todas las ideologías crean seres que se sienten superiores en su modo de pensar y de mirar el mundo,  y que se sienten con derecho a decidir la vida de los demás, y a cuestionar sus creencias, sus opiniones, sus  opciones de vida. 

La Cuba “revolucionaria” no ha sido una excepción. Desde los fusilamientos en La Cabaña hasta el  UMAP, desde las “marchas del pueblo combatiente” hasta los actos de repudio, desde las citaciones arbitrarias  de la Seguridad del Estado hasta el encarcelamiento de aquellos que han salido a reclamar sus más legítimos  derechos. En todos los casos, el criterio es el mismo: yo decido qué está bien y qué está mal, yo decido cuál es  “el camino correcto”, y tú no tienes derecho a pensar ni a actuar de modo diferente a lo que yo he decidido que  es el mejor modo. Y como soy yo quien tiene el poder, sólo te queda someterte, o habrá consecuencias. 

Por eso el trato prepotente, por eso las “actas de advertencia”, por eso la temible “mancha en el  expediente”, por eso los análisis ideológicos, por eso la represión agresiva… 

Y por eso, no basta con que tus hijos sean buenos en ciencias, en letras o en biología. Es necesario que tus  hijos sean buenos en humanidad, en amor, en perdón, en tolerancia, en aceptación del otro, para que su pasión no  sea nunca someter al otro sino construir, con todos, un mundo de hermandad. 

 

Cuba

Resistencia a la estupidez

 

He estado pensando (nro. 173) en lo que escribió Dietrich Bonhoeffer 

Dietrich Bonhoeffer fue un teólogo protestante alemán ejecutado en un campo de concentración tres semanas antes de que terminara la guerra. Tenía 39 años. 

Había visto cómo Alemania entera había aplaudido a Hitler, y cómo profesionales y personas educadas y capaces, se habían adherido al líder nazi. 

Su pregunta no era cómo había sido posible tanto mal, sino cómo era posible que tanta gente buena y capacitada lo apoyara. 

Bonhoeffer distingue la maldad de lo que él llama la “estupidez”. Para él, la persona estúpida no es alguien que carece de inteligencia, sino alguien que ha dejado de pensar por sí misma, y adopta sin crítica las ideas de un grupo de referencia, repite las consignas de ese grupo y permite que una autoridad piense por ella, por lo tanto,  deja de cuestionarse si lo que hace está bien o mal, y puede llegar a defender cosas absurdas e incluso injustas con absoluta convicción, volviéndose prácticamente impermeable a los argumentos racionales. 

Cuando la persona entrega su capacidad de pensar a un líder, a un grupo, o a una ideología, pierde la capacidad de preguntarse: “¿Es esto verdad? ¿Es justo? ¿Está bien?”. 

Por eso, el mal puede ser combatido, denunciado, desenmascarado, pero al estúpido no puedes convencerlo con hechos, ni puedes apelar a su razón, porque ya no tiene razón propia. 

Bonhoeffer afirma que el poder no necesita convencer a las personas sino conseguir que dejen de pensar y que se hagan obedientes a lo que se les dice. 

Cuando esto sucede, una persona puede terminar participando en injusticias, no porque sea especialmente malvada, sino porque ha entregado su conciencia a una idea, a un líder, a un grupo con poder. Lo hace porque esa pertenencia le da seguridad, le da respuestas y también porque la persona intuye que pensar por su cuenta tiene un coste que antes no tenía: el rechazo de su propio grupo. 

Por eso hemos pasado años gritando: “Patria o muerte”, “Socialismo o muerte”, “Pin, pon, fuera, abajo la gusanera”, “El que no salte es yanqui”, “Seremos como el Ché…” porque ese grito nos otorgaba la identidad del  grupo con poder. Por eso la participación en actos de repudio y en agresiones a través de las Brigadas de Respuesta Rápida, porque “alguien” dijo que el que pensaba diferente era un enemigo. Por eso, cuando “la orden de combate” fue dada, no hubo piedad en golpear, en maltratar, en encarcelar. Por eso todavía tanta gente reprime, acosa,  interroga, amenaza, delata… porque son incapaces de pensar por sí mismos, y les aterra cambiar de opinión, o decir algo que su grupo no va a aplaudir. 

