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Jesús recibe un mensaje urgente que requiere su presencia y, sin embargo, no se mueve. Su ritmo parece otro

La situación que se presenta puede incomodar al lector, no porque se hable de la muerte, sino porque cuestiona profundamente nuestra manera de comprender el tiempo, la fe y la vida misma.

Resurección de Lázaro

La escena de este próximo domingo nos revela a un Jesús de Nazaret radicalmente cercano, rodeado de sus amigos y conmovido hasta las lágrimas por la pérdida de uno de ellos. El texto está lleno de matices que pueden aquietar mucho ruido interior y permitirnos descubrir, en el aparente silencio de Dios, su presencia incondicional.

La situación que se presenta puede incomodar al lector, no porque se hable de la muerte, sino porque cuestiona profundamente nuestra manera de comprender el tiempo, la fe y la vida misma.

Jesús recibe un mensaje urgente que requiere su presencia y, sin embargo, no se mueve. Su ritmo parece otro. Tal vez nos resulte fácil juzgar su actitud desde ese “debería” que resuena con tanta facilidad en nuestra mente, porque creemos saber siempre cómo tendrían que ser las cosas. Pero Jesús, sencillamente, espera. Quizá incluso podríamos interrogarnos sobre la naturaleza de su amor por su amigo, ya que no acude cuando es reclamado. Y, al mismo tiempo, podríamos preguntarnos qué hacemos nosotros cuando sentimos que Dios no responde a nuestros plazos…

Detalle icono Resurrección de Lázaro

La primera pregunta que emerge no es teológica, sino existencial: ¿qué haces con los silencios de Dios? ¿Cómo los interpretas? ¿Como abandono, como indiferencia… o reconoces, más bien, que todavía no sabes descifrarlos?

¿qué haces con los silencios de Dios? ¿Cómo los interpretas?

Cuando finalmente llega Jesús, todo parece haber concluido. Han pasado ya varios días desde que su amigo fue enterrado y, entonces, reconocemos en Marta una de esas frases tan profundamente humanas: “Si hubieras estado aquí…”. ¿Cuántas veces hemos pensado algo similar, aunque no lo hayamos pronunciado en voz alta?

Pero Marta no se detiene ahí. En medio del dolor, deja entrever una esperanza inesperada: “Pero aún ahora…”. Todavía puede acontecer algo; queda una posibilidad porque Jesús es la Respuesta a todas las preguntas.

Aunque Marta se proyecta hacia el futuro, hacia la resurrección al final de los tiempos, Jesús la reconduce al presente. Su presencia no es un acontecimiento lejano, sino Alguien que irradia Vida, que está aquí y ahora: “Yo soy la resurrección y la vida”. Y entonces le pregunta: “¿Crees esto?”. Quizá hoy también nosotros debamos preguntarnos dónde buscamos la vida cuando todo parece haber sucumbido a la muerte: ¿en soluciones, en explicaciones, en distracciones…? ¿Por qué terminamos creyendo más en nuestras ideas que en Aquel que permanece siempre presente?

Resurrección de Lázaro

A continuación, sin ninguna explicación, descubrimos a Jesús llorando. Se conmueve, experimenta la pérdida como cualquiera. No justifica, no argumenta, no explica: sencillamente llora. Y nosotros, ¿permitimos la presencia de un Dios que no resuelve inmediatamente las cosas, pero que se conmueve, que se deja afectar por el dolor humano?

¿permitimos la presencia de un Dios que no resuelve inmediatamente las cosas, pero que se conmueve, que se deja afectar por el dolor humano?

Ante el sepulcro, surge otra orden desconcertante: “Quitad la losa”. Podría hacerlo Él mismo, pero no lo hace. ¿Qué “losas” sigues dejando intactas, esperando que otro las retire por ti? Miedos, heridas, decisiones aplazadas… ¿qué parte de tu vida permanece sellada?

Y aunque todo parece indicar que es demasiado tarde —“ya huele mal”—, nada está definitivamente perdido para Jesús. Sin embargo, nosotros solemos mirar la vida desde una lógica que apenas deja espacio para la esperanza.

Jesús llama a su amigo por su nombre, como también nos llama a cada uno de nosotros, si afinamos la escucha. Al ser nombrados, recuperamos una vitalidad que vamos perdiendo casi sin advertirlo, absorbidos por la complejidad de nuestra mente y descuidando lo esencial, aquello que verdaderamente embellece la vida.

Quizá lo verdaderamente decisivo no sea la resurrección de Lázaro en sí misma. Tal vez la cuestión de fondo sea si estamos dispuestos a acoger la llamada que se nos hace para vivir plenamente, o si preferimos permanecer en la oscuridad de un sepulcro que, poco a poco, nos va apagando.

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