¿Cómo salir de esta situación? 

Para Bonhoeffer, no basta con aportar información. Hace falta el coraje de recuperar la libertad interior, atreverse a tener juicios propios, a pensar por sí mismo, a preguntarse si lo que uno hace está bien o está mal. Por  eso dice que “la verdadera resistencia a la estupidez comienza recuperando la capacidad de pensar y de decir ‘no’ cuando nuestra conciencia nos dice que algo es injusto”. 

La estupidez no se cura con información, se cura con coraje. 

 

Santuario nacional de la Virgen de la Caridad del Cobre

¿para qué sigue tocando las campanas, si nadie va a venir a la iglesia?

 

He estado pensando (nro. 174) en la necesidad de tocar las campanas 

Hace años, en los tiempos duros de la persecución religiosa, cuando el gobierno “revolucionario” satanizó a la Iglesia, un sacerdote iba, semana tras semana, a un pueblo rural, a cuyo templo no acudía nadie. Semana tras semana tocaba las campanas, y esperaba, sin que nadie se atreviera a entrar a la iglesia. 

Un día, alguien del pueblo le preguntó: “Padre, ¿para qué sigue tocando las campanas, si nadie va a venir a la iglesia?”. El sacerdote le dijo: “Nadie va a venir a la iglesia, pero van a escuchar las campanas”. 

Vivimos en un país atascado. Cuando juntamos la destrucción omnipresente que nos rodea, la vida cotidianamente miserable y dura, el rechazo de este pueblo a los que nos gobiernan, el disgusto social creciente, la falta de perspectivas y de futuro… lo razonable, lo lógico, lo sanamente inteligente, sería poner fin a esta tragedia, convocar a un diálogo nacional e iniciar una transición pacífica hacia la democracia real. 

Pero tengo la intuición de que los que nos gobiernan no sólo no quieren abandonar el poder, sino que tampoco saben cómo parar, no saben cómo salir de la trampa que ellos mismos han creado. Atrapados en la inercia del control y del poder, no saben cómo terminar la obra y salir del escenario. Tal vez por la soberbia de no dar su brazo a torcer, o por el miedo a represalias, o porque, sencillamente, no conciben cómo reinventarse en otra geografía. 

Y atrapados entre su incapacidad de parar y la conciencia de que este proceso tendrá un final en el cual ellos no serán los protagonistas, han elegido la peor opción: han elegido la muerte, la inmolación ciudadana, el genocidio silente, aplastar a este pueblo hasta la nada, en una especie de: “Yo no sobreviviré, pero tú tampoco lo harás o, al menos, te destruiré todo lo que pueda, mientras tenga fuerzas, poder y medios”. 

Por eso ahogan, sistemáticamente, todo intento de progreso personal, y en vez de fomentar la libre economía, crean un ejército de inspectores, avivando, de paso, el viejo y eficaz mecanismo de enfrentarnos como pueblo; por eso acosan, juzgan y enjuician a toda voz que pone palabras a lo que el pueblo siente; por eso hacen leyes, declaraciones, discursos, pero no ofrecen soluciones a los problemas crecientes de este pueblo. 

Y la gente sufre, se desgasta, se agota, esperando una solución que no llega, y que no es tan sencillo que gestemos como pueblo. 

Por eso, necesitamos empujar y empujar cada vez más y entre todos este muro asfixiante, necesitamos “tocar las campanas”. 

Cada vez que, en donde quiera que estemos, decimos lo que pensamos; cada vez que hablamos desde la verdad evidente; cada vez que, ante las “defensas farsa”, decimos, con todo respeto: “Yo no lo veo así”, “yo no estoy de acuerdo”; cada vez que nos manifestamos en las redes sociales, cada vez que en nuestros hogares, o en el barrio, o donde sea, ponemos voz a lo que realmente sentimos y queremos, estamos sonando las campanas de nuestra libertad. 

Y los que tienen miedo, los que han decidido hacer el juego a esta mentira, tal vez no se atreverán a dar el paso hacia la libertad, pero escucharán las campanas. 

 

padre Castor con abuelos de la comunidad

No quiero esto para mis hijos

 

He estado pensando (nro. 170) en lo que no sabemos y en lo que sí sabemos 

Es evidente que el control en un país no se mantiene por una cúpula de poder, por muy grande que esta sea, mucho menos en Cuba, donde el poder real se concentra en una sola familia. 

Para que un país se mantenga bajo control, es necesario todo un sistema de “mandos intermedios”, un cúmulo de personas que va desde los militares hasta los funcionarios del Partido, pasando por la inmensa red de paramilitares o “agentes de civil”, vigilantes, espías, delatores… 

No sabemos cómo logra el poder central mantenerlos a su servicio, si todavía funciona el adoctrinamiento, o si es a través del miedo, real o imaginario. 

No sabemos qué órdenes tienen, ni cuál es su agenda específica de trabajo. 

No sabemos cómo proceden sus redes de control de la población, ni los criterios que manejan sobre los límites que pueden permitir o que tienen que reprimir. 

No sabemos, en realidad, cómo funciona todo el mecanismo que logra que el disgusto y la ira de este pueblo no se desborde. 

No sabemos nada de esto. Podemos intuir cosas, pero sólo intuirlas, o suponerlas. 

Sin embargo, hay cosas que sí sabemos, cosas que sabemos de los militares, de los agentes de Seguridad del Estado, de los policías, de los paramilitares, de los delatores, de todos los que, con su intervención, mantienen con vida este sistema. 

Sabemos que tanto ustedes como nosotros están cansados, cansados de vivir entre tanta escasez y miseria, desgastándose por conseguir lo necesario para cada día, angustiados por la ausencia de un medicamento, cansados de ver cómo se agota en la supervivencia la única vida que tienen. 

Sabemos que tanto ustedes como nosotros tienen padres, madres, amigos, conocidos, que lo dieron todo por esta Revolución y hoy, al final de sus días, no sólo no tienen nada sino que viven en condiciones precarias y a expensas de las ayudas de otros. 

Sabemos que tanto ustedes como nosotros sufren la separación de sus hijos, que han preferido emigrar e irse para siempre lejos de su patria y del hogar que los vio nacer. 

Sabemos que tanto ustedes como nosotros tienen familias y amigos que les dicen, en secreto, “yo no quiero esto para mis hijos”. 

Sabemos que tanto ustedes como nosotros quieren vivir sin miedo: sin miedo a decir lo que piensan, sin miedo a ser vigilados, sin miedo a “caer en desgracia” si dicen o hacen algo que no sea “políticamente correcto”. 

Sabemos que tanto ustedes como nosotros quieren que haya un marco legal de justicia que garantice que no pueda aplicarse, ni a ustedes ni a los que ustedes aman, una sentencia injusta. 

Y sabemos que no es sencillo “zafarse del sistema”, una vez que se es parte de la maquinaria. Por eso nos toca rezar por ustedes, porque entendemos que no es fácil encontrar opciones, si bien la búsqueda de opciones es algo personal y, tal vez hoy, necesaria, porque tanto ustedes como nosotros sabemos que el futuro de Cuba no  pertenece al socialismo, que a un pueblo no se le puede encadenar para siempre, y que lo más probable es que de este sistema no quede piedra sobre piedra. 

 

procesión de la Virgen de la Caridad del cobre

Somos hijos de la Caridad

 

He estado pensando (nro. 173) en qué país pedirle a la Virgen .

En el corazón de la mayoría de los cubanos, estén dentro o fuera de la isla, hay un sitio para la Virgen de  la Caridad del Cobre, aquella cuya imagen llegó flotando a nuestras costas, aquella que al elegir su nombre para  nosotros, nos ofreció una identidad como nación: ser hijos de la Caridad. 

Al celebrar su fiesta un año más, llega el momento de alzar hacia ella nuestra súplica: “Madre, en medio  de la situación que estamos viviendo, haz que no dejemos de ser el pueblo de la Caridad”. 

En medio de tanta escasez y pobreza, ayúdanos a tender la mano, a compartir lo que consigamos, a no  olvidar que siempre hay alguien más desfavorecido que nosotros, más pobre, más carente, más necesitado. 

En medio de tanta indiferencia institucional y de tanto maltrato social, ayúdanos a ser capaces de  apoyarnos entre nosotros mismos, y a mostrarnos solidarios con los problemas y los proyectos de nuestros  semejantes. 

En medio de tanta violencia creciente y de todo tipo, protégenos, y ayúdanos a proteger a los demás, sean quienes sean, y a tratarnos con humanidad y paciencia. 

En medio de tanta represión, ayúdanos a conservar el valor de decir la verdad, de no hacer el juego a los que nos oprimen, de mostrar en todos los modos pacíficos posibles nuestra sed de libertad y nuestro deseo de ser dueños de nuestro presente y de nuestro futuro. 

Virgen de la Caridad del Cobre

En medio de tanta incapacidad educacional, ayúdanos a proveer a nuestros hijos de los medios necesarios para que su inteligencia se desarrolle, y sean capaces de ir labrándose un futuro digno y próspero. 

En medio de tanta emigración y separación familiar, ayúdanos para que nuestras familias distanciadas y  rotas puedan encontrar el modo de volver a unirse. 

En medio de tanta confusión moral, ayúdanos a mantener clara la línea entre el bien y el mal, a ser capaces  de elegir en todo momento el bien que construye, y a enseñárselo a nuestros hijos, para que la Cuba que debe  nacer lo haga desde personas cuya acción personal y social tenga siempre como norma una vida hecha dentro de  los límites del bien y nunca fuera de ellos. 

En medio de tanta incertidumbre, de no saber qué va a pasar con este país, ni cómo, ni cuándo, ayúdanos  a confiar en que tu Hijo tiene un plan sobre esta tierra y que, en su momento, ese plan será revelado. Y ayúdanos  a confiar en que, cuando pase este tiempo de sombras y sufrimientos, vendrá sobre esta tierra un tiempo de  primavera y de luz, un tiempo de más risas y menos lágrimas, un tiempo de más abundancia y menos precariedad,  un tiempo de más justicia y menos miedo, un tiempo donde podamos vivir paz, en libertad y en verdad. 

 

Padre Castor Alvarez bendice con la imagen de la virgen

Necesito gritar lo que todo el mundo sabe 

 

He estado pensando… (169) por Alberto Reyes Pías 

He estado pensando en hacer llover sobre mojado 

Me gusta aportar, sugerir caminos nuevos, comentar ideas frescas, pero hoy no puedo. 

Después de tantos  días sumergido, literalmente, en la oscuridad, necesito gritar, aunque sólo sea para repetir lo que todo el mundo sabe, desea y dice. 

A los que tienen en sus manos el control de este país, por favor, tengan un mínimo de decencia y dignidad,  tengan un mínimo de empatía con el dolor y el sufrimiento de este pueblo, y váyanse, váyanse todos, abandonen para siempre esta tierra y no vuelvan nunca más. 

A veces pienso que los que nos gobiernan tienen el síndrome de los antiguos césares romanos, que a fuerza  de permanecer en el poder llegaban a creerse que eran imprescindibles para que el imperio no colapsara. Se veían  a sí mismos no sólo necesarios sino indispensables, y sólo pensar en ceder el poder al pueblo los hacía visualizar  escenas de infierno y caos. 

Y puede ser, puede ser que, si ustedes se marchan ya, haya un poco de caos, pero será el caos que precederá  al orden, porque estoy seguro de que lograremos hacer viable este país sin ustedes, porque, precisamente, para  que este país funcione y progrese, ustedes tienen que marcharse, para siempre. 

Estamos viviendo como bestias, como si nos hubiesen enviado a una dimensión prehistórica.  Sobrevivimos sin electricidad, paralizados en una sociedad construida para que funcione desde la electricidad, y  ustedes no van a solucionar esta situación. Vivimos luchando desesperadamente por la comida, por un  medicamento, por un poco de combustible, por el dinero básico, pero eso a ustedes no parece importarle, y no  van a hacer nada por arreglarlo. Cocinamos con carbón, acudimos a hospitales sin recursos, a bancos sin dinero,  a escuelas sin maestros… pero nada de eso es prioridad para ustedes. 

Nos han llevado al límite, y ya no tenemos modos nuevos de decirlo, pero ustedes no escuchan, no  escuchan porque no les importamos. Por eso no entienden que la “Revolución” no sólo ha fracasado sino que ya ha terminado, que este es el final, y que no vamos a parar hasta que esta tierra se vea libre para siempre de la  oscuridad y la miseria a la que la han sometido.  

Podrán reprimirnos una y otra vez, podrán militarizar las calles, podrán vaciar las cárceles de presos  comunes y llenarlas con manifestantes, podrán amenazarnos a todos, controlar las redes sociales, quitar el Internet  para que no nos comuniquemos… pero nada va a funcionar, porque este pueblo sabe que ya no tiene nada que  esperar de ustedes, y que sólo nos queda reclamar nuestro derecho a la libertad, o morirnos de inanición, y morir  no es la opción. 

No queremos reformas, no queremos un “socialismo sostenible”, no queremos una readaptación de la  filosofía marxista. No queremos que intenten calmarnos poniéndonos un poquito más de luz, o dándonos un poco  más de agua, o un poco más de comida. 

Queremos que esta pesadilla termine, queremos vivir en la libertad que  merecemos, queremos vivir con la dignidad del siglo XXI, y queremos que ustedes se marchen, para siempre. 

 

procesión de ramos en La Habana

Jesucrrrrito caminó má que yo

 

A propósito del XXII Domingo del Tiempo Ordinario 

Evangelio: Mateo 16, 21 - 27 

Hay frases que son capaces de resumir, en pocas palabras, todo un proyecto de vida, e incluso, el  sentido profundo del Evangelio. 

Cuando era sacerdote en Maisí, había un pequeño grupo de personas que, dos veces por semana, el  domingo en la mañana y el miércoles en la noche, caminaban cinco kilómetros para estar en la misa.  

Llegaban serenos, sin aspavientos, como si esos cinco kilómetros fueran algo irrelevante. 

Yo no podía garantizar el ir a buscarlos, pero siempre le pedía al chofer que los regresara. 

Una noche de miércoles, el carro no arrancó, lo intentamos, empujamos, pero todo fue en vano. En  ese momento, uno de los jóvenes, en tono de broma, le dijo a la líder del grupo: 

- Enilda, va a tener que caminar cinco kilómetros otra vez. 

La Enilda se encogió de hombros, y hablando en su modo maisiense, sin pronunciar las eses y  arrastrando las erres, dijo: - Jesucrrrrito caminó má que yo. 

La frase se hizo viral. Cada vez que había que hacer algo difícil, o hacer un esfuerzo extra, y alguno  se quejaba, siempre se escuchaba la voz de alguien que decía: “Vamos, que Jesucrrrrito caminó má que yo”.  Siempre que estábamos cansados, o el día se hacía largo, pero necesitábamos continuar, alguien repetía la  misma frase: “Vamos, que Jesucrrrrito caminó má que yo”. 

Esta frase es para mí un resumen perfecto del Evangelio de hoy, en el cual Cristo nos dice: “Si  quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo, carga tu cruz y sígueme”. 

Nadie está obligado a hacerse discípulo, nadie está obligado a hacer el bien, pero si aceptamos ser  discípulos y vivir abiertos al bien, tenemos, inevitablemente, que pagar los precios de esa elección.  

Hacer el bien implica parar, dejar a un lado nuestro trabajo, o nuestros intereses del momento para  atender al otro; implica echarse a la espalda la tristeza, el agobio, la preocupación, el desánimo que estamos  atravesando, para centrarnos en la necesidad de aquel que ahora tenemos delante; hacer el bien implica,  muchas veces, asumir un malestar que nos podríamos haber evitado, o emplear en otros recursos propios que  no teníamos previsto entregar. Y hacer el bien implica seguir, cuando las fuerzas fallan e incluso cuando la  esperanza no acompaña.  

En estos momentos, surge frente a nosotros el Cristo que, por salvarnos, abrazó la cruz, no porque la  deseara, no porque no le doliera, sino porque era el único modo de rescatarnos del mal. Por ser discípulo del  Padre, se negó a sí mismo, se negó incluso el don de la vida, y abrazó la cruz. Sufrió más que nosotros, se  entregó más que nosotros, fue mucho más fiel que nosotros, caminó en la voluntad del Padre más que  nosotros. 

Por eso, cinco kilómetros para celebrar la fe, y otros cinco por el gozo de haberla celebrado, se  empequeñecen cuando el que va delante del grupo es aquel del cual puedo decir: “Caminó má que yo”. 

padres Alberto Reyes y Castor Alvarez de Camaguey

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